Cultura

Cuando Lorca y Falla nos enseñaron que el flamenco es cultura

Se cumple un siglo del famoso Concurso de Canto Jondo, el certamen nacional de flamenco celebrado en la Granada de 1922 de la mano del poeta y el compositor con el que se trató de recuperar las raíces del cante y reivindicarlo como un arte de prestigio desvinculado de los prejuicios clasistas y racistas de la época.

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22
Abr
2022

El flamenco es, hoy, uno de los géneros más conocidos del panorama musical. Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, existen cátedras, museos y ciclos alrededor del mundo que lo analizan desde todos los ángulos. Sin embargo, y a pesar de que España lo venda como marca nacional, sigue generando prejuicios a su alrededor. Aún a día de hoy, el flamenco todavía es víctima de múltiples comentarios racistas y clasistas que intentan denostarlo.

Sin embargo, cualquier opinión basada en el estereotipo que usted haya podido escuchar al respecto se queda pequeña con lo que se decía, pensaba y publicaba hace tan solo cien años. ¿Le suenan los azulejos con la frase «se prohíbe el cante» en numerosos bares y tabernas de Andalucía? No son irónicos: esta prohibición estuvo presente prácticamente hasta la llegada de la Transición.

Eso del cante no era de fiar. Era propio de gitanos, por tanto, de criminales. De hecho, aún es rastreable algún reportaje que titula como La maldición de los flamencos, y lo asocia a acabar en prisión. Así decía el fragmento de una crónica publicada por el diario El Liberal en 1883: «Cuatro cosas hay en España –dice anoche un periódico ministerial– que nos traen de mala manera: los toros, el cante flamenco, las rectificaciones en los discursos parlamentarios y la política de recortes en los periódicos. […] El canta flamenco es origen de la relajación de costumbres, y en Madrid quizás causa del 20 por 100 de los crímenes».

Casi nada.

A principios del siglo XX, dos hombres fascinados por el arte flamenco iban a cambiar eso. Un joven acomodado con aspiraciones literarias, muy inteligente pero al que su familia consideraba un vago sin remedio, y un viejo profesor de música tímido e hipocondríaco que pasaba más tiempo en la farmacia pidiendo consejo para dolencias imaginarias que componiendo. Eran Federico García Lorca y Manuel de Falla, amigos y residentes en Granada.

De nuevo, las percepciones. Hoy la ciudad nazarí se llena anualmente de turistas que buscan la cultura, pero también la tapa y la bebida, pero en los años 20 Granada era conocida por ser una ciudad de pujante vida intelectual. El compositor Ángel Barrios, el pintor Hermenegildo Lanz o el jurista Fernando de los Ríos convivían en la ciudad andaluza en los últimos estertores del sistema de la Restauración, manteniendo una intensa actividad cultural incluso bajo la posterior dictadura de Miguel Primo de Rivera.

En aquella época, el flamenco ya era conocido en el país, pero seguía considerándose un género que no era digno de personas instruidas

Por aquel entonces, Lorca tenía 23 años y acababa de volver a la ciudad donde se crió tras su paso por la Residencia de Estudiantes de Madrid. Falla, por su parte, acababa de instalarse en ella por motivos laborales. El primero era una promesa de la literatura que apenas había estrenado una obra de teatro y publicado dos libros de poesía –eso sí, el último, en 1921, se llamaba Poema del cante jondo y el segundo, por contraste, rozaba la cincuentena y era ya un compositor reconocido a nivel internacional que había decidido alejarse del ajetreo de Madrid o París.

En cuanto al flamenco, el estilo ya era conocido desde que los hispanistas lo romantizasen en sus viajes a principios del siglo anterior. En 1847 se abre el primer café cantante, lo cual crea un espacio específico para el arte flamenco que se difunde y populariza rápidamente por las grandes ciudades, dentro y fuera de Andalucía. En 1920, el modelo estaba en decadencia pero seguía vigente, aunque el cante seguía siendo la piedra angular los cuadros flamencos se habían consolidado con la guitarra o el baile y ya existían las giras internacionales. Cantaores como Juan Breva actuaban para Alfonso XIII. 

Pero seguía considerándose un género popular y populachero. No era digno de personas instruidas. Así que lo que quisieron Falla y Lorca, Lorca y Falla, fascinados por el folclore tradicional, era convertirlo en arte elevado. Demostrar que no había contradicción entre una cosa y otra. ¿Cómo? Con el Concurso del Cante Jondo, un acontecimiento cultural de enorme trascendencia para la cultura del mundo del flamenco que reuniría a los intelectuales de la época –de distintas disciplinas– en un mismo espacio para acercarlos al género musical.

No fue nada fácil organizarlo ya que nunca se había celebrado un certámen de este tipo en España (al menos, a nivel nacional) y apenas existían concursos formales. De hecho, el Festival del Cante de las Minas de La Unión, en Murcia, o el Potaje Gitano de Utrera aún iban a tardar 30 o 40 años en nacer. Según el historiador Eduardo Molina Fajardo, la idea se la ocurrió a Falla durante un paseo por la ciudad. El objetivo explícito con el que se presentaron ante el Ayuntamiento de Granada era impedir la desaparición del cante jondo, porque los estilos modernos y la decadencia de los cafés cantantes –sostenían ellos– amenazaba la tradición.

En el consistorio nazarí se debieron quedar de piedra, pero aceptaron. La petición, oficialmente, la hacía el Centro Artístico, Literario y Científico de Granada (activo a día de hoy) a través de sus socios Cerón y García Lorca. Pero firmaban en su apoyo unos cuantos nombres conocidos: Joaquín Turina, Óscar Esplá, Juan Ramón Giménez, Ramón Pérez de Ayala y, por decir uno más, el torero Ignacio Sánchez Mejías. Una ayuda de 12.000 pesetas y el espacio de la Plaza de los Aljibes de la Alhambra los días 13 y 14 de junio de 1922, es decir, en plena celebración de la Feria del Corpus, la fiesta grande la ciudad.

Tanto se buscaba la pureza en el certamen que se prohibió participar a cantaores profesionales, quedándose el primer premio sin dueño

El nombre de Falla, los contactos de Cerón y el entusiasmo de Lorca –además del dinero fresco de las arcas públicas que pagó 300 pesetas para desplazamiento de los concursantes de fuera de la provincia– y la ayuda del crítico musical Adolfo Salazar consiguieron configurar un cartel de lujo para el momento: La Niña de los Peines, Tomás Pavón o José Cepero, además de Antonio Chacón, presidente del jurado y considerado el patriarca del cante en la época.

Las bases del concurso dejaban claro que quien aspirase recoger el premio de honor «siempre debería tener presente que el aspirante a premio que no es un cantante, sino un cantaor». El cante jondo, el que salía del dolor no expresado de los marginados era el que se quería revivir. El de antes de los cafés cantantes, el del llamado periodo hermético por los historiadores actuales, que se interpretaba solo en la casa de cada cual. Tanto se buscaba que todos los participantes tuvieron que vestirse, o más bien disfrazarse, a la moda romántica de principios del siglo XIX.

El premio de honor era de 1.000 pesetas, una cifra bastante más que respetable para la época. Mecenas particulares como el pintor José María Rodríguez-Acosta financiaron premios como el de mejor guitarrista. ¿Lo peor? Que el primer premio quedó desierto. Tanto se buscaba la pureza que se impidió participar a cantaores profesionales, de manera que la excelencia buscada no estaba presente… o al menos, llegaba tarde (o demasiado pronto). El segundo premio se lo llevó Diego Bermúdez ‘El Tenazas’, que tenía más de 70 años y era hijo de agricultores y semianalfabeto. Otro fue para un jovencito que apuntaba maneras, un tal Manuel Ortega, al que décadas después se conocería como Manolo Caracol.

Más de 10 años después, en 1933, un Federico García Lorca que ya había publicado Poeta en Nueva York y era director de La Barraca leyó la conferencia Arquitectura del cante jondo en la que rememoró los avatares del concurso. Con una década a las espaldas, el poeta se permitía burlarse de las quejas de quienes dijeron que llevar el flamenco a un tablao era desnaturalizarlo –respecto a la cueva o el café, sus lugares entendidos como origen– o de los carteles que pegaban encima de los del concurso, pidiendo escuelas y condenando el pan y circo.

Aunque se intentó transplantar el concurso a Madrid, la iniciativa no salió adelante. Quedó el testimonio de aquel verano en Granada y la creación de escuelas de cante en diferentes puntos de España, pero el legado tardaría en florecer y ni Falla ni Lorca lo llegarían a ver. Por una parte, desde 1956, el Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba ha recogido el testigo del Concurso del Cante Jondo. Por otra, ese flamenco hoy considerado Patrimonio de la Humanidad, eso que llaman marca España con tablaos y escuelas en todos los continentes, además de cátedras en diferentes universidades del mundo dedicadas a estudiarlo. Todo gracias a un joven poeta y un compositor cansado que cometieron la herejía de sacarlo de la cueva.

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