Economía

Accionistas verdes: bienvenido al activismo de cuello blanco

Las compañías que aún siguen rezagadas a la hora de aplicar los criterios ambientales, sociales y de buen gobierno ya tienen un motivo de peso dentro de sus propios despachos para avanzar: aquellos accionistas que no solo están interesados en el resultado de su inversión, sino también en la forma en que las empresas lo alcanzan. Y no dudarán en asaltar los consejos de dirección para exigir cambios.

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06
Abr
2022
Accionistas

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Los criterios ESG (ambientales, sociales y de buen gobierno) están cada vez más presentes en los despachos de todo el mundo. Sin embargo, a pesar de lo que puedan decir gurús, índices, regulación y sentido común, todavía hay empresas que se siguen resistiendo a suavizar sus políticas de emisiones de CO2 o a incorporar medidas sociales a su agenda por miedo a las pérdidas que esto podría suponer en el corto plazo. Pero estos rezagados podrían tener ahora una razón de peso para reconsiderar su postura. No se trata de la presión ejercida por una ONG, un lobby, la prensa, la opinión pública o una legislación restrictiva, sino la de quienes tienen sus manos dentro: los propios accionistas e inversores.

Estos llamados inversores activistas son, principalmente, firmas de capital riesgo o hedge funds (fondos de cobertura) que adquieren una participación significativa de una compañía (entre el 3% y el 5%). Hasta ahí, nada fuera de lo común. Solo que, a diferencia de los fondos de capital riesgo convencionales, estos inversores no solo están interesados en los qués (el resultado de su inversión) sino también en los cómos (la forma en que esas empresas alcanzan esos resultados). Y para ello, no dudarán en asaltar a sus consejos de dirección para intervenir en su gestión y exigir cambios. 

«Como propietarios de una compañía, los accionistas e inversores tienen capacidad, en razón de su participación y representación, para propiciar el cambio hacia políticas de sostenibilidad», señala Francisco Javier Garayoa, presidente de Spainsif.  No obstante, este experto siempre prefiere concebir esta capacidad de influencia desde el entendimiento, en lugar de hacerlo desde una postura de fuerza. «El dialogo activo y el ejercicio de los derechos de voto son las herramientas con las que cuenta el inversor para alinear sus criterios con los del resto de grupos de interés y llegar a posiciones comunes en cuanto a cambios en las políticas de las compañías sobre las cuestiones ESG».

Los inversores activistas trasladan sus recomendaciones a los consejos de administración y, si son desoídas, pasan a una fase más beligerante en la que pueden llegar a tomar el control de la compañía

Pero no todos los accionistas tienen una postura tan conciliadora, ni paciencia para ejercerla. En los últimos años, el fenómeno de los inversores activistas está sacudiendo los cimientos de los consejos de administración de las compañías cotizadas. Y es que desde el momento en que entran a formar parte de su accionariado, presionan a su núcleo directivo para que impulsen esas políticas ESG. Por las buenas o por las malas. ¿Por qué? Simplemente, creen que se puede obtener mejores resultados económicos desde parámetros más sostenibles. 

Así, estos inversores trasladan sus recomendaciones a los consejos de administración a través de campañas públicas con las que tratan de sumar apoyos entre otros accionistas. Si la empresa desoye las sugerencias, los inversores activistas pasan a una segunda fase más beligerante en la que pueden incluso intentar tomar el control de la compañía. Este fenómeno ya ha protagonizado sonados episodios de cambios de rumbo empresarial. Ese el caso del grupo inversor Engine No.1, que logró incluir a dos de sus representantes en el consejo de administración de ExxonMobil, ungolpe de mano para el que contó con el apoyo, entre otros, de BlackRock o de los fondos de pensiones de trabajadores de California y Nueva York. Era su forma de responder al consejero delegado de la petrolera por la, en su opinión, clamorosa ausencia de un plan adecuado para hacer frente a la transición energética. 

Para Alberto Andreu, profesor de la Universidad de Navarra, la influencia de estos inversores activistas puede ser muy destacada, «especialmente en materia de gobernanza». Y recuerda el caso reciente del fondo Norges, gestor de activos por 1,25 billones de euros que durante 2021 se opuso en las juntas de compañías donde tiene intereses a la elección de cerca de 650 presidentes «porque estaban realizando prácticas que, a su juicio, no respondían a criterios ESG en materias como la estructura de salarial de los principales ejecutivos, la independencia de los consejos, la separación de roles entre el consejero delegado y el presidente o la diversidad de género».

Este fenómeno, que parece haber llegado para quedarse, realmente nació en Estados Unidos, aunque como casi todas las tendencias creadas al otro lado del charco no ha tardado en provocar un reflejo también en Europa. De hecho, un reciente informe elaborado por Alvarez & Marsal (A&M) sobre la inversión activista en Europa vaticina una edad dorada para el activismo inversor en el Viejo Continente, y augura inminentes ‘ataques’ a 148 empresas en los próximos meses. De momento, solo tres de ellas son españolas. Pero todo se andará.

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