Opinión

Georgina contra la meritocracia

Las producciones como ‘Soy Georgina’ pueden llevarnos a cumplir a través de la ficción nuestras fantasías más primarias cuando, en realidad, nos muestran a personas completamente alienadas.

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01
Mar
2022
georgina
Fotograma de ‘Soy Georgina’. Fuente: Netflix y YouTube.

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El reciente documental de Netflix sobre la vida de Georgina, la esposa de Cristiano Ronaldo, destaca especialmente en cuanto canto al lujo y el desenfreno, pero este tipo producto sobre la vida de ricos y famosos no es nada nuevo; en realidad, es simplemente una adaptación de este tipo de documental al formato impulsado por las nuevas plataformas audiovisuales de internet. Algo similar ocurrió en el caso del documental –también relativamente reciente– sobre la vida de Rociito: tanto en un caso como en otro, las protagonistas de ambos documentales no son famosas por sus propios logros, sino por los de sus respectivas parejas o familiares. En ambos casos, de hecho, hablamos de personas en gran medida alienadas; personas que no viven del fruto de su propio trabajo, sino que sus bienes e identidades se construyen íntegramente como «mujer de» o «hija de».

El tipo de vidas mostrado en Soy Georgina responden a una fantasía atávica que nos invita a vivir sin trabajar en medio del más resplandeciente lujo. No obstante, las fantasías no se ajustan a las normas de la realidad y, por ende, tienen poco valor una vez consumadas. Vivir sin aprietos económicos es algo especialmente saludable, pero vivir a costa de otros, en ocasiones, no lo es tanto. Es la prensa del corazón, probablemente el sector profesional más degradado y degradante del panorama cultural español, el que promueve dicha fantasía: es el famoseo motivado por el parentesco, ese en el que uno puede lucrarse indirectamente por estar relacionado de algún modo con personas reconocidas por su trabajo o pertenencia a clases sociales elevadas.

Estas vidas responden a una fantasía atávica que nos invita a vivir sin trabajar en medio del más resplandeciente lujo

Los ejemplos son múltiples. Ana Obregón es famosa porque su padre era un famoso aparejador y, sobre todo, por haber tenido una relación con Miguel Bosé antes de haber rodado película alguna. Curiosamente, y tirando del hilo, Bosé se hizo famoso, primero y ante todo, por ser hijo de «Dominguín», torero y galán superestrella de los años cuarenta y cincuenta, y la actriz italiana Lucía Bosé. Los ejemplos de este tipo de constelaciones de la notoriedad en el mundo de la prensa rosa son infinitos; en el mundo del corazón uno cobra protagonismo y relevancia por contagio; la identidad de cada cual se construye en base a un capital simbólico sustentado en relaciones de parentesco, filiales y sentimentales.

Los documentales como el de Georgina cuentan con una moraleja: no hace falta ser listo, tener conocimientos o haber trabajado para estar en lo más alto y vivir sumergido en el lujo. El espectador anhela ver cómo son aquellas vidas que están al otro lado de la valla (y de la pantalla). La clave de ese interés, evidentemente, es lo exótico y poco común que son dichas vidas, pero también el hecho de que nos esté vedado participar de ellas. No obstante, algo debería hacernos dudar de la veracidad de dicho discurso: se sabe que el ratio de suicidios entre famosos es sustancialmente superior que el de los ciudadanos comunes. Curiosamente, el porcentaje de suicidios también es mucho más elevado en los países occidentales que en otras naciones económicamente deprimidas de África y América Latina. Esta forma de vida sustentada en la suerte, además, es como una lotería, y tampoco es ningún secreto que el 70% de los que ganan los grandes juegos de azar acaban arruinados al cabo de 5 años.

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