Economía

El peligroso dogma de la productividad

Enfocar la economía exclusivamente en términos de productividad puede ser no solo dañino, sino contraproducente, pudiendo llegar a ocasionar potenciales pérdidas de millones de euros.

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28
Mar
2022
productividad

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La productividad ha secuestrado la mayoría de los debates acerca del teletrabajo. Esta noción, que importa especialmente al empresario, representa el grado de funcionamiento óptimo de la plantilla de trabajadores: una mayor productividad conlleva, de este modo, un mayor éxito corporativo; el concepto, sin embargo, no es ni mucho menos novedoso.

Si hay algún nombre que se relacione inequívocamente con la productividad este es, sin duda alguna, el de Henry Ford. El empresario estadounidense, nacido en 1863, trabajaba y hacía trabajar a sus empleados bajo una filosofía administrativa basada en tres pilares: el Principio de Intensificación (disminuir el tiempo de producción y la rápida colocación del producto en el mercado); el Principio de Economicidad (reducción al mínimo de la materia prima usada); y el Principio de Productividad (aumentar la capacidad de producción del hombre en un mismo período de tiempo). No obstante, este tercer principio fordiano no es original del fundador de la marca de coches estadounidense. Su concepción se remonta al economista del siglo XVIII Adam Smith, que sería posteriormente conocido como el «padre del capitalismo». Así, Smith fue uno de los primeros economistas que relacionó el concepto de la productividad con la especialización, una idea que años más tarde se analizaría cronómetro en mano. La conclusión a la que se llegó fue que la división del trabajo y la regulación de las horas de descanso convertía a los trabajadores en individuos más productivos, lo que a la larga favorecería al empresario.

En 1913, empujado por el deseo de popularizar su coche, Henry Ford adoptó la idea de Smith y la transformó en funcionales –y polémicas– cadenas de montaje capaces de producir en masa el Ford Modelo T. El éxito fue devastador, llegándose a fabricar un total de 15.007.033 unidades.

Además de un salario digno, los expertos concluyen que un trabajador feliz y descansado es más productivo que uno al borde del ‘burnout’

Tras el incremento de ventas como consecuencia del aumento de la productividad, Ford dobló el salario de sus empleados. Aún así, su sistema de montaje en cadena fue duramente criticado: favorecía la alienación de los trabajadores, que se pasaban el día realizando un mismo movimiento de forma repetida. Esta crítica, de la que llegó a hacerse eco Charles Chaplin en Tiempos modernos, ha llegado a nuestro siglo XXI con pocos cambios: los trabajadores siguen trabajando intensamente bajo el látigo de la productividad, sacrificando la salud mental a cambio de un salario escaso en la mayoría de los casos.

Según señala Business Insider España, desde el inicio de la pandemia el 54% de los trabajadores aumentó sus horas de trabajo, pero tan solo el 40% de estos cobraron las respectivas horas extras. Los horarios de trabajo también han aumentado. La productividad no solo está recuperando sus estándares pre-pandemia, sino que incluso podría estar aumentando según un estudio de la Universidad de Stanford. Esta situación, que se suma a las restricciones sociales que buscaban controlar el coronavirus, ha provocado que cuatro de cada diez españoles haya sufrido una situación de burnout durante el último año. Las consecuencias pueden ir más allá de duras depresiones emocionales: según el Consejo General de Psicología de España, el 15,5% de la población española dice haber tenido ideas suicidas, un porcentaje que se eleva hasta un 25,7% entre los jóvenes de 18 a 25 años

Hoy, contrariamente a la política de aumentos de Ford, el salario se mantiene congelado en la mayoría de los sectores. Es lo que la teoría marxista entiende como plusvalía: el dinero que genera el trabajador con su trabajo y que termina en bolsillos del empleador. Una transacción de dudosa moralidad que perjudica a las clases más bajas y enriquece a las élites económicas, agrandando cada vez más la brecha social y salarial.

Además de un salario digno, los expertos concluyen que un trabajador feliz y descansado es más productivo que una persona al borde del burnout. Deloitte evidenció en un estudio que la escasa salud mental de 500.000 trabajadores canadienses causaba una colosal pérdida de ingresos por valor de 6 billones de dólares. Asimismo, otro estudio realizado entre 2017 y 2020 en Reino Unido demostró que las empresas concienciadas con la importancia de la salud mental –y que llevan a cabo iniciativas para promoverla entre sus trabajadores– «han alcanzado un retorno de la inversión (ROI) seis veces mayor que aquellas que no lo hacen». Parte de la solución, por tanto, parece pasar por una regulación de los derechos laborales que incluya, además de un salario mínimo adecuado a la calidad de vida del país, iniciativas para la concienciación sobre la salud mental y para la humanización de los entornos de trabajo. Una actuación positiva con la que poder alcanzar el verdadero potencial del individuo.

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