Siglo XXI

¿Somos capaces de reflexionar sobre ello? (IV)

¿Supera ya la adicción al teléfono móvil a la autonomía individual? El ‘smartphone’ es una ingente fuente de dopamina, por lo que no sorprende que la adicción a la pantalla se trate actualmente con el mismo protocolo que la adicción a la cocaína.

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01
Feb
2022
smartphones

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En artículos anteriores hemos escogido perspectivas de autores que no imaginaron la utilidad de su pensamiento para analizar nuestra relación con el teléfono ‘inteligente’, etimológicamente del latín «el que sabe escoger, es decir, con criterio» (sí, admito una cierta dosis de cinismo). Reflexionábamos, primero, hasta qué punto se trata de una herramienta convivencial o, por el contrario, es manipuladora (esclaviza). Segundo, pensábamos sobre la metamorfosis que el smartphone ya suponía en la ‘convivencial’ utilidad del teléfono, debido a la interacción con las redes sociales, juegos o notificaciones que generaban adicción. Por último, la tercera metamorfosis iba más allá del yo-extendido de Belk porque afecta a nuestra identidad, capacidad y a nuestra memoria. Y siempre, siempre, con esa sensación de la presencia del ‘elefante blanco’, la cual imposibilitaba reflexionar sobre ello.

Los estudios demuestran que el estar constantemente rodeados de tecnologías de la información y la comunicación (TIC) puede provocar sensación de impotencia (estrés) o adicción a ellas. Por un lado, liberan cortisol; por otro, producen dopamina. La dopamina es la hormona del placer, y se libera con el sexo, alcohol, videojuegos, likes, pornografía, cocaína… Es decir, actividades que primero te ‘llevan arriba’ para rápidamente decaer. El smartphone es una ingente fuente de dopamina. No sorprende que actualmente la adicción a la pantalla se trate con el mismo protocolo que la adicción a la cocaína.

Si solo se fomenta el estímulo externo que garantiza el móvil, ¿qué ocurrirá con aquellos valores como la sentido crítico o el esfuerzo?

En cambio, el cortisol, la hormona asociada al estrés, es aquella que cuando el sistema nervioso simpático está al mando, nos prepara para luchar o huir. Estrés y cortisol en bajas dosis ayudan a que funcionemos, pero el cortisol derivado del estrés por una inadecuada utilización de las TIC –tecnoestrés– no solo ‘apaga’ aquellos circuitos neuronales que conducen a abrirnos, a ser flexibles o creativos –los responsables del aprendizaje– sino que, además, reduce la capacidad del sistema inmunológico y de neurogénesis. Y, por ende, la vía de escape más simple para disminuir el cortisol es la pantalla; sí, la que nos alivia con sus gratificaciones instantáneas y con todo aquello que proporcione dopamina.

Pero hay más. Por un lado, tanto nuestro córtex –responsable de integrar la información sensorial, organizar y regular las funciones intelectuales– como la parte parietal del cerebro –donde encontramos las conexiones neuronales entre ambos hemisferios– solo maduran con práctica intensa en memoria de trabajo. Pero, por otro, dejamos de sintetizar los mensajeros neuronales propiciando que se transmitan las inadecuadas hormonas moduladoras de las funciones cerebrales, lo que implicará deficiencias en la conectividad neuronal y en las fases de maduración del córtex, conduciendo la incapacidad de profundizar, a la falta de criterio, de discernimiento, o de evaluación de la información. Hábitos que usualmente confluyen en la infrautilización del hipocampo, el centro de la memoria, que verosímilmente se atrofiaría. ¿Para qué invertir energía en herramientas internas cuando lo tengo todo en mi smartphone? La pregunta es: ¿estará esta conducta relacionada con el aumento exponencial en las últimas décadas del Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH)?

Los estudios demuestran que estar rodeados de tecnologías puede provocar sensación de impotencia

¿A qué lleva este coctel de dopamina y cortisol? ¿A una sociedad intoxicada de cortisol e infoxificada? ¿A una sociedad primaria que no controlaría sus impulsos? ¿A que toda comunicación se adaptase a la paupérrima capacidad de atención y de lectura de la mayoría? Si solo se fomenta el estímulo externo que garantiza la dopamina, ¿qué ocurrirá con aquellos valores que cuestan de aprender en nuestras primeras etapas, como la perseverancia, el esfuerzo o el sentido crítico? Imaginen caer en manos de organizaciones que en 2017 confesasen sin rubor haber ideado algo adictivo que explotaría «una vulnerabilidad en la psicología humana», como ya dijo Sean Parker, cofundador de Facebook.

Finalizábamos el artículo anterior aludiendo a la necesidad de información fiable para tener una opinión fundamentada. La mayor parte de estadísticas revisadas respecto al mal uso y la adicción a los smartphones provenían del mundo anglosajón y, aunque nos reconocíamos en algunas de ellas, porque no eran solo números, sino que representaban seres humanos reales, nos preguntábamos si en nuestro contexto las cosas podrían ir mejor.

Ya refutamos el argumento baladí de que «el problema no es el móvil, sino el uso que de él se hace». El uso que hacen los ‘otros’, claro. Pero ¿seríamos capaces de evaluar el uso que de él hacemos? Midiendo, por ejemplo, la frecuencia con la que liberamos dopamina y cortisol. Aunque más factible y barato resultaría optar por otro enfoque (psicométrico), tal como el de autoevaluarnos durante un cierto período anotando nuestra conducta y sensaciones. Y aún más fiable sería solicitarle a nuestra pareja o compañeros que recogiesen datos observando nuestra conducta real respecto al uso del móvil.

Advertía que no pretendía diagnosticar (vuestros datos ayudarían al autodiagnóstico), y menos, aportar soluciones. Solo he intentado, en estos cuatro artículos, colaborar en una reflexión necesaria y colectiva sobre si dominamos la tecnología para nuestros fines o, por el contrario, nos dirigimos hacia la distopía. ¿Supera ya la adicción a la autonomía individual? ¿Cabe otra respuesta frente al ‘estímulo smartphone‘ que un «lo siento, se nos fue de las manos»?


Joan M. Batista Foguet es catedrático de Métodos de Investigación y Director del Leadership Development Research Centre en Esade. Este artículo forma parte de ‘Tecnología y excesos: ¿nos hemos perdido en el camino?’, una mini-serie de publicaciones que busca reflexionar sobre los límites de la revolución digital.

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