Siglo XXI

¿Somos capaces de reflexionar sobre ello? (III)

¿Qué tipo de metamorfosis está provocando el teléfono móvil en nuestro cerebro? Varios investigadores apuntan a que el uso incontrolado de la tecnología puede acabar por engañar a nuestra capacidad memorística, convirtiendo lo que circula por las redes en nuestro recuerdo, un fenómeno especialmente pernicioso en la adolescencia.

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03
agosto
2021

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En la reflexión anterior, vimos el teléfono inteligente bajo dos perspectivas. De hecho, lo vimos como impulsor de dos metamorfosis: la del ‘móvil-troyano’, que provoca adicción, y la del ‘yo extendido’. Me extenderé ahora en esta segunda metamorfosis.

Cuando Russell Belk acuñó este término, se refería a la conducta del consumidor para señalar que nuestras posesiones contribuyen a reflejar nuestra identidad. Así, el móvil conformaría un constructo relacionado entre el autoconcepto y la capacidad de elección del consumidor. No extraña pues que la separación del dispositivo, al representar una disminución de uno mismo, cause ansiedad, irritabilidad y otros síntomas similares a los de la abstinencia de sustancias adictivas.

Al igual que Illich no podía imaginar lo que sucedería, la perspectiva de Belk tampoco le permitió ver que su ‘yo extendido’ es, en la actualidad, algo más de lo que él propuso. Consideremos de nuevo, como en la primera metamorfosis, que las interacciones del móvil, al aprovechar las plataformas digitales, afectan a nuestro comportamiento y, al no ser estas independientes, tienen efectos multiplicativos. Así, cuando nuestra identidad se convierte en una identidad en línea surge una segunda metamorfosis que no es inconsciente, a diferencia de la primera. No es necesario que me extienda en esta diferencia vital, especialmente perniciosa en la adolescencia.

«Investigaciones demuestran que lo que circula en las redes tiñe incluso la experiencia privada de hechos que hemos vivido»

Precisamente, el psicólogo evolutivo Erik Erikson advierte sobre la relevancia que tienen los juegos de identidad en la adolescencia, una etapa de gran vulnerabilidad en la que se experimenta con quiénes somos. Actualmente, existen todo tipo oportunidades para jugar digitalmente con la identidad. ¿Cuánto tiempo pasan los adolescentes creando y actualizando su identidad en línea? Se plantean cómo llega su imagen a los demás, cómo actúan con el resto, cuál es el punto correcto entre parecer genial o vanidoso… Cualquier error que se cometa queda registrado para que todos lo vean. La preocupación por la identidad en línea estresa profundamente.

Estas dos metamorfosis en un mundo hiperconectado y dominado por infinitas distracciones tecnológicas –desde las notificaciones hasta un scrolling infinito– provoca una tendencia a prestar menor atención a lo que nos rodea, y mayor al móvil. Pero no nos engañemos: nuestro cerebro no está aún diseñado para la multitarea. Así, el neurólogo Earl Miller (MIT) asegura que «los humanos modernos somos especialistas en pasar vertiginosamente de una tarea a otra, más que en ocuparse de multitud de tareas simultáneamente».

Por otro lado, la investigadora Julia Shaw explicita la consecuencia de, no solo realizar peor las tareas, sino perder la habilidad para recordar. Desde diversas perspectivas –neurológica, bioquímica y psicológica–, Shaw proporciona evidencias de que, sin atención, sin un foco, no puede haber memoria. Nuestro ya frágil archivo del pasado, ese «montón de espejos rotos» con el que Borges se refería a nuestra memoria, es hoy mucho más vulnerable.

Las investigaciones han demostrado que los recuerdos falsos son la norma, y no la excepción. Esos fragmentos borrosos del pasado se contaminan con lo recordado por otros y, al (re)combinarse, no son fieles a cómo realmente ocurrieron los hechos. Además, los hallazgos de Brian Clark, de la Universidad Western Illinois, concurren con los de Shaw respecto a los cambios en nuestra forma de recordar: la memoria se está transformando debido a que «la distinción entre el recuerdo público y el recuerdo privado se ha difuminado hasta desaparecer». En otras palabras, lo que circula en las redes se vuelve nuestro recuerdo y tiñe incluso la experiencia privada de hechos que hemos vivido.

«Los juegos de identidad son arriesgados durante la adolescencia, una etapa de gran vulnerabilidad en que se experimenta con el ‘yo’»

No obstante, Shaw no considera que esa memoria colectiva sea perjudicial per se. Como decía Einstein, «lo que te quepa en el bolsillo no lo guardes en el cerebro», a lo que nosotros añadiríamos: si no hubiera una mala fe la memoria colectiva sería menos propensa a errores que la privada, puesto que más jueces ayudarían a triangular. Desafortunadamente, lo saben muy bien esos think tanks a cargo de la comunicación de los partidos políticos que, en realidad, pretenden condicionar actitudes.

Vaya. Parece que no logro situarme en el parasimpático, como pretendía al finalizar el segundo artículo. Pero, al menos, después de estas tres reflexiones en las que hemos recordado a Illich y planteado dos de las metamorfosis que el móvil puede promover, sí que estamos en condiciones de reflexionar sobre la pregunta que nos hacíamos al principio de esta serie: ¿Es el móvil el problema, o el uso que se hace de él? Para responderla, podríamos, en primer lugar, observar la conducta de los cercanos. ¿Conocemos a alguien que haga un buen uso del móvil? Así, en función de nuestra evaluación del otro –las autoevaluaciones no serían pertinentes– daríamos con una respuesta tentativa.

Estaremos de acuerdo en que para tener opinión conviene identificar información que se base en evidencias fiables. Personalmente, he revisado infinidad de estadísticas –me dedico a ello– sobre actitudes frente al uso del móvil y comportamientos derivados, como las horas durante las que nos separamos menos de un metro de este, la frecuencia con que se hace clic en todo tipo de interacciones (leer, videojuegos, navegar, etc.), el ratio de accidentes provocados con respecto al alcohol, incrementos anuales de uso no lineales sino exponenciales, o preferencias respecto a abstenerse antes del sexo que del móvil y, en caso de no hacerlo, su uso durante las relaciones sexuales. Pero no he querido abrumarles, ni deprimirles. Primero, porque son terroríficas y no ayudarían a nuestro objetivo, que es reflexionar sobre el uso del móvil. Segundo, porque, aunque son fiables, la mayor parte provienen de muestras representativas de Estados Unidos o de Gran Bretaña. ¿Y qué hay de lo nuestro?

Continuará.


Joan M. Batista Foguet es catedrático de Métodos de Investigación y Director del Leadership Development Research Centre en Esade. Este artículo forma parte de ‘Tecnología y excesos: ¿nos hemos perdido en el camino?’, una miniserie de publicaciones que busca reflexionar sobre los límites de la revolución digital.

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