Siglo XXI

¿Nos adaptaremos a una vida en el metaverso?

No podemos saber lo que pasará en un futuro con total seguridad, pero las consecuencias de este nuevo terreno digital sobre nuestra salud mental dependen del grado de regulación con el que se aborde.

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25
Feb
2022

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En 1992, Neal Stephenson, en su novela de ciencia ficción Snow Crash, habló de una vida virtual paralela a la que conocemos como vida real y la llamó metaverso. Dentro de este ciberespacio convirtió a los protagonistas en avatares, creando su propia identidad. Desde entonces, la aparición de metaversos y avatares en la cultura han sido muy recurrentes, tanto en libros, películas y series como en juegos.

Más allá de la ficción, en nuestra vida, la tecnología también avanza a pasos agigantados: ni siquiera da tregua a una adaptación progresiva de la sociedad. De nuevo nos encontramos con la realidad superando a la ficción cuando Mark Zuckerberg comunica el cambio de Facebook a Meta. ¿Casualidad? No. La relación del nombre con los metaversos es directa e intencional. Entonces, ¿la tan conocida red social de repente se torna en una gran desconocida? No podemos saber lo que pasará en un futuro con total seguridad ni tampoco entender todo lo que está sucediendo en el mundo, y esto puede convertirse en una fuente de frustración y alimentar una importante sensación de no pertenencia. Es importante informarse para elegir lo que nos interesa y considerar si tomar una decisión frente a un fenómeno de actualidad e involucrarse en él.

Lo que se conoce actualmente acerca de los metaversos es que nos permitirán crear un avatar que dirigiremos por el mundo virtual. Con él podremos teletransportarnos, establecer relaciones sociales y desarrollar nuestra vida económica. Por el momento, la creación de metaversos está actualmente en desarrollo y en fase de construcción en las estructuras virtuales, aunque ya se han utilizado con otras finalidades como en los videojuegos. Y cada vez existen más, algunos más avanzados que otros. El más desarrollado en infraestructuras virtuales actualmente es OVR, mientras que donde se ha invertido más dinero con una economía basada en la blockchain (sistema tecnológico de las criptomonedas) es Axie Afinity.

En la actualidad, una parcela en los metaversos más conocidos o desarrollados vale miles de euros. Un terreno que en un principio costaban menos de 50 euros ahora ya cuesta 100.000, una cifra que lleva, inevitablemente, a una pregunta: ¿me estaré equivocando si no me involucro en este fenómeno antes de que se establezca por completo? Pero nadie sabe lo que sucederá. La gran incógnita, en realidad, es si todo quedará en una especulación.

No nos libramos de nuestros actos

A pesar de hablar de una realidad paralela, todo lo que sucede –y pueda llegar a suceder– en el metaverso tiene un impacto en la vida offline. No son vidas independientes. La línea es tan difusa que incluso se plantea el uso de metaversos para la educación, encuentros profesionales, visitas de amigos o familiares lejanos o incluso para la gestión de finanzas. Es más, algunos metaversos ya tienen su propia criptomoneda o token asociados (estas también han aumentado en valor).

La realidad virtual puede llegar a facilitar algunos procesos habituales como el aprendizaje, la fabricación de productos o la rehabilitación física. Pero la sociedad está en un proceso constante de adaptación  a las novedades, no solo las personas a título individual sino como comunidad, por lo que, de momento, no se han expuesto medidas ni se han tomado las decisiones correspondientes respecto a los posibles excesos digitales que puedan transformar la palabra evolución en involución –o el desarrollo, en destrucción–. No hay lugar para la responsabilidad explícita ni jurisdicción legal en el metaverso. Tampoco límites físicos ni fronteras.

El metaverso, sin las regulaciones necesarias, podría incrementar la economía especulativa en el terreno digital

Un mal uso del recurso puede provocar consecuencias tan negativas a nivel individual. Adicciones, aislamiento o la baja percepción del riesgo en la vida real tras asimilar que no hay límites en el metaverso son algunos de los ejemplos. La hiperconexión al mundo digital puede sumergirnos tanto en él que nos incapacita para diferenciar un mundo y otro. Un ejemplo podría ser el uso de nuestras capacidades físicas humanas, como la simple acción de saltar: ahora tenemos muy claro los límites de hasta dónde podemos saltar pero, si habitualmente nos conectamos a un mundo que nos permite hacerlo de edificio en edificio sin riesgo, eso puede acabar distorsionando la percepción de nuestra capacidad de salto en el mundo offline. Este ejemplo se puede extender a cualquier conducta humana.

Además, también un metaverso mal utilizado también puede provocar la pérdida de hábitos saludables de sueño, alimentación, sociabilización, actividad física, etc. En su libro Salud digital, la psicóloga Gabriela Paoli explica de forma más extensa este tipo de impactos en nuestra salud mental y física, ya que ella considera que el futuro virtual «tendrá consecuencias graves para nuestra salud digital y nuestra estabilidad mental». Enfocándonos en el ámbito más financiero, el metaverso puede incrementar la economía especulativa, ya que pretende construir un mundo virtual con proyectos, terrenos y tiendas con una actividad económica plena. Si ponemos el foco en la sociedad es posible que se produzca un incremento de delitos, por la falta de regulación, y el aumento de la actividad económica especulativa, ya que se pretende que dentro del metaverso se construya un mundo virtual con proyectos, terrenos, tiendas, edificios… con una actividad económica plena.

Lo que está claro es que los avances tecnológicos en sí mismos son avances. Pero también entran en juego variables como la finalidad real de su uso, su regulación, la accesibilidad para todo tipo de ciudadanos, la frecuencia de utilización, la implicación de los órganos sociales en prevención y en seguimiento o la renovación tecnológica en función del contexto. Por tanto, el triunfo del metaverso dependerá de todo un seguido de condiciones donde cada uno aportaremos nuestro granito de arena. No solo en el metaverso, sino en cada fenómeno que acontezca, porque incluso la no participación en algún ámbito cuenta.

Adaptarnos nos adaptaremos, de la misma forma que lo hemos hecho hasta el momento con los smartphones o con la tecnología inteligente. La cuestión es: ¿sabremos quedarnos con los beneficios y bloquear los posibles impactos destructivos para el ser humano?

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