Siglo XXI

¿Pueden los robots crear obras de arte?

El arte es algo radicalmente humano, la manera de recrear la realidad a través de los pensamientos y los sentimientos. Aunque la inteligencia artificial evolucione, nunca podrá alcanzar el nivel de emoción congelado en las grandes obras que ya son inmortales.

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13
Ene
2022
inteligencia artificial

La residencia de las señoras musas

está acolchada de tapices agrios y comúnmente

van las Damas aderezadas de doloroso organdí.

Pablo Neruda

El arte, la actividad artística es algo radicalmente humano, es la manera que tiene el ser humano –y así es una constante desde que los primeros homínidos tuvieron consciencia de su subjetividad–, de recrear la realidad, expresar su manera de percibirla o interpretarla y de manifestar igualmente sus pensamientos y sentimientos, valiéndose para ello de la materia, la imagen, el sonido.

Las obras de los grandes artistas no fueron copias de las de otros: rompieron los moldes e inmortalizaron a su autor por su originalidad, fruto de su manera personal de entender el mundo y de expresar sus propios sentimientos y frustraciones. «Estaba caminando por un camino con ambos amigos. Se puso el sol. Sentí un ataque de melancolía. De pronto, el cielo se puso rojo como la sangre. Me detuve y me apoye en una barandilla muerto de cansancio y mire las nubes llameantes que colgaban como sangre, como una espada sobre el fiordo azul-negro y la ciudad. Mis amigos continuaron caminando. Me quedé allí temblando de miedo y sentí que un grito agudo interminable penetraba la naturaleza». Así explicaba Edvard Munch cómo nació en él la inspiración para pintar su cuadro más famoso, El grito.

«La manera personal de ver, interpretar y expresar al hombre y al mundo es lo que diferencia a los grandes artistas»

Un robot podría reproducir o imitar una obra humana, o realizar una obra combinando otras anteriores, pero no siente, no vive, no llora, ni sufre. No solo El grito, toda la obra de Munch transmite la angustia vital del pintor. Desde cuadros como La Ansiedad –con el mismo fondo (el fiordo de Oslo desde Ekeberg) que El Grito– a las distintas versiones de Celos o Amor y dolor nos hace partícipes de su dolorosa y opresiva soledad. Ocurre lo mismo en La Adolescencia o El Desapego, cuadros dotados de tal fuerza expresiva, a pesar de su sencillez pictórica, que consiguen traspasar al observador hasta el fondo de su alma.

«No puedo deshacerme de mis enfermedades porque hay muchas cosas en mi arte que existen solo por ellas» –escribe Munch. «Enfermedad, muerte y locura fueron los ángeles negros que velaron mi cuna y, desde entonces, me han perseguido durante toda mi vida. Sin el miedo y la enfermedad, mi vida sería un bote sin remos».

También el arte de Van Gogh tiene como fragua donde se forja los sufrimientos de un ser humano complejo, domeñado por un sentimiento religioso exagerado, por sus crisis depresivas, ideas suicidas y experiencias traumáticas por los continuos rechazos que sufre durante su corta vida; rasgos que determinaron su necesidad obsesiva de expresarse a través de la pintura «no para reproducir exactamente lo que tengo delante de los ojos, sino para servirme arbitrariamente del color y expresarme con más fuerza». Para soportar el fragor de la forja bebe absenta en exceso y consume «tabaco y muy fuerte para embrutecernos en el horno de la concepción».

Van Gogh, por otro lado, admiraba la pintura de Caravaggio, de Goya, de Hugo Van der Goes, pintores no solo afectados por enfermedades mentales que los hicieron más sensibles y sinceros en su búsqueda por transmitir, a través de la pintura, su propia fragilidad, su propio miedo, su angustia ante la vida y una visión del ser humano y sus limitaciones más noble que la irreal que hoy intenta imponerse desde la publicidad de las marcas.

Los claroscuros de Caravaggio y los ojos de sus personajes, por ejemplo, no solo hacen única y reconocible su pintura sino que reflejan una personalidad a la que le atraía tanto lo sagrado como lo violento, obsesionada por captar a través de la mirada de sus personajes, el interior de su alma, y transmitir a través de ella la más absoluta sorpresa. Basta con observar los ojos desorbitados de Holofernes tras ser decapitado por Judit o la mirada desencajada de La cabeza de Medusa viendo su reflejo cuando Perseo acaba de decapitarla.

«Goya, quien padecía sordera, delirios y alucinaciones, reflejó en sus cuadros de manera única la antesala de la muerte»

Y qué decir de la seña de identidad de los cuadros de Van der Goes, las manos tan reconocibles de sus personajes, siempre expresivas, como fetiches de sus obsesiones, instrumentos de pecado (La caída del hombre y la lamentación), de adoración (El retablo de Portinari) y redención (el tríptico de la Virgen y el niño).

También Goya, quien padecía sordera, delirios y alucinaciones reflejó en sus cuadros de manera única los horrores de la guerra, las luchas fratricidas, la antesala de la muerte en la mirada de los ajusticiados y el interior de las almas de los personajes a los que retrató. Es en las pinturas negras de La Quinta del Sordo donde el pintor mostró más libremente sus visiones oníricas y el desesperado pesimismo sobre el hombre y el mundo. Y aquellas son, precisamente, las que consiguen un mayor impacto en el observador. Decía Picasso que «el arte es lo que el instinto y el corazón ven más allá de cualquier canon. Lo que yo creo en pintura procede de mi mundo interior. Pinto como otros escriben su autobiografía. Los cuadros, terminados o no, son las páginas de mi diario».

Comentando el Salón de París de 1859, Baudelaire –quien también vivió una vida llena de excesos– escribía al director de la Revue Francaise: «Después de pasar la mirada por tantas simplezas llevadas a buen puerto, tantas necedades cuidadosamente pulidas, tonterías y falsedades hábilmente compuestas surgió inevitablemente, como de costumbre, la terrible y eterna pregunta. Al parecer, la menudencia, lo pueril ha sustituido al ardor, a la nobleza, a la ambición turbulenta tanto en las bellas artes como en la literatura y, criticando a un pintor, es ‘Dicho y hecho. Pinta, pinta, u obstruye su alma y sigue pintando, hasta que por fin se parece al artista de moda… El imitador del imitador, cada uno persigue así sus sueños de grandeza’».

La manera personal de ver, interpretar y expresar al hombre y al mundo (tantas veces determinada por la enfermedad, por los desordenes vitales y la honestidad del trabajo incansable) –«si llegan las musas que te cojan trabajando», decía Picasso– es lo que diferencia a los grandes artistas que han sido, son y serán y a sus inmortales obras que nunca podrán ser igualadas por la fría imitación de un robot.

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