Sociedad

‘Nine Perfect Strangers’, la ficción y nuestra (frágil) identidad

La serie de televisión se estrenó durante la pandemia, haciendo difícil no trazar un sutil paralelismo con el ‘Decamerón’ de Bocaccio: en medio de una tragedia, habla con atrevimiento al espectador acerca del trauma, la angustia y el miedo.

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19
Ene
2022
Nine perfect strangers
Fotograma de ‘Nine Perfect Strangers’. Fuente: YouTube y Amazon Prime Video.

Nueve personas, en el crepitar de sus traumas y duelos, deciden romper con su vida habitual: acuden a un lugar apartado, alejados de casi toda comunicación, en busca de sí mismos, a la caza de sus fantasmas. Pero la promesa de la terapia pronto se ve quebrada por el consumo de drogas, los conflictos que surgen en la pequeña comunidad y por un dolor que, lejos de cesar, parece cobrar fuerza. Desde el estreno el año pasado de Nine Perfect Strangers, la serie –basada en el libro homónimo de la escritora australiana Liane Moriarty– protagonizada por Nicole Kidman, Luke Evans y Melissa McCarthy ha cosechado un éxito voraz, superando el difícil reto de seducir a los seriéfilos y a la crítica de cine, convirtiéndose, así, en uno de los fenómenos de estos años inciertos.

La era digital esboza un horizonte donde identidad y ficción parecen desdibujarse

Nine Perfect Strangers, quizás por el shock de la pandemia que aún sufrimos, ha recibido la atención de un espectador necesitado de evasión y comprensión; un espectador hambriento de diálogo sobre lo que está sucediendo. La serie nos habla, precisamente, de las luces y las sombras de la desconexión con el mundo exterior, así como de los límites de nuestra propia identidad. ¿Son el miedo, la fragilidad, la angustia y el trauma parte inseparable de nosotros mismos? ¿Se mantienen accidente o trasciende a la esencia? Bocaccio escribió Decamerón durante una de las epidemias europeas de peste negra del siglo XIV para indagar acerca de estas dos cuestiones: 10 personas, tras una reunión en una iglesia, deciden retirarse lejos de la civilización hasta que pase el desastre. La diferencia entre el libro de la autora australiana, la serie de televisión y la obra del humanista italiano es que mientras en el primero los extraños acuden en busca de rehabilitación –para perseguir sus traumas de forma directa–, en el Decamerón se acude a las narraciones y a la imaginación para eludir el leviatán que asola el mundo conocido.

Hoy, la era digital esboza un horizonte donde identidad y ficción parecen desdibujarse. En desarrollo se encuentra el metaverso de la compañía de Mark Zuckerberg, quien pretende dar inicio a una era donde lo real, en cuanto a exterior, se manifieste más en nuestra mente que a través del contacto con nuestros sentidos. También se encuentra inmerso en el desarrollo de implantes cerebrales, lo que, tal como avisó el historiador israelí Yuval Noah Harari en Sapiens, haría la existencia del cíborg más cercana de lo que la mayoría de las personas piensa.

Ni siquiera es necesario adelantarse unas décadas para vislumbrar el futuro que se está diseñando para la humanidad desde los distintos gobiernos y empresas tecnológicas: basta observar el comportamiento que manifestamos en internet y comparar los modos y actitudes que mantenemos en la vida real (o, si se prefiere, física); en efecto, nos comportamos de manera distinta al interactuar con otros mediante plataformas digitales: la sensación de impunidad, el cultivo del narcisismo y la adicción que invocan las mecánicas con las que han sido construidas las distintas aplicaciones y redes sociales –que persiguen la aprobación o desaprobación permanente entre los usuarios– impulsan a muchos hacia conductas exhibicionistas, a prácticas de acoso e incluso a violencia contra los demás; una clase de agresiones que en la vida real, probablemente, no se producirían con tal facilidad.

Las veloces ágoras digitales nos dirigen hacia una espiral de placer y enfrentamiento sostenida en unas emociones continuamente capitalizadas

Y si ya de por sí la sociedad potenciaba la visceralidad contra la racionalidad para fomentar el consumismo –fundamentado básicamente en el impulso– en las veloces ágoras digitales nos dirige hacia una espiral de placer y enfrentamiento que se sostiene en unas emociones continuamente capitalizadas, a modo de retiro frente a una realidad cálida, áspera, voluptuosa y cambiante que, en cambio, casi nunca podemos modelar a nuestra merced. En las redes sociales buscamos crear una ficción: un universo en el que todas las barreras de lo real queden derribadas, pudiendo llegar a ser casi lo que nosotros queramos. Allí creamos una audiencia y hacemos terapia colectiva contando nuestras penas y vivencias, intentando sentirnos menos desamparados cuando la soledad –si llega– impera. Algo similar a las drogas en Nine Perfect Strangers, pero sin que parezca importarnos demasiado atiborrarnos con continuas sobredosis de consumo digital.

La cuestión no es si las nuevas tecnologías son buenas o malas, sino cómo actuamos frente a ellas; es decir, la manera en que las utilizamos. De igual manera, y siempre y cuando no perdamos de vista el mundo físico, aislarnos en cierta medida de aquellos elementos traumáticos de la realidad pueden servir para regenerarnos frente a la adversidad. En este uso, las redes sociales podrían servir de pequeño retiro a un contexto, si no más amable, al menos más alejado de los fantasmas que cada persona alberga en su interior con el paso de los años. También está la actitud dentro de ese retiro: podemos enfrentar la realidad mediante la reflexión o mediante la visceralidad. Mientras el Decamerón invita a soñar sin olvidar la tragedia exterior, la clínica de Nine Perfect Strangers construye ficciones que enfrentan o someten a los internos a sus dramas.

Como suele ocurrir, podemos decidir, aunque no siempre elegir. ¿Asumir las dificultades o esconderlas? ¿Huir o luchar? ¿Imaginar o fingir? Extraños o no, no nos desconozcamos: el mundo, también el digital, tiene mucho que ofrecer.

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