Cultura

‘Sucession’ y el culto a un neoliberalismo desnudo

La popularidad de la serie de televisión de HBO no deja de crecer a pesar de que no parecer contar con un propósito nítido. Sin embargo, a pocos espectadores se les escapan los paralelismos con la dividida familia de Rupert Murdoch, el magnate de los medios de comunicación.

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19
Nov
2021

La cámara siempre se mueve con gestos titubeantes entre los miembros de la familia Roy. Nadie entre quienes portan ese apellido parece particularmente agradable: en cada escena, a pesar de los trajes y las corbatas, se suceden los insultos y los tratos más degradantes. No hay hueco para la delicadeza aristocrática de María Antonieta entre el clan –casi nobiliario– que forman los Roy, quienes poseen uno de los conglomerados de comunicación más grandes del planeta. Succession, producida por HBO, se presenta ante nosotros sin vergüenza alguna, como un festín indecente sobre la vida de la burguesía norteamericana. No todo es absolutamente ficticio en la celebrada serie de televisión: a pocos en Estados Unidos se les escapan los paralelismos con la dividida familia de Rupert Murdoch, el magnate de los medios de comunicación que lleva el control de Fox News (y, según se ha sugerido, también tras Donald Trump).

El escritor Mark Fisher consideraba que no era ningún accidente que «el formato de entretenimiento más exitoso de la última década fuera la telerrealidad». Para él, los programas más celebrados del formato terminan fusionando «elementos propios de los documentales». Algo similar ocurre en Succession: el espectador asiste, casi como un intruso, a la grabación de lo que aparenta ser un crudo documental. De hecho, la temblorosa forma tomada por la fotografía pertenece a lo que se conoce como mockumentary, una especie de parodia del género documental. Ello podría llevar a considerar la serie como una sátira sobre la riqueza y la vileza a la que va asociada, pero nada más lejos de la realidad. Según afirmaba The New York Times, la serie no es tanto una sátira como un «placer culpable»; según el periódico, una wealth porn [en castellano, porno de riqueza].

«Succession es una simple ratificación del neoliberalismo. El leve empuje satírico del mockumentary ha perdido su radicalidad y ha sido completamente absorbido dentro del mainstream. Lo que vemos, en realidad, es un revolcón en la vida de los ricos; este es especialmente perturbador simplemente porque el sistema ha avanzado en esa dirección tras su apertura bajo Reagan y Thatcher», explica Dennis Broe, autor de Birth of the Binge and ​Diary of A Digital Plague Year: Corona Culture, Serial TV and The Rise of The Streaming Services. «La mística de la serie proviene de la superposición de la figura del rey Lear de Shakespeare con Rupert Murdoch, pero este último no merece la equiparación. Murdoch no es una figura trágica: es la persona que apoyó la invasión de Iraq para mejorar los datos de audiencia de CNN», continúa Broe, quien también es profesor en la Universidad de la Sorbona.

Zabala: «La serie muestra la dificultad de encontrar otro mundo, otra alternativa»

Basta con recuperar la breve definición sobre el neoliberalismo dada por el ensayista George Monbiot para comprender las ideas ocultas tras el concepto: «El neoliberalismo ve la competición como la característica definitoria de las relaciones humanas. Redefine a los ciudadanos como consumidores […] y mantiene que ‘el mercado’ promueve beneficios que nunca podrían ser alcanzados mediante la planificación económica». Su implantación comienza con los gobiernos de Ronald Reagan –con una doctrina que terminaría conociéndose como reaganomics– y Margaret Thatcher. Según afirman algunos autores, nos encontramos dentro de la etapa que ellos denominan ‘realismo capitalista’: hoy sería más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del propio sistema económico. ¿Hay, pues, alguna opción fuera de este?

«Succession es parte de TINA, el acrónimo que recoge la frase de Margaret Thatcher sobre la inevitabilidad del capitalismo: There Is No Alternative [No hay alternativa]», señala Broe. Algo en lo que coincide Santiago Zabala, profesor de filosofía e investigador de ICREA en la Universidad Pompeu Fabra, que remarca que «la serie muestra dificultad de encontrar otro ‘mundo’ o alternativa». Y añade: «Trata sobre poder y control. Y el poder puede ser hallado fuera de la política, encontrándose más habitualmente dentro de las grandes corporaciones. Aquellos que no se adentran en ella y, sin embargo, la condicionan, como Mark Zuckerberg, son quienes sostienen el poder en la actualidad. Los personajes no son tan diferentes en ese sentido».

Ante el espejo, esta clase de poder es el mismo que ha sido ejercido durante la antigua presidencia de Donald Trump, que Broe califica como «culto a la personalidad». Según defiende, este sería el «CEO moderno que series como Succession idolatran». En parte, ahonda, la victoria del expresidente es producto de una lógica económica que se traslada al poder, algo que es posible ver tanto en Succession como en la realidad diaria de la Casa Blanca: en ambos mundos solo existen perdedores y ganadores; aquellos que aplastan y aquellos que son aplastados. Es por ello por lo que en cierta escena Logan Roy, el patriarca de la familia, le dice a uno de sus hijos «you have to be a killer». Es decir: debe acabar con todos, cueste lo que cueste. 

No todo es absolutamente ficticio: a pocos en Estados Unidos se les escapan los paralelismos con la familia de Rupert Murdoch

En la serie, durante la primera temporada, tras conseguir un buen trato de adquisición de canales de televisión locales, Logan Roy espeta a uno de sus hijos que continúe bajando la oferta hasta «joderles». Algo similar a lo que mantienen Krastev y Holmes en La luz que se apaga: «Ganar significa superar al otro y perder significa ser superado. Por eso, un mundo en el que todas partes ganan, si acaso fuera posible, sería un mundo en el que Estados Unidos ya no ‘ganaría’, lo que constituye precisamente la queja constante de Trump». Tony Schwartz, autor de The Art of the Deal, el best-seller firmado junto con Donald Trump, afirmaba en 2017 que para el expresidente «se trataba de una cuestión binaria, de un juego de suma cero; o dominas o te sometes, o creas y explotas el miedo o te postras ante él. En numerosas conversaciones me dejó claro que afrontaba cada encuentro como una competición en la que tenía que ganar porque era la única opción».

Si se atiende a las consideraciones esgrimidas por The Art Newspaper, lo mismo ocurre en el arte, donde «los artistas son cada vez más reducidos a ganadores o perdedores» a consecuencia del sistema económico, que «reemplaza el juicio subjetivo con la evaluación económica objetiva». El trato a los subordinados de la familia Roy y la familia Trump también es parejo: ya no hay ciudadanos o empleados, sino tal como señala Zabala, «más bien siervos», individuos a los que se fuerza a plegarse a sus deseos. No es algo sorprendente si volvemos a leer las palabras pronunciadas por el economista estadounidense Branko Milanovic, quien ya hace un año carecía de dudas al afirmar que en el neoliberalismo «el principio jerárquico de las organizaciones empresariales invade la política». Según Milanovic, el gobernante neoliberal «como cualquier propietario rico, no cree que su papel sea demostrar compasión a sus asalariados, sino decidir qué deberían hacer, e incluso si se presenta la ocasión, bajarles el suelo, obligarles a trabajar más o echarles sin compensación», explica.

Por eso, el neoliberalismo y la democracia son para Broe «antitéticas» en su esencia más básica. «Con el fracaso de la última COP cada vez más gente empieza a darse cuenta de que los poderes no piensan hacer nada para salvar el planeta», explica el escritor. Y sentencia: «El trabajo de los medios de comunicación de masas y las series como Succession es, hoy más que nunca, reafirmar que ningún cambio es posible».

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