Medio Ambiente

Se necesitan incendios que eviten otros incendios

Aproximadamente el 1% de la superficie de los bosques en todo el mundo arde de forma natural una vez al año con el objetivo de sanear y mantener el equilibrio de los ecosistemas. El excesivo celo humano a la hora de sofocar estos conatos podría estar llevando a generar los incendios devastadores que calcinan cientos de hectáreas.

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13
Oct
2021

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En la sátira futurista de Woody Allen, El Dormilón, el personaje interpretado por el cineasta de Brooklyn se asombra de que en el año 2174 al que ha sido transportado desde el presente todo el mundo fume sin parar. «Es tabaco, una de las cosas más sanas para el organismo», le asegura el científico de bata blanca y perilla sagaz al que acaba de rechazarle un cigarrillo. El chiste de Allen nos recuerda que la ciencia es, a veces, menos incontrovertible de lo que tendemos a pensar, que las cosas no siempre son como parecen y que, bien argumentadas, existen contraargumentos para (casi) todo. Que lo que hoy parecen hechos sólidos como el granito podrían ser desmontados a luz de nuevas evidencias en un futuro más o menos cercano, o incluso hoy mismo.

La última revelación que llega desde la ciencia para descolocar esquemas hace referencia a los incendios. En plena lucha planetaria contra la sequía extrema y sus consecuencias devastadoras para los ecosistemas de ambos hemisferios, que hace de bosques y selvas de todo el mundo –desde Australia hasta California, desde Ávila a Sierra Bermeja (Málaga)– sean pasto de las llamas, la comunidad científica recuerda que no todo en los incendios forestales es negativo y que, de hecho, el fuego es un elemento indispensable para que haya vida en el planeta. 

Uno de ellos es Guillermo Rein, profesor del Ciencias del Fuego en la Facultad de Ingeniería del Imperial College de Londres. «Los incendios son clave para mantener la concentración de oxígeno adecuada en la atmósfera. El fuego regula el ciclo del carbono y la vida, tal como la conocemos, está basada precisamente en el carbono», aseguraba recientemente. Según este especialista, los incendios favorecen la conservación de bosques y prados en el largo plazo, ya que permiten la diversidad de ambientes y evitan la homogeneización de especies.

El 1% de la superficie de todos los bosques arden de manera natural una vez al año con el objetivo de sanear el ecosistema

El fuego, de hecho, es un viejo compañero de viaje en este mundo formado, en su mayor parte, por agua. Y los incendios, al igual que el viento y la tierra, un elemento natural de la naturaleza. Aproximadamente el 1% de la superficie de todos los bosques del mundo arden de manera natural una vez al año, a fin de sanear el ecosistema y mantener el equilibrio de su biodiversidad. Un buen ejemplo es la sabana africana, el lugar que más arde de todo el planeta. Aquí, los incendios son tan frecuentes que supone una exageración afirmar que se quema casi por completo todos los años. Sin embargo, la intensidad de estos incendios es muy baja, con lo que se generan zonas abiertas que favorecen la vida de multitud de especies.

La adaptación de los ecosistemas a los efectos de fuego es tal que incluso algunas especies han evolucionado de acuerdo a ellos. Numerosas plantas mediterráneas, por ejemplo, han creado sus propias defensas ignífugas, como lo son las corazas naturales de corcho en los alcornoques. Incluso las hay que generan mecanismos para aprovechar los incendios como herramienta de reproducción como sucede con algunos tipos de piñas, que solo se abren y liberan sus piñones por efecto del calor de las llamas. 

El excesivo celo a la hora de sofocar incendios pequeños puede estar favoreciendo la llegada de los más destructivos

Pero la acción reguladora de los incendios deja de serlo en el preciso instante en el que su intensidad excede determinados límites. El cambio climático (sequías y temperaturas extremas) y la acción directa del ser humano están favoreciendo el surgimiento de una nueva tipología de incendios mucho más violentos e incontrolables. Fuegos muy poderosos, capaces de devastar vastos territorios y hasta provocar, como ocurre con los llamados incendios de sexta generación, cambios meteorológicos permanentes en su zona de influencia. Guardamos en nuestra memoria la viva imagen de los incendios que asolaron el sureste de Australia en 2020 llevándose por delante hasta tres millones de hectáreas en Nuevo Gales del Sur en tan solo 10 días, afectando gravemente a la vida de 480 millones de mamíferos.

La lucha contra las llamas es una vieja preocupación humana que, a la vista de las nuevas dimensiones de estos desastres, se hace aun más acuciante. Sin embargo, los expertos advierten de una nueva paradoja: el excesivo celo a la hora de sofocar los incendios pequeños podría estar favoreciendo la llegada de los incendios gigantescos. La razón es que los fuegos de baja intensidad permiten limpiar las zonas de matorrales y sotobosque, combustibles naturales que, de otra manera, se acumulan incontroladamente creando el caldo de cultivo para un incendio de mayores proporciones y mucho más destructivo.

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