Cultura

¿Vuelve (otra vez) Chesterton?

Polemista, irónico, paradójico. El escritor G.K. Chesterton, uno de los más influyentes del siglo XX, resultaba tan mordaz en su época como lo haría en la actualidad: le irritaban las convenciones que se mantenían por inercia sin que nadie reflexionase sobre ellas.

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15
Sep
2021
Chesterton

Cabe la posibilidad de que el público general no sea capaz de ponerle cara a Gilbert Keith Chesterton, aunque quizás sí quepa en su memoria sí, adaptaciones televisivas mediantes, el detectivesco Padre Brown –su creación más popular–. Sin embargo, G.K. Chesterton fue uno de los autores más influyentes del pasado siglo XX. Escribió dos clásicos: El Napoleón de Notting Hill y El hombre que fue Jueves. Elaboró numerosas biografías sobre los autores de la época (como su admirado Robert Luis Stevenson) que siguen considerándose referencias hoy en día.

Novelista, cuentista, periodista, poeta y, sobre todo, polemista agudo que combinaba la flema británica con la maldad mediterránea. Chesterton, que murió en 1936, es recordado hoy como un intelectual brillante, irónico, empeñado en desnudar las contradicciones de eso que llamamos ‘sentido común’. Su popularidad entre los intelectuales hispanoparlantes tiene, en parte, dos culpables.

Uno, Jorge Luis Borges, cuyo entusiasmo por este autor se contagió a lo largo de las décadas a otros escritores como el peruano Fernando Iwasaki, el cubano Guillermo Cabrera Infante o el periodista español Enric González.

Dos, el catolicismo. Acostumbrados a la leyenda negra y la habitual condescendencia de los países protestantes, un anglosajón que utilizaba la doctrina católica para criticar los usos y costumbres de su país siempre ha resultado una novedad más que bienvenida por los lectores de Estados de mayoría católica.

Chesterton disfrutaría hoy de la ironía de ver sus textos descontextualizados en las redes

Chesterton siempre tuvo el reconocimiento que le daban las aventuras del Padre Brown, un sacerdote metido a detective sobre el que llegó a escribir más de 50 relatos y que se ha adaptado varias veces al teatro o la televisión. Este humilde párroco resolvía crímenes gracias al sentido común y la experiencia de vida, en lugar de clases de entrenamiento policial. El personaje, de hecho, suele ser el ejemplo del raciocinio frente a la superstición puesto que se dedica a desmontar milagros o explicaciones sobrenaturales con una lógica más que aplastante.

Por supuesto, el Padre Brown no surgió de la nada. Además de los detectives en la época –Chesterton convivió en su juventud con el primer éxito de Sherlock Holmes y en su madurez con la explosión de Agatha Christie–, el personaje se inspiraba en el sacerdote irlandés John O’ Connor, párroco de un barrio pobre de Bradford (Inglaterra), a quien G. K. conoció en 1907 y cuya relación, mitad amistad y mitad tutela, motivó la conversión al catolicismo del autor.

El postureo previo al postureo

El viejo Gilbert Keith es también uno de esos autores a los que cierto entontecimiento del consumo cultural actual ha reducido al aforismo de sobre para el azúcar. Seguramente él mismo, aficionado a señalar lo que hoy llamaríamos el ‘postureo intelectual’, habría disfrutado de la ironía de ver las frases que lo subrayan convertidas en ‘memes’ de redes sociales mientras son completamente descontextualizadas de su sentido original. En esta línea, sabía esconder sus intenciones por medio de la ironía y sorprender a los lectores afirmando algo para demostrar luego lo contrario. Si algo le irritaba eran las convenciones, de cualquier tipo, que se mantenían por inercia sin que nadie se parase a reflexionar sobre ellas.

Fue, por tanto, un autor a contracorriente comparado con el inglés católico medio. Admiraba a Don Juan de Austria –sobre el que, por cierto, escribió en su poema Lepanto, traducido por Borges al español–. Pero también fue un conservador, en el sentido estricto de la palabra (no lo confundamos con reaccionario). En resumidas cuentas, un católico que escribió contra el socialismo apoyándose en las reformas de redistribución de la riqueza del Papa León XIII; un librepensador contrario a las modas de la modernidad; un individualista que se reía del anarquismo y un poeta que disfrutaba del ensayo. Un intelectual contemporáneo, y lo contrario. El rey, en fin, de las paradojas.

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