Opinión

La banalidad del bien

De forma opuesta (pero simétrica) al concepto esbozado por Hannah Arendt, podríamos reconocer una cierta sencillez en la calidad moral de aquellos que ejecutan acciones heroicas.

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08
Sep
2021

La maldad es siempre escasa. En el año 1963 Hannah Arendt publicó Eichmann en Jerusalén, un ensayo en el que acuñó desde su subtítulo el célebre diagnóstico de la «banalidad del mal». La tesis fuerte del texto, por tantos conocida, es que Otto Adolf Eichmann, agente imprescindible de la Shoah judía, no exhibía ningún rasgo superlativo, ni siquiera negativo. El mal, incluso en su expresión más infinita, puede obrarse desde las manos de un ser anodinamente mediocre.

De forma un tanto opuesta pero simétrica, podríamos reconocer una cierta sencillez en la calidad moral de aquellos que ejecutan acciones heroicas. En muchas ocasiones –probablemente en casi todas– la virtud arraiga en biografías modestas y sencillas en las que el cumplimiento de una vida lograda se agota y se resume en el anonimato de una excelencia silente.

La Generación Gloriosa no lo fue sólo por albergar a los combatientes y heroínas de la II Guerra Mundial sino que, muy previsiblemente, aquella calidad singular se materializó también en círculos perfectamente íntimos y domésticos. Hay, qué duda cabe, una dignidad irrenunciable en la virtud secreta.

La banalidad del bien no atañe, sin embargo, a la condición modesta de su ejercicio, sino al modo en que, en demasiadas ocasiones, malbaratamos su dignidad. A falta de que alguien pudiera resolver la condición sustantiva de la virtud o la excelencia, son demasiados los lugares en los que el compromiso ético se exhibe de una forma casi pornográfica.

«Estampamos parches contra el racismo en las camisetas de fútbol mientras aguardamos la celebración del mundial en un emirato absolutista»

La espectacularización de la moral contemporánea se presenta como el último desarrollo del diagnóstico de Guy Debord. Hemos cancelado las fuentes clásicas de sentido –la tradición, la religión y la costumbre– para mercantilizar algunos de los fuegos sagrados que en otro tiempo nos sirvieron de inspiración rectora para el gobierno de la vida y la custodia de lo humano.

Hoy podemos adorar a un cantante o a una gimnasta para, posteriormente, exhibir una escandalosa decepción cuando se demuestra lo que por otro lado era de suyo irrefutable. Somos ese tipo de animal que estampa parches contra el racismo en las camisetas de fútbol mientras aguardamos la celebración del mundial en un emirato absolutista.

Aunque el narcisismo epocal de nuestro tiempo nos obligue a sentirnos singulares, es más que probable que el festival cosmético de valores y principios no sea más que un vestigio barroco aún hoy reconocible en nuestro tiempo. Lo importante, después de todo, siempre ha sido ser el que más llora en el funeral y el que más ruidosamente se escandaliza con lo que toca en cada momento; y que nos vean. Los banales, me temo, somos sólo nosotros.

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