Opinión

Hannah Arendt en Twitter

Acudimos a los textos de la filósofa para analizar la naturaleza humana y comprender de qué manera la revolución tecnológica y la hiperglobalización han roto –aún más– las raíces que nos ataban a un mundo externo estable y previsible, dejándonos paralizados en un presente eterno.

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30
Jun
2021
Hannah Arendt

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Como consecuencia del surgimiento del populismo de derechas, la filósofa Hannah Arendt ha vivido un modesto resurgimiento editorial, principalmente con su obra Los orígenes del totalitarismo. Acudimos a sus textos sobre la verdad y la mentira y la política para comprender las fake news, a Los orígenes del totalitarismo para entender cómo las sociedades pueden votar a un líder autoritario o cómo el totalitarismo acaba con la espontaneidad. Una obra que queda relativamente olvidada y que nos sirve para comprender muchas cosas de nuestro presente es La condición humana (1958). 

En ella, Arendt explica que «la realidad y confiabilidad del mundo humano se basan en que estamos rodeados de cosas más permanentes que la actividad que las produce, e incluso que quienes las producen». Este análisis de la naturaleza humana, que parece atemporal, gana más sentido en nuestra época. El ‘turbocapitalismo’, la revolución tecnológica y la hiperglobalización han roto aún más las raíces que nos ataban a un lugar, a un trabajo, incluso a un mundo externo estable y previsible. Esto nos ha dejado perplejos, y nos ha paralizado en un presente eterno.

«Al hablar de la ‘felicidad pública’, Arendt se acerca incluso al debate de la política de la identidad, más de 50 años después de que el término se popularizara»

En La condición humana también habla del concepto «felicidad pública». Es un término que puede servir para comprender los resortes psicológicos que nos hacen unirnos a causas políticas colectivas. Arendt, al escribir sobre los sucesos de 1968, afirma que los participantes descubrieron que la «acción política es divertida. Esta generación descubrió lo que en el siglo XVIII se llamó la ‘felicidad pública’, que significa que cuando el hombre participa en la vida pública accede por sí mismo a una dimensión de la experiencia humana que de lo contrario le está vedada, y que de alguna manera constituye la felicidad plena».

Al hablar de la felicidad pública, Arendt se acerca incluso al debate de la política de la identidad, más de 50 años después de que el término se popularizara. La filósofa habla de lo que Santiago Gerchunoff ha denominado ‘gesto identitario’ o ‘acción como revelación del agente’.

Son las acciones públicas que solo tienen como objeto mostrar la identidad del emisor. Es un concepto parecido al de virtue signalling popularizado en los últimos años, que significa algo así como ‘la señalización de la propia virtud’. Al intervenir en el debate público, especialmente en redes, nos importa casi más el gesto, demostrar quiénes somos, y reforzar y construir nuestra identidad, que aportar algo al debate.

Arendt fue una filósofa más compleja de lo que nos sugiere su resurgimiento editorial en los últimos años. Italo Calvino decía que los clásicos son obras que nunca se acaban de leer y que siempre nos dicen cosas sobre el presente. La condición humana es uno de esos libros.

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