Internacional

Mujeres valientes: crecer luchando contra el yihadismo

La periodista Txell Feixas, corresponsal en Oriente Medio, relata en ‘Mujeres valientes: la revolución femenina del mundo árabe’ (Península) la historia real de una mujer que se alistó en las Unidades de Protección Popular kurdas para acabar contra el Estado Islámico y ocupar los espacios políticos, judiciales y sociales hasta entonces reservados para los hombres.

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05
Ago
2021
Estado Islámico
Mujeres de las milicias YPG. Foto: Kurdishstruggle

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Me hacían sentir como una heroína que se iba a la guerra. La primera parte estaba por demostrar; la segunda era una evidencia. En aquel momento casi podía tocar el cielo; pero mi padre, como siempre, me hizo bajar de golpe con una dosis de realidad muy necesaria, que provocó un silencio que se podía cortar: «No dejes que te cojan, hija, ¿me oyes? Y si te acaban capturando, la última bala… ¡la última bala tiene que ser para ti!». Sus ojos, grandes y oscuros, enrojecidos de haber estado llorando poco antes, no se atrevían ni a mirarme. Su niña, la más pequeña, se había hecho mayor y había decidido, sin ni siquiera consultárselo, ir a luchar contra el patriarcado que inconscientemente él representaba y dar un paso adelante allí donde tantos hombres habían dado un paso atrás para plantarle cara al yihadismo. Pero no se lo reprochaba, solo quería que, por una vez, me dejasen hacer lo que creía que tocaba hacer; solo quería, por una vez, poder escoger.

La recomendación de quitarme la vida antes que dejar que me capturasen se me quedó clavada en el cerebro. Desde aquel día siempre me acompaña una bala, bien escondida. Con ella, siento como si tuviera a mi padre a mi lado, muy cerca, vigilándome; y me ha consolado en momentos en los que he llorado por compañeras que han tenido que acabar disparándose en medio de emboscadas de las que sabían que solo podían salir si se mataban. Las crueldades de Estado Islámico se hacían virales a través de las redes sociales. Mi familia, como tantas otras, veía casi a tiempo real lo que aquellos asesinos les hacían a las mujeres capturadas a pocos kilómetros de casa.

«Algunas mujeres, en los lugares que liberábamos, tenían mordiscos de una brutalidad inexplicable en la cara o en los brazos»

Contemplaban incrédulos en la pantalla del móvil cómo las ataban del pelo al parachoques de un coche y las arrastraban hasta la muerte por las calles de las poblaciones ocupadas. Las exhibían en señal de triunfo, como un botín de guerra. Algunas mujeres, en los lugares que liberábamos, tenían mordiscos de una brutalidad inexplicable en la cara o en los brazos. En algún momento habían olvidado taparse con el niqab y la túnica negra, como les obligaba a hacer Estado Islámico, y como represalia las castigaban clavándoles una enorme dentadura metálica de aluminio, diabólicamente diseñada para maximizar un sufrimiento consciente, y que arrancaba de forma literal aquellos trozos de carne que la mujer había osado mostrar, en un acto claro e imperdonable de haram –’pecado’ en árabe–. A la vista y de por vida, dejaban a personas agujereadas, incurables, invadidas por un dolor físico y emocional.

Pero antes de encontrarme ante esas escenas dantescas, como miliciana aún tenía que recorrer un largo entrenamiento vital, un camino que al principio emprendí sola y un poco asustada. Aunque no por mucho tiempo. Al cabo de unas horas llegué a un campo de instrucción cerca de la ciudad de Serekaniye, de mayoría kurda, pero también amenazada por los yihadistas. Pese a la timidez que me caracteriza, tuve que abrirme a una veintena de compañeras. A lo largo de casi un mes, que me pareció un año de lo intenso que fue, se convirtieron en mi nueva familia. Con ellas asimilé horas de clases teóricas y sudé durante un montón de sesiones prácticas; cogí mi primer fusil de asalto, lo monté, desmonté y monté de nuevo muchas veces, hasta que fui capaz de hacerlo con los ojos cerrados. Empecé a vivir en casas y locales abandonados por familias que huían en dirección contraria a la que nosotros avanzábamos. No ganábamos un sueldo, pero nunca nos ha faltado la asistencia básica que siempre nos ha proporcionado nuestra comunidad allá donde íbamos.

«En casa, Chichek y yo, nos sentíamos encerradas por motivos distintos, de manera que ahora abríamos la puerta y paladeábamos lo que era la libertad»

Pronto me hice amiga de Chichek, de dieciséis años, que también se alistó en contra de la voluntad de su familia. Su caso era peor: querían casarla y ella se negaba a vivir en lo que entendía como una esclavitud. Ni siquiera se despidió cuando se fue. Y no quería volver a casa. Yo sí quería. Soñaba cada día con que mi padre me recibía con aquel abrazo que no supimos darnos cuando me fui. Chichek acabó siendo mi mejor amiga. En casa, las dos, por motivos distintos, nos sentíamos encerradas, encarceladas, de manera que ahora abríamos la puerta y paladeábamos lo que era la libertad, y empezábamos a luchar en dos frentes: contra el yihadismo que nos quería exterminar, pero también contra un patriarcado que, de manera lenta y silenciosa, nos mataba.

Pasadas unas semanas estábamos más cerca de ese sueño. «Jin, jiyan, azadi!» («¡Mujeres, vida, libertad!»), gritábamos para celebrar nuestro juramento como nuevas milicianas. Vestida de uniforme, ya parecía una de aquellas heroínas que tanto admiraba de pequeña. ¡Mi sueño se había hecho realidad! Pese al disgusto inicial, mi padre estaría orgulloso de esta Gulan, me decía para consolarme cuando los añoraba. De repente, me veía prometiendo fidelidad a conceptos que hasta hacía unos meses me habría costado definir, pero que ya sentía como principios básicos: la defensa de la colectividad ante el capitalismo desbocado, de la sociedad feminista ante el machismo recalcitrante, del ecologismo y del confederalismo democrático frente a la represión que nos rodeaba. Finalmente formaba parte de las Unidades de Protección Popular, que desde 2012 habían empezado a incorporar mujeres a sus filas. Una presencia que fue creciendo sobre todo a lo largo de los dos años posteriores, coincidiendo con la expansión yihadista para construir el autodenominado califato en Siria e Irak. Yo fui una de las últimas incorporaciones a un grupo que formamos casi 35.000 compañeras.

Matábamos a los extremistas, pero también había que matar las horas, muchísimas… sobre todo haciendo guardias. Y, al compartir confidencias con las otras milicianas, me doy cuenta de que su reclutamiento había sido menos traumático que el mío. Las hijas de mujeres soldado, por ejemplo, escogían ese camino sin sufrir tanta desesperación e incomprensión a su alrededor. A diferencia de lo que me pasaba a mí, en casa habían visto referentes de la lucha iniciada hacía décadas. Muchas, por ejemplo, crecieron escuchando la historia de Besé. Yo no sabía quién era, como tampoco conocía las historias de tantas otras mujeres valientes que han inspirado el movimiento que ahora me guía.

«En 1995 se formó el embrión de la facción femenina de las YPG, que permitió ocupar espacios políticos, judiciales y sociales a las mujeres»

Besé fue una de las primeras kurdas armadas que optó por la revuelta y que murió a manos de las fuerzas turcas. Se dice que no pudo estarse quieta y se rebeló después de ver cómo las mujeres de su pueblo se lanzaban al río Munzur desde las rocas para suicidarse antes de que las violaran los soldados durante la masacre de Dersin, en 1938. Dos décadas después, esas mismas tierras del Kurdistán veían nacer a otra digna heredera de la causa: Sakîne Cansiz. De joven se juntó con un grupo de jóvenes universitarios. Entre ellos estaba el entonces anónimo pero ya brillante Abdulá Öcalan, que acabaría fundando el PKK (las siglas en kurdo del Partido de los Trabajadores del Kurdistán). Ya en el cargo y rodeado de una camarilla eminentemente masculina, no dudó en decir que todos debíamos matar al hombre que llevamos dentro. De hecho, se convirtió en uno de los líderes intelectuales del partido haciendo suyo el discurso feminista. Y siempre apoyó de forma incondicional a Sakîne, la cual, años más tarde, y siendo ya un referente, sería detenida y encerrada en la cárcel de Diyarbakir, la capital no oficial de la región kurda en Turquía. Öcalan está condenado a cadena perpetua desde 1999. Sakîne murió asesinada de un tiro en la cabeza en París, en 2013.

Los que compartieron celda con ella cuentan que su figura supuso una evolución clave del movimiento: aquellas mujeres kurdas que se suicidaban tirándose al río para que no las asediaran los turcos ahora tejen redes de resistencia, también dentro de los propios centros penitenciarios en los que las torturan. Pasados unos años, Sakîne salió de la cárcel con una obsesión clara: crear un ejército íntegramente femenino. Y fue así como en 1995 se formó el embrión de la facción femenina de las YPG, a las que yo he prometido entregar la vida. Esta no es la primera vez que la mujer se integra en las guerrillas, pero sí que el proyecto de Rojava ha supuesto una revolución en la que las mujeres han ocupado espacios políticos, judiciales o sociales que hasta entonces solo habían estado abiertos a los hombres. La liberación de Kobane después de tres meses de combates encarnizados contra Estado Islámico fue nuestro triunfo colectivo más emblemático y el que me empujó a sumarme definitivamente a la causa. Las mujeres como nosotras, preparadas para todos los frentes de guerra y todas las trincheras vitales, buscamos liberar a un pueblo mediante la liberación de género.


Este es un fragmento de ‘Mujeres valientes: la revolución femenina del mundo árabe a través de trece conmovedoras historias’ (Península), por Txell Freixas. 

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