Desigualdad

¿Estaríamos hablando de Einstein si Einstein hubiese sido mujer?

Iniciado por la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas (AMIT) con la publicación de tres biografías imaginarias de Einstein, Fleming y Schrödinger, el movimiento #NoMoreMatildas reivindica mayor presencia de las científicas y sus aportaciones en los libros de texto escolares.

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11
Feb
2021
efecto matilda #nomorematildas
#NoMoreMatildas

«Enhorabuena, ha tenido usted una niña sana y preciosa» fue la agridulce noticia que el ginecólogo del hospital de la pequeña ciudad de Ulm comunicó a Herman Einstein el 14 de marzo de 1879. Agridulce porque, aunque todo el mundo quiere que su recién nacido goce de una buena salud, lo cierto es que en aquella época el deseo de la mayoría de los padres era que un primogénito inauguraraa la saga familiar.

Aunque es un buen inicio para una historia, lo cierto es que el deseo de Herman Einstein se cumplió y su primogénito fue un varón que, aunque entonces lucía bastante pelón, terminaría luciendo muy despeinado y siendo uno de los mayores científicos de la historia universal. Pero, ¿qué pasaría si aquel pequeño Albert hubiese sido Greta, por ejemplo? ¿Habría llegado a ser un investigador capaz de revolucionar la ciencia moderna? ¿Habrían sido tomadas en cuenta sus teorías? ¿Veríamos su cara en los libros de texto? Probable y tristemente, no.

Ese párrafo es el inicio del cuento Matilda Einstein, una de las ficciones lanzadas dentro del proyecto #NoMoreMatildas con el que se pretende concienciar sobre la importancia de visibilizar el trabajo de las mujeres investigadoras y científicas. Se trata de una iniciativa impulsada por la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas (AMIT) con el apoyo de la Oficina del Parlamento Europeo en España –y con la idea de Gettingbetter Creative Studio, la colaboración de Dos Passos Agencia Literaria y Comunicación y la producción de Kamestudio– para denunciar el conocido como «efecto Matilda» –acuñado en 1993 por la historiadora Margaret W. Rossiter, que lo bautizó así en honor de Matilda Joslyn Gage, activista por los derechos de las mujeres y una de las primeras en hablar de ello en La mujer como inventora–, el perjuicio que sufren las mujeres investigadoras y que invisibiliza su trabajo en beneficio de sus colegas masculinos.

«Este efecto es uno de los motivos de que aparezcan tan pocas científicas en las historias de la ciencia. Hablar de ello y hacer público que este fenómeno ha existido nos sirve para que la sociedad sepa que siempre ha habido mujeres haciendo ciencia, en todas las épocas y en todas las disciplinas», explica Carmen Fenoll, presidenta de la AMIT, que reivindica el papel de las mujeres que hicieron aportaciones fundamentales para el desarrollo científico, pero que fueron borradas de la historia de forma consciente o inconsciente.

Según la Unesco, las jóvenes pierden el interés por las vocaciones STEM alrededor de los quince años

Aunque desde hace algunos años iniciativas como estas intentan reclamar el papel fundamental de las mujeres dentro de la investigación científica, lo cierto es que la igualdad está aún lejos. Por ejemplo, el estudio Análisis de la ausencia de las mujeres en los manuales de la ESO. Una genealogía de conocimiento ocultado llevado a cabo por la investigadora Ana López concluía que apenas el 7,5% de los referentes aparecidos en los libros de texto de la ESO eran mujeres. «Que tan pocas mujeres hayan pasado a la historia de la ciencia a pesar de que existieron e hicieron cosas muy importantes ha supuesto que menos mujeres se plantearan la posibilidad de ser científicas ellas mismas. Y eso ha supuesto un desperdicio de talento que es imposible medir, pero que está ahí. Teniendo en cuenta que las mujeres son la mitad de la población y que no son menos capaces que los hombres, no sabemos hasta dónde habría llegado ya la ciencia si no se hubiese desperdiciado tanto talento y más mujeres hubieran dedicado su esfuerzo al avance del conocimiento», afirma Fenoll. Y reclama: «Si la ciencia pretende ser un empeño humano justo, no es aceptable que sistemáticamente haya negado a la mitad de la población humana la posibilidad de contribuir a él».

Falta de referentes y brecha de sueños

Nombres como Rosalind Franklin –una de las principales responsables del descubrimiento de la estructura del ADN–, Nettie Stevens –descubridora del sistema XY para determinar el sexo– o Marthe Gautier –que contribuyó en gran medida a hallar la anomalía genética responsable del síndrome de Down– son algunos de los ejemplos más evidentes del efecto Matilda en el último siglo. «Lynn Margulis, la bióloga estadounidense que formuló la teoría de la simbiogénesis, fue tratada por sus colegas masculinos con un desprecio absoluto cuando propuso una idea que en la actualidad se sabe que es correcta y aparece en los libros de texto; Caroline Herschel, la astrónoma cuyos descubrimientos fueron durante años asociados a su hermano; María Andresa Casamayor, matemática aragonesa que escribió un manual científico sobre la ciencia a la que se dedicaba; Esther Ledeberg, microbióloga estadounidense que realizó investigaciones pioneras en el campo de la genética; Ida Tacke, química alemana que descubrió dos elementos, el renio y el tecnecio, este último atribuido a dos de sus colegas varones… y podría seguir porque hay muchísimas más», añade Fenoll.

Más allá de la injusticia de la invisibilización histórica, la falta de referentes femeninos también tiene un grave impacto en las futuras vocaciones científicas de las generaciones más jóvenes. Es el conocido como dream gap o brecha de sueños, el vacío existente entre lo que las niñas desean, lo que pueden llegar a ser y lo que ellas creen que pueden conseguir: según los resultados de una investigación llevada a cabo por las universidades de Nueva York, Illinois y Princeton publicada en la revista Science en 2017, las niñas comienzan a sentirse menos brillantes que sus compañeros a los seis años.

Un estudio publicado en 2017 revela que las niñas comienzan a sentirse inferiores a sus compañeros a los seis años

La escasez de ejemplos desde los niveles educativos más inferiores, sumado a la sensación de inferioridad y a la consideración de las carreras técnicas y científicas como algo muy difícil hace que muchas niñas pierdan el interés por la investigación y abandonen antes de comenzar porque piensan que no van a ser capaces de conseguirlo. Según la Unesco, las jóvenes pierden el interés por las vocaciones STEM alrededor de los quince años y, por entonces, ni siquiera el 5% de ellas espera sacarse una carrera en ingeniería o informática –en el caso de sus compañeros, la cifra sube al 18%–. El mismo organismo calcula que la presencia de mujeres en carreras científicas no llega al 30%, cifras aún más preocupantes cuando se trata de áreas como la ingeniería informática o las matemáticas: en España, en el primer caso, en los ochenta suponían un 30% del alumnado y hoy apenas llegan al 12%; mientras que, en el segundo, las mujeres han pasado de ser un 60% en el año 2000 al 37% en 2018.

Para visibilizar el trabajo de las mujeres científicas, el proyecto #NoMoreMatildas ha impulsado la publicación de tres cuentos –que se pueden descargar libremente en la web, donde también está disponible un anexo para los libros de texto– a través de los que invitan a imaginar cómo habría sido la hipotética vida de Albert Einstein, Alexander Fleming y Erwin Schrödinger en caso de haber sido mujeres. En un momento en el que las mujeres apenas podían acceder a estudios superiores, no es difícil imaginar que habría sido distinta. «Quizá en la actualidad es más difícil encontrar casos tan sangrantes como los del pasado porque el avance de los derechos de las mujeres es un hecho, pero todavía no hay igualdad efectiva. Esa falta de igualdad hace que todavía sea mucho más fácil apropiarse de descubrimientos hechos por mujeres que de los realizados por varones. Actualmente, la ciencia es cada vez más un trabajo que se hace en equipo, y los genios solitarios son una excepción, pero en los equipos también puede producirse un efecto Matilda muy pernicioso, alimentado por nuestros sesgos inconscientes que nos hacen pensar que la feliz idea, la contribución genial, la ha hecho un hombre, mientras que las mujeres del equipo solo contribuyen con su duro trabajo», apunta Fenoll. Y zanja: «Si no conseguimos zafarnos de estos estereotipos, que todos y todas tenemos todavía, nunca conseguiremos que la igualdad de las científicas y los científicos sea un hecho».

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