Medio Ambiente

El impacto medioambiental de la covid-19, un año después

En los primeros meses de la pandemia, la contaminación disminuyó por el parón de las actividades económicas y el transporte. Sin embargo, la crisis sanitaria también ha causado estragos en el medio ambiente y ahora comenzamos a percibirlos.

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10
May
2021

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Antes de la llegada de la covid-19  a nuestras vidas, el ser humano tenía un gran reto por delante: hacer frente a la emergencia climática. Una crisis provocada por nuestra propia especie que tiene devastadoras consecuencias en el bienestar de la fauna y flora del planeta, al igual que en la salud de las personas. Según los datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), cada año mueren unos siete millones de personas debido a la contaminación atmosférica (el doble que el número de fallecidos desde el inicio de la pandemia). Aunque podría parecer que ambas crisis no tienen relación, la ciencia lo tiene claro. Primero, el cambio climático y la –cada vez mayor– invasión humana de la naturaleza es lo que los expertos señalan como el principal motivo por el cual entramos en contacto con un virus animal (y, dicen, podría volver a pasar). Segundo, combatir la enfermedad también deja una huella climática sobre la que numerosos expertos llevan meses alertando. 

Lejos de lo que pudiera parecer durante ese periodo de tiempo en que el planeta estuvo encerrado en los hogares, la covid-19 no ha ayudado a mejorar la situación climática. No, aquellas imágenes de animales tomando las calles vacías de distintas ciudades y pueblos del mundo no demostraban que estuvieran recuperando su espacio. Lo que sí es cierto es que, durante los meses del confinamiento más duro, las emisiones de gases de tipo invernadero se redujeron considerablemente. Con la vida en casa, los coches aparcados y las fábricas cerradas, llegó al registro más bajo desde 2006 de emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera en abril de 2020, según un informe de la Organización Meteorológica Mundial. Sin embargo, poco duró esta bocanada de aire un poco más limpio. Para junio del mismo año, cuando muchos países ya habían iniciado la desescalada, los datos igualaron a los de 2019. 

Refrigerar correctamente las vacunas implica utilizar hidrofluorocarburo, un compuesto de gases cuyas emisiones equivalen a la liberación de 12.000 toneladas de CO2

Sin embargo, no solo el cambio hacia la nueva normalidad, la vuelta al funcionamiento de los comercios y la puesta en marcha de los vehículos han sido los culpables. También la fabricación, el traslado y los residuos de muchos de los materiales que usamos para combatir la pandemia (o, al menos, mantenerla a raya). En este sentido se han pronunciado diversos expertos como el profesor especialista en economía de la Universidad de Birmingham (Reino Unido), Toby Peters, quien declaró al medio anglosajón Politico sobre la vacunación masiva que «si no lo hacemos de manera sostenible, usando tecnologías de bajo impacto y refrigerantes naturales, esto acabará teniendo un gran impacto sobre el clima». Mantener refrigeradas las vacunas a decenas de grados bajo cero implica utilizar hidrofluorocarburos (HFC), un compuesto de gases que se consideraba casi desaparecido desde 2017 y cuyas emisiones equivalen a a la liberación de 12.000 toneladas de CO2. Por no hablar del traslado de las dosis en avión, un medio de transporte que emite hasta 20 veces más por kilómetro y pasajero que un tren, según la Agencia Europea del Medio Ambiente.

El uso de mascarillas, guantes y otros productos como el gel hidroalcohólico, por su parte, supone, según alertan las Naciones Unidas, un aumento en la utilización y la fabricación de plásticos de un solo uso. Esto es, en otras palabras, más basura añadida a los 12 millones de toneladas que acaban cada año en nuestros mares y océanos. «La contaminación producida por los plásticos ya era una de las mayores amenazas para nuestro planeta antes del brote de coronavirus», afirmó Pamela Coke-Hamilton, directora de comercio internacional de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo. «El repentino auge del uso cotidiano de ciertos productos que sirven para mantener a salvo a las personas y detienen la enfermedad está empeorando mucho las cosas». De ahí, que la ONU pida a las distintas naciones considerar la gestión de residuos como un servicio público esencial.

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