Siglo XXI

Derecho al bosque (en la ciudad)

El cambio actual en el urbanismo es dejar que otras personas, seres y cosas vivas diseñen en colaboración la ciudad. El Retiro acoge la exposición ‘Bosque Metropolitano’ para acercar a los ciudadanos al proyecto verde de 75 kilómetros que bordeará Madrid y subrayar la función de los bosques urbanos en la adaptación de las ciudades al cambio climático.

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25
May
2021
La exposición ‘Bosque Metropolitano’ instalada en el Parque del Retiro durante el mes de mayo. Fuente: Arquitecturas Afectivas

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Se expone en el Parque del Retiro durante este mes, y próximamente en itinerancia en otros distritos de la ciudad, la exposición del proyecto estratégico urbano del Bosque Metropolitano promovida por el Ayuntamiento de Madrid. Una exposición que hemos diseñado desde las Arquitecturas Afectivas para que el proyecto más ambicioso concebido en la ciudad en favor de la sostenibilidad y resiliencia urbana en un escenario de urgencia climática, pueda ser conversado, comprendido, comunicado y acercado a todos los públicos y audiencias. Compartimos en este artículo desde qué lugar hemos realizado el diseño de esta exposición que es, en sí misma, un mini-bosque –o un prototipo de lo que puede ser el bosque y, por lo tanto, la ciudad de Madrid–.

Venimos hablando desde hace muchos años del derecho a la ciudad, desde los primeros escritos de Henri Lefevbre hasta los más actuales de David Harvey. El derecho a la ciudad nos habla hoy del derecho de la ciudadanía a crear ciudad. Pero, ¿podemos pensar en un derecho donde la ciudadanía pueda compartir derechos junto a otros seres? ¿Por qué enfrentamos la ciudad y el bosque? Pensamos que el bosque y la ciudad no son entidades antagónicas. Lo urbano no es una exclusión de lo salvaje, y el bosque no es un campo de refugiados de especies vegetales, como diría Emanuele Coccia. De esta forma nos preguntamos: ¿A qué ciudad tenemos derecho, dentro de la ciudad que habitamos ya hoy, en nuestra realidad cotidiana?

Un Bosque Metropolitano hoy es apostar por una nueva realidad urbana radical. De encontrar en la raíz de lo urbano la posibilidad de una ciudad que no excluye a otros seres vivos. De diseñar la ciudad dejando que sean otros los que diseñan junto a nosotros. El bosque como una inteligencia no humana que nos puede dar otras pistas sobre cómo continuar habitando la ciudad. Un lugar donde el territorio y los suelos urbanos no estén pensados solamente para un ámbito productivo humano. Una ciudad de suelos vivos.

Nos preguntamos si es posible un lugar para contemplar la belleza de la reproducción. Crecen nuestros niños en las ciudades, pero ¿junto a quién? Envejecemos, pero ¿acompañados de quién (o de qué)? Y desde estos ejemplos pensaba en la pregunta. ¿Podemos crear un entorno donde, además de crecer nosotros como personas, puedan crecer otros seres? ¿Otras cosas vivas? ¿Qué somos capaces de cuidar y sostener? ¿Qué conocimientos, herramientas, protocolos necesita hoy la ciudad para poder y saber crecer simultáneamente junto a otros seres cercanos?

En la ciudad somos una minoría que sobrevive gracias a una gran mayoría de especies vegetales que se desarrollan en otros lugares que también destruimos

El cambio hoy en el urbanismo es dejar que otras personas, seres y cosas vivas diseñen en colaboración –las especies diseñan, se cuidan unas a otras–. Aprender a escuchar en el lugar para que otros puedan diseñar. De esta manera, vivir es diseñar infraestructuras como sistemas completos que deben estar al servicio de una vida en situación de cambio. Entonces, diseñar un bosque es comprender que todo forma parte de él (carreteras, infraestructuras, barrios, personas…). Una ciudad donde todos sus ciudadanos tienen derecho a un espacio en conexión con lo vivo y lo que crece a su lado cerca de casa, y no solamente los parques homogéneos y monoespecíficos. Pensar en un bosque tan diverso, donde Filomena no sea un motor de destrucción, sino la energía de la vida intensa para nutrir de agua el invierno de la meseta. Necesitamos ser conscientes hoy, más que nunca, de fabricar entornos que nos permitan observar la vida de otros y aprender a escucharla. Darnos cuenta que en la ciudad somos una minoría que sobrevive gracias a una gran mayoría de especies vegetales que se desarrollan en otros lugares que también destruimos.

De esta manera, la exposición permite comprender que un bosque manifiesta la conexión de la vida y la muerte. La montaña de mulch (comúnmente conocido como ‘mantillo’) que se composta cada día expresa en la exposición la vida microscópica y bacteriana que hacen del bosque también un entorno fúngico. Es ella quien diseña la exposición junto a nosotros. Es ella la que hace que la exposición huela, que eche humo por las mañanas, que esté caliente, que cambie de color a diario. Que las plantas que dan lugar a la sucesión ecológica como las gramíneas, las retamas y las jaras que florecen atraen a pájaros e insectos durante la exposición. Son también las plantas y árboles autóctonos como los pinos, los robles, las encinas y los olmos los que se manifiestan como seres vivos que juntos forman el prototipo del futuro Bosque Metropolitano. La exposición se convierte entonces en una cosa viva y en continuo cambio. ¿Podemos entender este pequeño ejercicio en el Parque del Retiro como un plan para un Madrid boscoso? 

Exposición ‘Bosque Metropolitano’ en el Parque del Retiro. Fuente: Arquitecturas Afectivas. © Luis Díaz Díaz

La exposición presenta las diferentes propuestas ganadoras y finalistas del resultado del concurso internacional que se desarrolló durante el año 2020. Tiene el ánimo de comunicar su resultado y profundizar en la conceptualización del Bosque Metropolitano sobre los escenarios de futuro que plantean los proyectos ganadores, como una cartografía de los proyectos de infraestructura verde que pueden hacer de Madrid una ciudad más adaptada al cambio climático. Los datos son alarmantes: se plantea una subida de temperaturas en la ciudad de Madrid de cinco grados en verano más dos grados por el efecto de ‘isla de calor’ en el período 2080-2100. Disminuciones de precipitaciones entre un 10 y un 25% en 30 años. Una reducción de los recursos hídricos entre 10 y 20% en las cuencas de la península ibérica. Erosión de los suelos, desertificación, eventos climáticos extremos, incendios. Y las ciudades son uno de los centros de este proceso intensificado de destrucción.

De esta manera, los territorios urbanos tienen hoy una posibilidad no explorada con claridad que es pensar en el otro. El diseño no existe sino está ligado a la vida del otro. Esto significa que el proceso de diseño no es solamente para el beneficio de las personas, sino que la vida de otros seres, árboles, animales, insectos es también diseño. Todo, para que la ciudad y lo urbano no agote sus posibilidades de existir. El derecho al bosque, es el derecho a conectar en la ciudad con la vida a través de otros seres. Vincularnos con nosotros mismos, a través de otras especies compañeras. Algo que no podemos demorar.


Mauro Gil-Fournier es Doctor Arquitecto y fundador de Arquitecturas Afectivas.

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