Siglo XXI

¿Podría haber triunfado el populismo sin las redes sociales?

De Twitter a Facebook, las redes sociales se han convertido en el nuevo medio de comunicación entre los políticos populistas y los ciudadanos. En ese espacio, las noticias falsas y la desinformación corren libremente. ¿Es posible que su éxito electoral responda solo a las capacidades brindadas por una herramienta tecnológica?

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09
Dic
2020
populismo redes sociales

Mientras el mundo digital continúa su crecimiento en plena efervescencia, la sombra de la sospecha sigue recayendo sobre las múltiples plataformas que ahora dominan por completo nuestra cotidianidad. Es difícil conocer a algún individuo que, en su ingenuidad, no se haya registrado en una de las muchas redes sociales que ahora prestan sus servicios —de manera inocua o no— a ciudadanos de todos los países alrededor del globo terráqueo. Carecer de una cuenta es como convertirse en una suerte de amish moderno, en alguien voluntariamente aislado de un mundo infinitamente interconectado. Las críticas recaen especialmente sobre los perniciosos efectos colaterales que, supuestamente, las redes sociales han traído a los países democráticos. Así, no es de extrañar que se critiquen las propias concepciones de redes sociales como Twitter, a la que se ha atacado sin descanso por ser un lugar que algunos interpretan como un burdo campo de batalla donde corre el populismo y el debate político no tiene cabida, ya que parte de sus rasgos esenciales –como el límite de caracteres– impiden un auténtico diálogo reflexivo, abriendo la puerta a la polarización. Es parte de lo que ocurre también, según sus críticos, con Facebook, al que se ha acusado de esparcir noticias falsas y desinformar a gran escala, además de crear impenetrables cámaras de eco, donde el usuario se retroalimenta constantemente de sus propias perspectivas, enconándose en sus ideas.

Son esta clase de motivos los que han construido, a su vez, las acusaciones de haber llevado al poder a numerosos políticos populistas, con Donald Trump como máximo exponente. Para algunos, más que cómplices, son culpables en su máxima expresión. «Creo que las redes sociales han ayudado a los políticos populistas a alcanzar el poder, pero creo que lo han hecho porque han facilitado una comunicación que no era posible anteriormente», señala Paul Butcher, investigador del European Policy Center. «Aquellos que han entrado en el poder anteriormente solían usar los medios de comunicación tradicionales, como Berlusconi. Pero los nuevos populistas, al usar las redes sociales, pueden comunicarse con sus seguidores sin tener que apoyarse en la televisión, los periódicos… para que lleguen sus mensajes. Esto, por tanto, no solo les lleva a conectar directamente con ‘la gente’, sino que también les abre la posibilidad de sembrar la desconfianza hacia los medios de comunicación tradicionales. Pueden presentarse como seres humanos reales, cercanos, de carne y hueso».

Este esquema encaja a la perfección con el trumpismo, cuyo historial de acción está siempre plagado de acusaciones a los medios de comunicación por propagar fake news, mensajes anti-elitistas y un abrumador uso personal de su cuenta de Twitter. Los datos de su primera campaña electoral son, en estos términos, absolutamente reveladores. Según un análisis realizado por The New York Times, mientras en las primarias republicanas de 2016 los candidatos Jeb Bush y Marco Rubio habían invertido en anuncios de televisión 82 y 55 millones de dólares respectivamente, Donald Trump tan solo había invertido diez millones, algo que le dejaba, a su vez, también por debajo de la suma utilizada por Hillary Clinton. Su estrategia se centró entonces en las redes sociales, donde aventajó en seguidores e interacciones a todos los candidatos, incluida la veterana demócrata. De hecho, si Trump hubiese tenido que pagar por las noticias que consiguió gratuitamente en televisión –debido a sus múltiples escándalos y polémicas–, habría tenido que gastar la desorbitada cifra de 1898 millones de dólares. Es por esto que su presencia aquí fue dominante, si bien según la Universidad de Oxford, el 80% de la actividad favorable en redes al republicano fue generada por bots.

El 80% de la actividad favorable a Trump en redes fue generada por bots, según la Universidad de Oxford

Facebook es una de las principales redes a donde se dirigen las críticas más furibundas. Esto es debido principalmente al microtargeting, una técnica mercantil de segmentación del usuario, al que se clasifica según diversos patrones ofrecidos por los propios datos personales, como la edad, el sexo o los likes. Es por esta capacidad de gestionar ingentes cantidades de datos de sus usuarios por lo que esta red se antoja, para las democracias occidentales, como una de las herramientas más peligrosas: permite dirigir una propaganda absolutamente personalizada a personas que, aunque no lo sepan, llevan al descubierto su propio talón de Aquiles, ya que los datos incluyen información sobre afiliaciones, gustos e intereses. Es aquí donde los datos de 50 millones de usuarios adquiridos de forma indebida en 2016 por Cambridge Analytica para la manipulación electoral cobran verdadero valor. Así, en los días y semanas previos a las elecciones estadounidenses de 2016, algunos usuarios de dicha red social comenzaron a hallarse frente a noticias tan falsas como disparatadas, tales como que el ex-presidente Bill Clinton había abusado a una niña de trece años o que el Papa Francisco había mostrado su apoyo al candidato republicano. Esta clase de desinformación no buscaba solo el apoyo al candidato en cuestión, sino también el ataque y descalificación del contrario. Esto, unido a un clima de intensa división política, aceleró la polarización hasta el punto de que, según Ipsos, hasta un 75% de los estadounidenses expuestos a estas noticias falsas en Facebook las dio por válidas. Algo similar ocurrió en territorio europeo durante el referéndum sobre el brexit.

 El populismo y la «búsqueda de alternativas»

Sin embargo, ¿es posible que el éxito político de estas figuras responda solo a las capacidades brindadas por una herramienta tecnológica? «El éxito de los movimientos políticos populistas está estrechamente relacionado con la oportunidad política y con la oportunidad discursiva», explica Laura Alonso, profesora de comunicación en la Universitat Jaume I. La primera, según señala, depende de aquellas condiciones del entorno político que ofrecen incentivos para que los actores que están fuera del sistema, fuera del establishment, participen en la toma de decisiones políticas. La segunda, determina las posibilidades que tiene un mensaje de ser difundido en la esfera pública. Es decir, que los políticos populistas no responden tanto a una herramienta como las redes sociales como a un contexto determinado, un ambiente político que permite la llegada de unos políticos que se declaran, vehementemente, provistos de las soluciones más ansiadas. Esta clase de políticos, afirman desde el Barcelona Centre for International Affairs (CIDOB), comparten características muy diversas, tales como la inconsistencia, la heterogeneidad de los discursos, la subversión del sentido de la realidad y la fluidez e interminable transformación de la realidad política. Son fragmentarios porque dividen, pero también son unificadores porque, a su vez, se basan en ideas –habitualmente vagas– como la construcción de una comunidad única bajo narrativas grandilocuentes, como es el caso de la resurrección nacional o la identificación emocional con un líder.

Tan solo a través de esto se pueden comprender las excéntricas conspiraciones que han surgido y triunfado en internet. Una de ellas, QAnon, relata una supuesta trama secreta en la que las profundidades del Estado se han organizado para destruir a Donald Trump. En esta idea participarían, además, diversas celebridades de signo liberal, políticos del partido demócrata y funcionarios de alto rango. Todos, además, estarían supuestamente envueltos en una red internacional de tráfico sexual infantil, con actos de «adoración satánica» y pedofilia. Este peculiar culto al absurdo no se puede interpretar tanto de una forma racional como de una forma simbólica. Así, tal como afirma Butcher, «la gente entra en esas burbujas de teorías conspirativas no tanto porque crean en ideas como que los reptiles gobiernan el mundo, sino porque consiguen una conexión con ese tipo de gente que proclama mensajes políticos anti-establishment». Se trata de gente, en definitiva, que ya estaba buscando alternativas. «Al final, la mayoría de los países europeos han tenido, principalmente, dos grandes partidos que se han ido alternando en el poder durante los últimos 50 años. Mucha gente no ha conocido otros partidos y, probablemente, éstos ni siquiera hayan logrado solucionar nunca sus problemas. Ambos, además, acaban pareciéndose sobremanera porque al final se hallan persiguiendo al mismo perfil de votante. Esta clase de nuevos políticos, por tanto, recoge a gente que está frustrada con un sistema y que busca, con ellos, nuevas soluciones», explica.

Según Ipsos, hasta un 75% de los estadounidenses expuestos a estas noticias falsas en Facebook las dio por válidas

Si bien hay numerosos tipos de populismo, en todos coinciden la facilidad con que ofrecen respuestas simples a preguntas que requieren de soluciones altamente complejas, así como la idea de un pueblo como una comunidad única y virtuosa. Como sostenía el antiguo director de la BBC, Mark Thompson, «la posverdad requiere voluntarios crédulos». Es sobre estas bases sobre las que crecen efectos como la ya mencionada posverdad o la polarización. No son las redes sociales las que los crean porque, en realidad, estos ya existían, pero sí consiguen acelerarlos. Son las condiciones políticas las que hacen posible el triunfo de mensajes emotivos y contundentes con razón de movilizar, a cualquier precio, al electorado. También en este contexto ha de enmarcarse la decadencia de los medios tradicionales, que no solo han sido incapaces de impedir que el relato monopolístico de la realidad se marchite –y, por tanto, se fragmente–, sino que a veces también son directamente incapaces de llegar a un público que consume directamente las noticias que los algoritmos deciden que son relevantes.

Mientras tanto, en España es posible encajar en esta posición a Vox, cuyo crecimiento ya habría encendido las alarmas hace un año. «Cuenta con los rasgos de la retórica populista, como la apelación al pueblo, la crítica a ciertas élites, como la élite mediática, el discurso contrario a la inmigración o la apelación a las emociones en sus mensajes», explica Alonso. «Las redes sociales del partido, especialmente Instagram, están llenas de mensajes donde se vende a su líder, Santiago Abascal, como el adalid del pueblo, de la patria española, que viene a devolvernos la grandeza. Así han conseguido ser los reyes de esa red, utilizando una técnica narrativa con la que le cuentan a los usuarios una historia de valores y emociones donde su líder hace de salvador de la patria», añade. En este sentido es similar, a su vez, el propio caso del procés catalán, en torno al cual también revolotean, además, acusaciones de injerencias rusas. Es también evidente el caso de Matteo Salvini en Italia, cuya campaña electoral es constante –en cuanto a la permanente creación de contenidos– en Facebook, donde en el último año electoral superó, con mucho, la barrera de los tres millones de seguidores. El político italiano, de hecho, intentaba actuar con la cercanía que se le supone a un político de su clase, acabando sus vídeos en la red social con bacioni («besotes»).

La desinformación ha conseguido arraigarse en una época caracterizada por el cambio y la inmediatez absoluta, así como por una información que, si bien es omnipresente, se halla aún sin clasificar y analizar. Así lo explica Carme Colomina, investigadora del CIDOB. «Nos debatimos entre el empoderamiento y la vulnerabilidad. Estamos convencidos de que el mundo está a nuestro alcance, pero sin darnos cuenta, muchas veces, de que se trata de un mundo filtrado por algoritmos y que, además, nos faltan herramientas para ordenar tanto dato, así como para discernir la veracidad y la calidad de la información. Personalmente creo, sin embargo, que esta superabundancia de información nos lleva a reconocer, más que nunca la importancia de la credibilidad de las fuentes», señala.

La era de la desinformación

Las redes sociales han surgido como símbolos de una encrucijada constante y, tal como recalca la experta, «son un canal desde el que lanzar los mensajes populistas de forma masiva para evitar el filtro mediático». Algo, esto, que puede resultar peligroso: según el Pew Research Center, el 43% de adultos –de entre los cuales, 8 de cada 10 posee un smartphone– consume noticias principalmente a través de las redes sociales, siendo Facebook la más habitual para ello, con un 69%. De hecho, un 26% de adultos ni siquiera prestarían atención de cuál es la fuente de la noticia. Parte de algunos síntomas a la predisposición de esta clase de políticos se halla ya presente: mientras un 23% de personas creen que a los políticos elegidos electoralmente les importa poco lo que la gente realmente piense, dos tercios del país declaran «no estar satisfechas con la democracia». A ello se suma que, según informes de Freedom House, durante el último año «se usó propaganda y desinformación para distorsionar el entorno online durante los procesos electorales de hasta 24 países». Al mismo tiempo, esas fuentes apuntan que los líderes políticos han utilizado bots y cuentas falsas para manipular las redes sociales en al menos 38 países.

La Digital Services Act impulsada por la Unión Europea pretende implementar en dirección a las grandes tecnológicas

Tampoco ha de olvidarse que las redes sociales son herramientas y, como tal, están comenzando a ser reguladas. Su primer hito cuenta ya de hace dos años, cuando entró en funcionamiento el Reglamento General de Protección de Datos europeo. Aún hoy, de hecho, se siguen tomado nuevas medidas, como la Digital Services Act que la Unión Europea pretende implementar en dirección a las grandes tecnológicas. Según declaraciones de la vicepresidenta para la Era Digital, Margrethe Vestager, estas «tendrán que informar de lo que han hecho para retirar material ilegal y tendrán que informarnos de cómo deciden la información y los productos que nos recomiendan, así como también tendrán que decirnos quién está pagando por los anuncios qué vemos y por qué hemos sido escogidos para ello».

Mientras tanto, el recuerdo de la Primavera Árabe sigue encendido como el opuesto exacto de las acusaciones que se hacen a esta clase de plataformas. Entonces, medio planeta se maravillaba al ver a unos manifestantes que se habían organizado, mediante las redes sociales, para protestar contra regímenes de carácter autoritario. Si estas herramientas constituyen los cimientos con los que podemos construir nuevas comunidades digitales, ¿cómo las podemos usar si no las regulamos? Ya pertenecen al propio ecosistema mediático y, como tal, es necesario que sean delimitadas mediante unas reglas para conseguir perfilarse como algo puramente positivo, como un elemento de conexión virtual frente al que todo obstáculo se desvanece. Corremos el riesgo, sin embargo, de cometer graves errores. «Algunos gobiernos aprovechan una supuesta lucha contra la desinformación para aprobar leyes que limitan claramente el derecho a la libertad de expresión y protesta. Me preocupa la tentación de sobreactuar sobre los contenidos ante las dificultades de poner límites a los modelos de negocio que han propiciado la difusión a gran escala de contenido falso o manipulado», afirma Colomina. A pesar de todo, hoy las redes sociales siguen siendo prácticamente iguales que hace una década. Sin embargo, más que esperanza, las pantallas reflejan cierto temor en los ojos que las miran.

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