Educación

¿Hemos llegado al fin de la educación?

España lleva a cabo el doble de grandes reformas educativas que los países europeos, una realidad que pone en riesgo la vertebración del sistema educativo. El experto en Ciencias de la Educación, Xavier Massó, habla sobre la posibilidad de que la educación, tal y como la conocemos, llegue a su fin (y cómo evitar que esto ocurra).

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26
Abr
2021

Con una nueva ley de Educación por Gobierno que llega a la Moncloa, España es el país de Europa con más leyes de educación aprobadas en los últimos cuarenta años, y ninguna ha pasado por un consenso, ni político, ni social. El desacuerdo pone en peligro la educación: ¿es posible que en algún momento llegue a su fin? La pregunta la plantea –y la intenta responder a través de un repaso de los problemas más acuciantes del sistema educativo– Xavier Massó, licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación, en su último libro El fin de la educación. La escuela que dejó de ser. En él, defiende que el sistema educativo ha terminado por segmentarse «como si de un bien de mercado se tratara», fruto de las múltiples reformas legislativas que han llevado a la educación a derivar en «su actual mercantilización».

En opinión de Massó, la última ley aprobada al respecto, la Ley Orgánica de Modificación de la LOE  –conocida como Ley Celaá no ha hecho más que recorrer, precisamente, este camino pavimentado por las anteriores: «La LOMLOE reproduce esa mercantilización de la educación en tanto y cuanto la segmenta, de manera que ofrece una determinada educación de un nivel en un sitio, y de otro nivel en un lugar diferente». Problema que, a juicio del experto, se fundamenta en «la concepción instrumental que se ha dado a la educación, que busca preparar a los jóvenes solo para el trabajo que desempeñarán en el futuro estando sujeta, por tanto, a criterios económicos».

¿Pero qué ha ocurrido con el paradigma de la educación para afirmar que pronto puede llegar a su fin? Según Massó, la igualdad de oportunidades y su interpretación ha sido clave en la cuestión: «Debemos entender la escuela como catalizadora de las desigualdades intelectuales, un espacio en el que aquellos que acuden con un menor conocimiento previo –o que lo tienen más complicado para adquirirlo–, se ven obligados a igualarse al nivel estipulado de cada curso, lo que repercute posteriormente en su futuro».

Massó defiende un cambio de paradigma en el que la escuela se reconduzca a su función original: la transmisión de conocimientos

En esta línea, los efectos que esta dinámica deja en la sociedad responden a los altos niveles de abandono temprano y fracaso escolar que se dan en España con respecto a la Unión Europea, cuya imagen más icónica es la de la masa poblacional sin empleos cualificados, «personas que, además, son las más vulnerables ante los vaivenes del sistema económico», apuntilla el escritor. Preguntado por qué habría que hacer para evitar este fin, tal y como lo plantea, Massó defiende un cambio total del paradigma educativo en el que la escuela se reconduzca a su función original: la transmisión de conocimientos, «ofreciendo la misma formación al estudiante que tiene mayores dificultades, o está menos preparado debido su origen socio-económico».

La tesis de Massó incide también en la peculiaridad del derecho a la educación. «El derecho a la educación, por decirlo de alguna forma, es el derecho a adquirir la condición ciudadana, tanto desde la noción ilustrada como la actual. Ser ciudadano es un derecho que comporta unas determinadas aptitudes y facultades, pero también deberes», explica. Fueron, precisamente, la Ilustración y la Revolución Francesa las que sirvieron de punto de partida para esta doble vertiente educacional: enseñar para que los aspectos más instrumentales –es decir, lo aprendido– sirvan para desempeñar una profesión, pero también para dotar al individuo de un acervo cultural que le permita enfocar de una manera crítica su propia realidad. Ahora bien, si el alumnado es el titular del derecho, ¿quién tiene el deber de educar? «En este caso, la sociedad, cuya expresión es el Estado», determina.

Revisando el sistema educativo español, el autor no puede evitar repasar el papel que la Iglesia ha jugado en las escuelas, analizando su evolución desde la dictadura hasta la universalización de los conciertos educativos en 1996. Según Massó, la relación entre escuela privada, pública y concertada que se da en España procede de la primera Ley General de Educación, dictaminada en 1970, que abría la posibilidad de realizar conciertos con aquellos centros donde no llegara la red educativa del Estado. Estos colegios pertenecían, en su mayoría, a la Iglesia Católica, aspecto que, según Massó, «entregó el monopolio educativo a la Iglesia».

Esto, pese a lo que se suele suponer, «apenas cambió con la Segunda República, pues el sistema estaba basado en la primera ley de educación de Claudio Moyano», detalla. Es tan solo una vez llegada la universalización de los conciertos educativos –el Estado financia las plazas en colegios privados donde no hay oferta pública–, cuando, según Massó, «se empieza a extender la red pública, puesto que la gente ve que la calidad en la pública es igual –o incluso superior– a la privada, y gratuita».

¿Calidad de educación mejor que cantidad?

Una vez resuelto el debate sobre escuelas concertadas y públicas, destaca en el libro de Massó una cita que enfatiza una de las mayores disyuntivas que se han dado en el modelo de enseñanza: «Es falso que la cantidad esté reñida con la calidad». Lo que ocurre, explica, es que «cuando hay cantidad surge inevitablemente más calidad, porque la probabilidad de que se dé excelencia es más alta». Lo ejemplifica a través de la popularización del deporte en España. «Es muy simple: a partir del aumento masivo de la práctica deportiva, con el paso de los años, hubo más gente que llegó al más alto nivel. De esta forma, la masificación del deporte comportó que España empezara a obtener a nivel internacional los resultados que siempre le habrían correspondido, y se equipararan a otros índices como el PIB o la renta per cápita». Como, desde su punto de vista, ocurre con la educación.

De esta manera, el autor se posiciona radicalmente en contra del constructivismo, una corriente pedagógica que busca dotar al alumno de las herramientas necesarias para construir sus propios procesos de resolución y que, a juicio de Massó, está impuesta en el paradigma educativo español. «Concebir que la escuela deba transmitir información y no conocimiento viene a decir que el conocimiento debe ser construido por el alumnado, pero es que hay información que ya contiene en sí conocimiento», explica.

Massó: «Si no proveemos a los alumnos de fondo cultural en la escuela, les estamos estafando»

En lo que respecta al mercado y su incisión en el sistema educativo, el profesor catalán observa que «la escuela debe funcionar de acuerdo con el mercado laboral, pero al margen de él». Por un lado, «debe actuar para que alguien pueda ganarse la vida profesionalmente en el futuro, pero también aportar contenidos que le construyan como ciudadano. Estamos formando personas, no meros operadores. Si no les proveemos de ese fondo cultural desde la escuela, les estamos estafando», ratifica.

Entonces, ¿qué diferencia hay entre educar en competencias y educar en contenidos? «Los defensores de la educación en competencias piensan que hay que enseñar a resolver problemas prácticos. En cambio, la educación en contenidos defiende que, antes de todo, se deben poseer los conocimientos necesarios sobre por qué esas resoluciones competenciales se llevan a cabo. Es la diferencia entre que, con una raíz cuadrada, te enseñen a apretar un botón en una calculadora o que aprendas cómo se resuelve matemáticamente», desarrolla Massó.

El problema radica en el «economismo educativo» que trata la realidad del alumno «como cliente». Así, Massó critica que no se considere al alumno en relación al derecho a la educación, sino a la supeditación de la institución al cliente, ofreciéndole «todo tipo de atenciones y deferencias». El ejemplo más claro, indica, es un escenario en el que hay dos barrios con dos institutos distintos, uno es más exigente que otro: el alumno acaba yéndose al segundo, porque allí encontrará más oportunidades para aprobar según su nivel. «Ese es el alumno como cliente», determina Massó, mientras especifica que el alumno como mero sujeto del derecho de educación sería aquel que encuentra en un centro educativo las mismas oportunidades que en otro, de cara a evitar que se den «dos mercantilizaciones de la educación: primero, la del propio concepto y, segundo, su visión como un bien de mercado», cuya reversión, a ojos de Massó, debe ser el primer paso para evitar el fin de la educación.

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