Opinión

Y tú, ¿qué querías ser de mayor?

Con la voluntad de dibujar el nuevo escenario del mundo laboral, Albert Cañigueral analiza en ‘El trabajo ya no es lo que era’ (Penguin Randomhouse) las debilidades del sistema actual que obligan a revisar de forma urgente los acuerdos sociales.

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26
Mar
2021
trabajo

Una de las preguntas que más a menudo escuchamos durante nuestra infancia es: «Y tú, ¿qué quieres ser de mayor?». ¿Qué contestabas? ¿Te acuerdas? Tu respuesta estaba muy condicionada por el entorno próximo. En mi caso, un padre profesor, una madre logopeda, unos abuelos maternos tenderos tras dejar atrás la masovería, un tío operario en una fábrica de cemento y una tía encargada de un supermercado. Los padres y madres de mis mejores amigos y amigas también tenían trabajos bastante normales.

En este contexto, mi respuesta era que quería ser cartero o maquinista de tren. Mi interés por los trenes hacía que, durante las visitas a la abuela materna, fuéramos a la estación de ferrocarril de Girona a ver pasar largos convoyes de mercancías y talgos que no circulaban por la línea de Mataró, mi ciudad natal. Entre finales de los setenta e inicios de los ochenta, la vida parecía estar bastante trazada. Una etapa de educación: infantil, EGB, secundaria y universidad hasta los veintipocos años. Empezar a trabajar en los últimos cursos de la carrera como becario, conseguir un buen trabajo para toda la vida o bien pensar en saltar a uno mejor si aparecía la oportunidad. Por el camino, encontrar pareja y comprarse un coche y una casa en propiedad. Mediante ascensos laborales ir tomando mayores responsabilidades (y negociar un mejor salario) hasta el momento de jubilarse y disfrutar de la vejez. Cuando yo nací, en 1977, la esperanza de vida en España era de unos setenta y cuatro años.

Demos un salto al presente. Muchas cosas ya no son lo que eran en la década de los ochenta; el trabajo y la manera de estructurar la vida, tampoco. Sin ir más lejos, mi amigo Josep, cuando le comenté que estaba escribiendo este libro, me contó que hasta el final de la temporada de esquí estaría viviendo con su pareja en la Cerdanya. Trabaja, como autónomo y en remoto, en proyectos de marketing digital. Josep se apoya en un reducido grupo de colaboradores de confianza (programadores, diseñadores, redactores, etc.) ubicados en España y otros países. Además, es monitor particular de esquí y colabora puntualmente en una revista de montaña haciendo fotos de las estaciones de esquí. Su vida de autónomo empezó cuando dejó atrás, por aburrimiento y falta de motivaciones, la vida de consultor SAP que había llevado durante más de ocho años. Hay mucha más gente como Josep de la que podemos llegar a imaginar. La globalización y el avance tecnológico han hecho que se desintegren algunas de las certezas sobre las que hemos construido nuestra vida laboral y nuestra sociedad a lo largo de los últimos ciento cincuenta años. Vamos muy rápido y nadie sabe exactamente hacia dónde vamos.

«Para comprender los impactos de los cambios en nuestra sociedad debemos tener la osadía de hacernos mejore preguntas»

Se estima que más de la mitad de los empleos que habrá en 2030 no existen en la actualidad. ¿Qué deberían cursar entonces nuestros jóvenes? ¿Es realmente importante lo que estudien? Algunos informes indican que, ya con fecha de hoy, solo una de cada tres personas se dedica a aquello que ha estudiado. Además se espera que los jóvenes del presente tendrán diecisiete empleos en cinco industrias diferentes a lo largo de su carrera laboral y, por lo tanto, la necesidad de estar formándose constantemente. Y, ¿tendremos trabajo o nos lo quitarán los robots? Las estadísticas más alarmistas llegan a afirmar que cerca del 50% del empleo total estará en alto riesgo de automatización en una o dos décadas.

En este contexto, las típicas preguntas de «¿Qué quieres ser de mayor?», «¿Qué has estudiado?» o «¿A qué te dedicas?» son cada vez más difíciles de responder, más irrelevantes e incluso tienen un punto de absurdas. Para comprender los impactos de todos estos cambios en nuestras vidas y nuestra sociedad debemos tener la osadía de hacernos mejores preguntas. Preguntas acerca del futuro del trabajo, del futuro de las personas trabajadoras, de las propias organizaciones y de nuestra sociedad en general, tan centrada y diseñada alrededor del empleo tradicional. Para tener nuevas perspectivas debemos cuestionar el legado de los actuales mitos y narrativas acerca del trabajo e intentar comprender de primera mano qué está pasando con este en el siglo XXI. Explorar los retos y las oportunidades de las nuevas formas de trabajar que nos abren hacia otras maneras de vivir. La gran pregunta es: «¿Cómo se puede, desde lo personal y lo colectivo, garantizar que los avances tecnológicos también generen progresos sociales para todo el mundo?».

«La Encuesta Mundial de Valores señala a España como el país que ha vivido el cambio social más rápido»

Cuando yo nací, España era aún un Estado con una religión oficial. El único concepto de familia aceptado socialmente y reconocido de manera legal era el de la familia tradicional con un padre y una madre; había un 97% de estas parejas casadas por la Iglesia, «hasta que la muerte nos separe» y con varios hijos e hijas, siempre oficialmente dentro del matrimonio. Cualquier otra combinación familiar era rara, muchas veces acompañada de un tabú social y un vacío o incluso una represión legislativa. Hasta finales de diciembre de 1978 estuvo vigente, por ejemplo, la Ley de peligrosidad social, que declaraba a los homosexuales «en estado peligroso» e instaba a aplicarles «medidas de seguridad y de rehabilitación».

Hoy en día el concepto de familia ha experimentado una evolución extraordinaria, con una diversidad que puede llegar a ser abrumadora: parejas sin hijos, parejas con hijos adoptados, familias monoparentales, familias homoparentales, familias separadas o divorciadas (legalmente desde 1981), familias compuestas (con mezcla de miembros de dos parejas separadas o divorciadas), familias extendidas, grupos de personas que viven juntas como si fueran una familia y relaciones poliamorosas, y todo ello complementado por una creciente variedad en lo relativo a la identidad sexual, la identidad de género y la orientación sexual de las personas.

¿Quién iba a decir, en plena Transición española, a la entonces casta sociedad que cuarenta años después casi la mitad de los nacidos iban a ser hijos de madres solteras? ¿Y que los homosexuales, desde 2005, se casarían y criarían a sus hijos como las parejas hetero? ¿O que los hogares más numerosos no serían los conformados por esas tradicionales unidades familiares, sino por otras compuestas solo de dos personas debido al aumento de parejas que no quieren tener hijos?

«Seguimos anclados a la idea de que las únicas relaciones laborales válidas son las tradicionales»

La sociedad española ha experimentado una gran transformación en los últimos años. La Encuesta Mundial de Valores señaló que España es el país que ha vivido el cambio social más rápido de los ochenta y uno analizados. Esta encuesta refleja una sociedad secularizada y tolerante en la que los cambios de mentalidad han sido muy profundos, y que ha modificado las maneras de pensar y los comportamientos en materias religiosas, sexuales y familiares. Toda esta evolución se ha dado en un marco de absoluta normalidad, tolerancia y desarrollo del propio entorno social, ideológico y moral.

Y, ¿por qué cuento todo esto acerca de las familias? Porque con el trabajo, su futuro, y el de los trabajadores, está ocurriendo exactamente lo mismo. Hasta no hace mucho, para la mayoría de la población «ir a trabajar» era sinónimo de acudir a un mismo sitio ocho horas al día durante veinte, treinta o cuarenta años. Es por ello que seguimos anclados a la idea de que las únicas relaciones laborales válidas y deseables son las tradicionales: contratos fijos por cuenta ajena. Un empleo «hasta que la jubilación nos separe». Hoy en día seguir pensando solo en los términos tradicionales del trabajo ignora a millones de personas, como mi amigo Josep, que combinan diferentes fuentes de ingresos y conforman su vida a través de una amplia variedad de relaciones laborales no convencionales.

La realidad del trabajo es mucho más dispar de lo que nos pintan los informes y las estadísticas oficiales. No hace falta aguardar al futuro, el concepto de empleo ya explotó hace tiempo atomizándose en numerosos modelos. Para darte cuenta de ello simplemente observa la diversidad en tu entorno más próximo de amistades y familiares. Esta diversidad de relaciones laborales debe ser reconocida, medida y acompañada desde lo social y desde lo legislativo. Necesitamos de nuevas narrativas y normativas, que equiparen los derechos y deberes de las diversas formas de trabajo existentes.


Este es un fragmento de ‘El trabajo ya no es lo que era: nuevas formas de trabajar, otras maneras de vivir‘ (Penguin Randomhouse), de Albert Cañigueral.

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