Sociedad

¿Por qué los festivos caen cuando caen?

La discusión sobre si los puentes y las fechas señaladas de fiesta «caen bien o mal» no es nueva en España: la posibilidad de mover las fiestas para racionalizar el calendario laboral es un debate que resurge de cuando en cuando, pero que siempre acaba aparcado para atender asuntos «más importantes».

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13
Dic
2022

Un diciembre más, España acaba de salir de una semana laboral enloquecida en la que los días festivos se han alternado con los laborables en una sucesión que parece diseñada para atacar por igual a los partidarios de la productividad y del descanso. Porque trabajar lunes, miércoles y viernes –y no hacerlo martes y jueves– no sirve, en realidad, ni para una cosa ni para la otra: es una semana perdida que solo han aprovechado de verdad aquellos afortunados que han podio coger vacaciones y encadenar así nueve días completos (juntando los fines de semana anterior y posterior) de asueto. El soñado acueducto que todos los españoles aspiran a disfrutar algún año.

La discusión sobre si este año el puente de diciembre, el del Pilar, el de San José, la nochebuena, la nochevieja, el Día de Reyes o el Día del Trabajo caen bien o mal es un clásico inevitable cada vez que se publica el calendario laboral del año en curso. Caer bien significa que el festivo coincide con un lunes o un viernes –para así encadenarlo con el descanso del fin de semana y caer mal se trata de que su emplazamiento se sitúe en un sábado o un domingo. Las únicas excepciones a esta lotería de fechas festivas son el jueves y el viernes santo, que, por motivos obvios, no dan sorpresas.

El calendario laboral español estipula 14 festivos para el año: ocho nacionales, cuatro autonómicos y dos  locales, y el derecho a su disfrute está garantizado (salvo que los convenios profesionales y los acuerdos particulares entre empresas y trabajadores digan otra cosa) por el artículo 37.2 del Estatuto de los Trabajadores.

El Estatuto también determina que si, por caprichos del calendario, uno de esos festivos coincide con un domingo, este pase al lunes inmediatamente posterior, con lo que se evita que ese festivo se pierda en el limbo. En cambio, los sábados, día en el que muchos profesionales descansan, se consideran laborables a todos los efectos, así que si uno de esos festivos aterriza en el sexto día de la semana, la cuenta anual de festivos disminuye para un alto porcentaje de trabajadores.

El artículo 37.2 del Estatuto de los Trabajadores es el que estipula 14 festivos para el año laboral en nuestro país

En cualquiera de los casos, desde un punto de vista cuantitativo, el debate acerca de los días de descanso al margen de las vacaciones parece improcedente, ya que todo el mundo debería disfrutar de los mismos: los 14 festivos. Otra cosa es si esa cuenta se mira desde un prisma cualitativo, ya que no es lo mismo un festivo anexo al fin de semana, con todas posibilidades para hacer planes que eso supone, que uno perdido y aislado en los días centrales de la misma.

Y si esto es así, ¿por qué no concentrar los todos los festivos en lunes o viernes? Sería una medida que traería numerosas ventajas tanto a empresas como a trabajadores. A las primeras porque les facilitaría la organización de turnos y evitaría los macropuentes y las pérdidas de productividad que inevitablemente acarrean semanas como la de este puente de diciembre de 2022. Y a los trabajadores porque les permitiría organizar su ocio y sus vacaciones de una manera más racional y anticipada.

Si no se hace –y aunque parezca mentira en plena era de la digitalización o la ultra flexibilidad laboral– es por una cuestión de hábito. Por mucho que evolucionen y se transformen, las sociedades, y la española es una aventajada en esta materia, se sustentan en costumbres, algunas fuertemente enraizadas en el constructo cultural de un país. Y los festivos entran en el saco.

En 2011, Mariano Rajoy prometió en su debate de investidura que trasladaría algunas festividades a los lunes, pero la medida nunca llego a materializarse

Resulta sorprendente, por ejemplo, que en un Estado aconfesional como España, únicamente dos festivos nacionales tengan carácter cívico (el 12 de octubre, día de la Hispanidad –aunque para muchos es la festividad del Pilar– y 6 de diciembre, día de las Constitución) y hasta ocho estén asociados a festividades católicas y encadenados a la dictadura del santoral. Desde San Fermín hasta San José, pasando por San Isidro o la Asunción. Como dice la canción de León Benavente: «¿a santo de qué tanta fiesta?»

La respuesta, una vez más, podría estar en la costumbre, un comodín que hace pasar por cultural muchas cuestiones que en realidad tienen mucho de lobby. En el caso de los festivos, recién promulgada la Constitución española, unos acuerdos establecidos entre en Estado español y la Santa Sede en 1979 incluían, entre otros aspectos, un listado de festivos asociado a celebraciones católicas.

La posibilidad de mover estas fiestas para racionalizar el calendario laboral es un debate que resurge de cuando en cuando, pero con bastante poco entusiasmo, y que siempre se acaba aparcando para atender asuntos más importantes. Hace unos años, un amago gubernamental por eliminar la festividad del 6 de enero recibió tal rechazo social, por las connotaciones sentimentales que la tradición de la Noche de Reyes tenía, que la propuesta fue inmediatamente retirada por miedo a un motín popular.

El presidente Mariano Rajoy también prometió en su debate de investidura del año 2011 que trasladaría algunas festividades a los lunes para evitar la formación de macropuentes, pero la medida nunca llego a materializarse.

En algunos países, como Reino Unido, el problema está parcialmente resuelto al trasladar sistemáticamente a los lunes todas las festividades no asociadas a una fecha fija

Lo cierto es que la mayoría de los países de la Europa occidental, sean laicos, aconfesionales o abiertamente religiosos, integran en su calendario festividades asociadas a una fecha específica, lo que supone un inconveniente desde el punto de vista de la organización del trabajo. En algunos, como Reino Unido, ese problema está parcialmente resuelto al trasladar sistemáticamente a los lunes todas las festividades no asociadas a una fecha fija. Son los bank holidays, llamados así porque ser el lunes el día en el que los empleados de banca libraban en la Inglaterra del siglo XIX. Es decir, que hasta para alcanzar una solución que aporte un cierto sentido común al calendario se recurrió a la costumbre.

Hablando de sentido común: ya que el 8 de diciembre, día de la Inmaculada Concepción, iba a ser fiesta de todas maneras, ¿qué les habría costado a los padres de la Constitución española retrasar el referéndum que posibilitó su aprobación un día, al 7 de diciembre, para encadenar dos festivos y evitarnos así a las generaciones posteriores la eterna discusión sobre lo bien o mal que viene este año el puente?

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