Internacional

Un gigante con pies de barro: auge y caída de Steve Bannon

Calificado como gurú de la extrema derecha, la historia del exasesor norteamericano está marcada, de forma indeleble, por sus estrategias ideológicas y su sorprendente y repentina caída del poder.

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25
febrero
2021
Fotografía: Gage Skidmore

Algunas de sus últimas imágenes revelaban hace meses una visible decadencia: un pelo cada vez más gris y una tez tostada e hinchada, casi de color naranja, similar a la que adquieren los marineros que pasan largas temporadas en alta mar. Steve Bannon, el adalid de la ultraderecha norteamericana, había sido acusado entonces, durante el verano de 2020, con cargos de conspiración por fraude y lavado de dinero. Irónicamente, dicho capital había sido recaudado a través de la plataforma We Build The Wall, un fraude que alcanzaría hasta los 25 millones de dólares. Él, sin embargo, no dudó en calificar la acusación como un «trabajo político».

Estas imágenes, tomadas tras su estancia en un tribunal federal en Manhattan, mostraban el punto y final de una carrera de quien parecía destinado a manejar a Donald Trump. Un tortuoso final acorde a la tormenta que, ya entonces, comenzaba a sobrevolar el final de una de las presidencias más controvertidas de la historia de Estados Unidos. A pesar de ello, el antiguo estratega ha logrado exprimir hasta la última gota: a merced presidencial, cuenta con un indulto preventivo.

La carrera profesional de Bannon es tan diversa que acumula empleos en la banca –en concreto, Goldman Sachs– e incluso en el ejército, en el que sirvió durante cinco años. No fue hasta su última etapa cuando tuvo la posibilidad de situarse bajo el calor de los focos. Breitbart News, una página web de noticias de la que llegó a ser uno de los directores ejecutivos, se alzó durante la década de 2010 como la voz predilecta de la altright —o derecha alternativa— estadounidense, un concepto político que aglutina a neonazis, supremacistas blancos, nacionalistas, xenófobos y reaccionarios de todo tipo.

Trump afirma que Bannon no tiene nada que ver con él o con su presidencia

En ese mismo año da comienzo se produce el primer encuentro –conocido– de Steve Bannon con Donald Trump, una reunión gestionada a través de David Bossie, presidente de Citizens United, una organización ultraconservadora que dice dedicarse «a restaurar el control de los ciudadanos al gobierno» y llama a «recuperar la confianza en nuestras elecciones». La relación pública entre ambos, sin embargo, se pierde en el año 2015 después de que Bannon califique el libro de Trump, Time To Get Tough, como un «manifiesto» en las semanas posteriores a que el millonario anunciase su candidatura a la presidencia.

Ese sería el último paso antes de alcanzar la fama que hoy le define: su papel como director ejecutivo de la campaña de Donald Trump. En una de sus pocas intervenciones públicas, un mes antes de las elecciones, ya afirmaba que los medios de comunicación «se están perdiendo la cantidad de enfado que hay ahí fuera». Acertó y, tras la victoria electoral, su poder aumentó considerablemente: en la Casa Blanca fue nombrado estratega jefe y consejero sénior por el nuevo presidente, además de obtener el grado de autoridad necesaria para participar en los comités principales del Consejo de Seguridad Nacional.

El punto y aparte de Charlottesville

Ese es, en parte, el comienzo del fin de su breve historia. Pocos meses después de alcanzar tales cotas de poder, su llama se apaga: se le elimina de la mayor parte de los comités de seguridad, a los cuales ya solo acude como simple participante y no como una figura principal. Poco a poco, las desavenencias crecen —así lo relata Trump al tabloide The New York Post— hasta que la tensión explota en el verano de 2017 tras los enfrentamientos provocados por supremacistas blancos en Charlottesville (Virginia), que llegan a causar un muerto y múltiples heridos. Es entonces cuando, bajo las acusaciones que se hacen al presidente de mantener una falsa equidistancia entre los supremacistas y los manifestantes de izquierda, se le fuerza a dimitir de la Casa Blanca. Al día siguiente, afirma a The Washington Post que ninguna administración en la historia «ha estado tan dividida sobre sí misma y la dirección que debería tomar».

El último gran choque, sin embargo, tendría lugar meses después con la publicación en enero de 2018 del libro Fire and Fury: Inside The Trump White House, en el que Steve Bannon es citado en referencia a la reunión de Donald Trump Jr. con un abogado ruso, que califica como «una potencial traición». «Steve Bannon no tiene nada que ver conmigo o con mi presidencia. Cuando fue despedido no solo perdió su trabajo, sino que también perdió su cabeza», afirmaba el ya expresidente. Como estocada final, además, le otorga un mote: Sloppy [descuidado] Steve. 

En cuestión de meses, Steve Bannon pasa de ser el artífice de una sorprendente victoria a caer en la reprobación y el olvido generalizado. «La ideología de Bannon comparte los elementos centrales de la mayoría de fuerzas de extrema derecha. Se trata de un nacionalismo excluyente que se basa en la identidad blanca cristiana y considera enemiga a la inmigración, muy especialmente la originaria de países islámicos», señala Pau Alarcón, investigador de Ciencias Políticas en la Universitat Pompeu Fabra. «Otro de los elementos centrales es el machismo. Ante el auge del movimiento feminista estas fuerzas reaccionarias usan la excusa de la defensa de la familia para relegar a las mujeres a la esfera privada», añade. Gran parte de su estrategia es pura narrativa: parte de su tarea es hacer que los partidos repitan una misma serie de ideas que les lleven a ser noticia. «Yo solo les cuento a los partidos que pueden ganar si mantienen su mensaje», explicaba Bannon en 2019. 

José Ignacio Torreblanca, uno de los principales investigadores del European Council On Foreign Relations (ECFR), señala algunas de las razones por las que Steve Bannon se convirtió en una figura destacada en la llegada del trumpismo. «Jugó un papel muy importante a la hora de aglutinar tanto el dinero como la tecnología tras la campaña de Donald Trump, ya que también es muy instrumental a la hora de conseguir las conexiones con la compañía Cambridge Analytica y de entender cómo funcionan las campañas modernas y los microdatos», sostiene. Pero su aportación tampoco parece exclusivamente técnica. «Tiene esa visión de romper el Partido Republicano y el país en dos, una que ya estaba puesta en marcha desde el entorno de Fox News pero que nunca se había hecho ni en redes sociales ni en una campaña electoral. Todas esas estrategias de polarización, de fidelización y de construcción de un relato tan descarnado lo hacen muy poderoso», añade Torreblanca.

Es imposible pasar por alto la captura de las clases trabajadoras estadounidenses. Al percibir su descontento y su atracción por unas políticas proteccionistas consigue atraer gran parte del voto y partir a la mitad el establishment republicano, provocando múltiples heridas en lo concerniente a los aspectos raciales, comerciales o sociales. Así, llegó a declarar a The New York Times que su revolución se verá, en el futuro, «como una revuelta de clase trabajadora de gente de ambos partidos». «El 8 de noviembre [día de las elecciones norteamericanas en 2016] es como un gran día sagrado. Es el MAGA [Make America Great Again] Day y lo celebraremos como la Toma de la Bastilla de ahora en adelante», sostenía.

Una batalla europea

Bannon no es solo una figura exclusiva de la política norteamericana. Su última aventura, epílogo del trumpismo, llevó al estadounidense a luchar por el alma de Europa e intentar destrozar la Unión. Así, explota una diferencia que considera fundamental: en aspectos como la globalización, las preferencias de los votantes de un partido no siempre encajan con las de sus élites, por lo que intenta aprovecharse de una reacción frente a la dirección de la política occidental. «No es en absoluto un conservador, es una especie de revolucionario», recalca Torreblanca.

Pero Bannon y Trump se diferencian en un aspecto fundamental: el primero no quería utilizar un discurso anti-establishment para colarse entre las élites, sino derruirlo con una agenda profundamente reaccionaria. «Él se da cuenta de que Trump es un cínico y un oportunista que hará todo aquello que le mantenga en el poder, pero que nunca va a destruir el poder sobre el que se sostiene», explica el investigador del ECFR. Y prueba suerte de nuevo.

José Ignacio Torreblanca: «Bannon no es un conservador, es una especie de revolucionario»

Como un terremoto, el caso europeo se presenta como un movimiento que, aunque con réplicas, no es tan fuerte como para causar un derrumbe. Toda la acción política gira en torno a la organización que pretendía implantar en Europa, un ente opaco llamado The Movement. A día de hoy, según declaraba a Reuters su socio principal, un abogado belga llamado Mischaël Modrikamen, la organización ya no existe. Parte de ello se debe a los obstáculos generados por las distintas legislaciones nacionales que impiden que las organizaciones extranjeras contribuyan económicamente —y mediante otro tipo de apoyos, como sistemas de encuestas o financiación de encuentros y charlas— a los partidos políticos. Es el caso de España y, por ejemplo, de Francia. Tan solo cuatro países de la Unión Europea permitirían, por completo o parcialmente, prácticas de este calibre: Italia, Dinamarca, Suecia y Holanda.

«Hay una transferencia muy clara de tecnología a todos los movimientos antisistema y populistas europeos que viene directamente a raíz de ese aprendizaje de las técnicas sucias de la campaña de Trump, así como de las técnicas de desinformación rusas. En Alemania, por ejemplo, manipulan muchísimo el asunto de la inmigración siria, y en Italia hay un evidente apoyo de redes sociales y dinero proveniente de Rusia», señala Torreblanca. Y añade: «El problema es que se fijan más en las elecciones europeas. A pesar de que en ellas tienes más representación —debido a la proporcionalidad de las elecciones—, el sistema es muy mayoritario y muy consensual. Es muy difícil armar coaliciones ahí porque todos los partidos acaban haciendo una piña para sostener el establishment. Tienen la tentación de convertir las elecciones europeas en una especie de referéndum pero, aunque consigas un 20% del voto, terminas siendo muy marginal».

Marine Le Pen dijo desconfiar de Bannon porque «no venía de ningún país europeo»

Su efecto apenas se dejó notar en términos reales dentro de la política supranacional establecida tras las elecciones europeas de 2019. Sin embargo, sí se percibió dentro de los Estados miembro. «Como las políticas nacionales sí pueden estar altamente polarizadas y suele haber menos capacidad para hacer grandes coaliciones, ahí sí puedes recortar la capacidad de maniobra, tanto de la izquierda como de la derecha. Te los llevas a tu terreno en lo que quieras, por ejemplo, en la inmigración. En los sistemas nacionales ha habido un impacto mucho mayor de los populismos. Europa es un terreno fértil porque muchos de los temas con Estados Unidos son comunes», sostiene el experto.

Las redes de Bannon en España

En España, el ejemplo más claro está en Vox, un partido que parece fuertemente respaldado por la clase de ideas promovidas por Steve Bannon y, a la vez, por sus propias estrategias y narrativas. Cabe recordar, por ejemplo, los múltiples ataques al filántropo multimillonario George Soros, a quien acusan de influir en todos los sistemas políticos occidentales. Los lazos son más que evidentes: hay constancia de múltiples viajes a Estados Unidos en los que se organizaron reuniones tanto con Steve Bannon como con Ted Cruz, el controvertido senador republicano por Texas.

Según uno de los comunicados emitidos entonces por la formación, Bannon habría alabado ante Rafael Bardají –antiguo miembro del Comité Nacional de Vox y uno de sus artífices ideológicos– la importancia de ser «un partido basado en la soberanía y la identidad del pueblo español que esté dispuesto a defender sus fronteras». A ello añadía Bardají que la experiencia de Bannon durante la campaña presidencial «hará que su aportación al debate político español sea de un valor incalculable». También el eurodiputado del partido, Hermann Terstch, se ha situado cercano a la órbita del exasesor: fue invitado a una cena en la que, según sus propias palabras, el exasesor «homenajeó a Vox como uno de los grandes motores de la esperanza en Europa». Ya hace casi dos años, en una entrevista de El País, Bannon sostenía que «la victoria de Vox es que ya ha trasladado su conversación al resto de la derecha».

Paradójicamente, el triunfo en los países trae problemas inherentes al propio movimiento internacional ultraconservador que deseaba articular a través de The Movement. Las dificultades de trascender el ámbito nacional chocan con una premisa básica de su propia ideología: los nacionalismos, en cuanto que son repliegues identitarios, son esencialmente excluyentes. Esto no solo produce choques entre los partidos –es difícil imaginar que Vox, por ejemplo, se dejase liderar por el partido ultraderechista Alternativa por Alemania, que desprecia abiertamente a los países del sur– sino también con el propio Bannon, de quien Marine Le Pen desconfiaba porque «no venía de ningún país europeo». Según uno de los socios de Steve Bannon en The Movement, él era un mero «facilitador»: su tarea era que los líderes populistas hablasen entre sí para poder unir fuerzas y, de este modo, forjar una alianza formal o informal para debilitar la Unión Europea desde dentro. Dentro de los Estados nación, en distintos grados, el discurso de Bannon ha calado. Ahora falta por saber la fuerza con que intentará, de nuevo, debilitar la democracia.

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