Internacional

‘White trash’: la alargada sombra del legado de la ‘escoria blanca’

Los votantes que pusieron a Trump en la Casa Blanca han sido una parte permanente del tejido estadounidense: los pobres, marginados y sin tierra han existido desde la época del primer asentamiento colonial británico hasta hoy. En ‘White trash: Los ignorados 400 años de historia de las clases sociales estadounidenses’ (Capitán Swing), Nancy Isenberg expone el crucial legado de la embarazosa, siempre presente y ocasionalmente entretenida ‘escoria blanca’.

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08
Ene
2021
white trash

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Dos persistentes problemas han dejado resonar su sordo bramido a lo largo de todo el pasado «democrático» de Estados Unidos. Uno de ellos se remonta a Franklin y a Jefferson y, en concreto, a su anhelante deseo de descartar la existencia de las clases sociales al pregonar las «excepcionales» características del paisaje estadounidense, entendidas como elementos capaces de generar una sociedad extraordinaria. Los padres fundadores insistieron en que el majestuoso continente norteamericano estaba llamado a resolver, por arte de magia, todos los dilemas demográficos, ya que se hallaba en condiciones de reducir la superpoblación y de allanar las diferencias que pudiera provocar la estructura de clases. Pero a esta compostura medioambiental se le añadió además un mito de mayor alcance y pasmosa utilidad: el de que Estados Unidos daba voz a todas sus gentes y que cualquier ciudadano podía ejercer una influencia real y perceptible en la gobernación. (Conviene señalar que este mito siempre se ha formulado con matices, ya que es una verdad aceptada que hay ciudadanos que valen más que otros: sobre todo aquellos cuya posición social emana de una saneada cartera de propiedades).

Por otra parte, la huella colonial británica nunca llegó a borrarse por completo. El yeoman, es decir, el pequeño terrateniente rural, ocupaba uno de los peldaños de la escala social propia de Gran Bretaña, y sus cualidades eran un el reflejo de esa inveterada práctica inglesa que consiste en equiparar el valor moral con el cultivo de la tierra. Por su parte, los estadounidenses del siglo XIX hicieron todo lo posible por reproducir las posiciones de clase mediante el matrimonio, el parentesco, el linaje y el árbol genealógico. Si la Confederación vino a suponer la pleamar —es decir, la manifestación más palpable y meridiana— de las pretensiones de la aristocracia rural (y la abierta asunción de que la sociedad necesita contar con una élite destinada a gobernar a las clases bajas), el siglo inmediatamente posterior alumbró el inquietante imperativo de la eugenesia, aprovechando la ciencia para justificar la procreación de una clase integrada por amos. Esto no solo indujo a los estadounidenses a conservar el deseo de las distinciones de clase, también los animó a reinventar una y otra vez esas mismas diferencias. Y tan pronto como el Gobierno de Estados Unidos empezó a presentarse como el «líder del mundo libre», las ansias de un jefe de Estado de más regias características progresaron sin traba alguna. Los demócratas se arremolinaron embelesados en torno al Camelot de Kennedy, y los republicanos ennoblecieron la corte hollywoodiense de Reagan.

La democracia estadounidense nunca ha concedido una voz de peso a todo el mundo. Lo que sí ha hecho, en cambio, ha sido dar símbolos a las masas, y se trata muchas veces de símbolos huecos. Tradicionalmente, los estados-nación se han basado en la ficción de que un jefe de Estado puede representar al conjunto del pueblo y actuar como apoderado suyo. En la versión estadounidense de esta idea, el presidente ha de apelar de manera muy general a toda una serie de valores comunes; valores que, por otra parte, enmascaran la existencia de profundas divisiones de clase. Sin embargo, aun en los casos en que la estrategia se revela funcional, la unidad solo se consigue al precio de perpetuar el engaño ideológico. George Washington y Franklin D. Roosevelt han adquirido la condición de padres de la patria, y hoy se les tiene por los amables patriarcas de un pasado dorado. Andrew Jackson y Teddy Roosevelt se presentan a nuestros ojos como intrépidos y duros combatientes. El símbolo de los vaqueros se yergue en lo alto de la montura y de ende el honor de la nación frente al imperio del mal (un papel que Reagan interpretó con gran eficacia). Y ya en época más reciente, la sociedad estadounidense ha podido contemplar a un presidente ataviado con un mono de paracaidista, capaz de aterrizar en un portaaviones para mayor impacto teatral. Me refiero, evidentemente, a George W. Bush, que se plantó de esa guisa ante las cámaras para proclamar —prematuramente— el n de las operaciones de combate en Irak. Fuera de la memoria colectiva han quedado, no obstante, algunos presidentes títere de corte corporativo como William McKinley, al que la gran industria del acero tenía en el bolsillo (y que además fue reo de un sinfín de intereses empresariales). En 2012, cuando el candidato presidencial Mitt Romney respondió a un espectador molesto: «Las fábricas son gente, amigo», se convirtió sin pretenderlo en un nuevo McKinley. Su electorado se reducía al «1 por ciento» más rico del país, y los pantalones tejanos que se ponía poco pudieron hacer para contrarrestar esa imagen conservadora.

«En lugar de apostar por una democracia plena, los estadounidenses han preferido la escenografía democrática»

Rara vez se investiga al poder (ya sea social, económico o puramente simbólico). Y en caso de que se haga, la indagación nunca alcanza el carácter de imperativo nacional destinado a reclamar una solución global susceptible de satisfacer, al mismo tiempo, la exigencia moral y la concreción de un empeño práctico. Sabemos, por ejemplo, que los estadounidenses se resistieron empecinadamente a la ampliación del derecho al voto, y, de hecho, quienes han ocupado el poder se han dedicado a recortar de mil maneras las prerrogativas ciudadanas de los negros, las mujeres y los pobres. Somos igualmente conscientes de que, históricamente, las mujeres han tenido siempre menos amparo civil que las corporaciones. En lugar de apostar por una democracia plena, los estadounidenses han preferido la escenografía democrática: retóricas rimbombantes y magnificadas y líderes políticos vestidos de manera informal en una barbacoa o fotografiados de camino a una partida de caza. Se dejan ver en vaqueros o ropas de camuflaje y aparecen tocados con sombreros tejanos o gorritas de «colega», todo como parte de una esforzada actuación orientada a hacerse pasar por gente normal y corriente. Sin embargo, una vez elegidos, los presidentes y los demás políticos de ámbito nacional son cualquier cosa menos personas comunes. La ocultación de este hecho es el verdadero disfraz, la emboscada que distorsiona la auténtica naturaleza del poder estatal.

Las representaciones teatrales de los políticos que declaran hablar en nombre del «pueblo estadounidense» no contribuyen en nada a esclarecer la historia de la pobreza. El aparcero con su mula y su arado no es una romántica imagen que haya que conservar en la memoria histórica. Sin embargo, ese individuo pertenece y da cuerpo a nuestra historia tanto como cualquier guerra que se haya podido librar o como cualquier elección presidida por una acalorada pugna. El labriego y su chamizo han de permanecer entre nosotros como lo que son: un persistente símbolo de estancamiento social.

Los miembros de las clases inferiores existen aunque no consigan elevarse al plano que los convierte en fuente de problemas, aunque no se aúpen a ese peldaño que los capacita para fomentar rebeliones, sumarse a una algarada o abandonar las filas de la Confederación y esconderse en los pantanos para crear en ellos una economía sumergida. Los que no desaparecen en los espacios agrestes hacen notar su presencia en los pueblos y las ciudades o a lo largo de las carreteras y los caminos de todos los estados. Al ver a los pobres, ya sea en las fotografías de Walker Evans o de Dorothea Lange, o aun en la versión cómica de la «telerrealidad», tenemos que preguntarnos cómo es posible que se den esas situaciones en medio de la abundancia. Al contemplar los ruinosos enclaves de caravaneros durante la Segunda Guerra Mundial, la columnista de The Washington Post Agnes Meyer lanzó una pertinente pregunta: «¿Es esto América?».

Pues sí, eso es Estados Unidos; o una parte esencial de la historia de Norteamérica. Y lo mismo cabe decir de las reacciones negativas que se producen como consecuencia de los intentos por mejorar las condiciones de los pobres. Siempre que se realiza un esfuerzo destinado a atajar la desigualdad y la pobreza —ya se trate de las medidas enmarcadas en la nueva política económica de Franklin D. Roosevelt, de los programas de bienestar social de Lyndon B. Johnson o de la reforma sanitaria de la era Obama— se produce una reacción tan dura como aparentemente inevitable. Los ciudadanos, coléricos, arremeten contra las medidas, ya que tienen la percepción de que el Gobierno se parte el lomo para ayudar a los pobres (con la implicación, o la expresión explícita, de que no son personas que se lo merezcan), y acusan a los burócratas de despilfarrar el dinero que roba a los hombres y mujeres que trabajan duramente para sacarse un sueldo. Esas fueron las proclamas de claro sesgo clasista que esgrimió Nixon y que el personal de su campaña presidencial tildó de llamamiento a la «mayoría silenciosa». En términos generales, la queja actual que se suele oponer a la intervención del Estado viene a hacerse eco del viejo temor de los ingleses a la nivelación social, que, según se dice, da alas a la población improductiva. Las últimas versiones de este planteamiento aseguran que las ayudas gubernamentales siegan la hierba bajo los pies del sueño americano. De acuerdo, pero… ¿el sueño de qué americanos?

La clase es el factor que determina el modo de vida de la gente de carne y hueso. Las personas no viven de mitos. No palpan ese sueño. La política remite siempre a cuestiones que van más allá de lo que se dice o de lo que alcanza a percibir la vista. Aunque lo nieguen, los políticos abordan temas de clase y trabajan en ellos. Las luchas de la guerra de Secesión estadounidense alumbraron una jerarquía racial y de clase. La Confederación temía que los blancos pobres se dejaran seducir por los llamamientos de la Unión y acabaran votando por el n de la esclavitud, pues al n y al cabo esta era fundamentalmente un reflejo del egoísmo de los plantadores ricos. En nuestros días, el electorado se halla también en gran medida desequilibrado, y se le convence una y otra vez para que vote en contra de sus intereses colectivos. Se le dice a la gente que los profesores universitarios de la Costa Este someten a los jóvenes a un lavado de cerebro y que los liberales de Hollywood se ríen de ellos; se les dice que esas personas no tienen nada en común con ellos, que odian a Estados Unidos y que desean imponer un estilo de vida aberrante y ateo. Los que engañan de este modo al pueblo están ofreciendo esencialmente el mismo mensaje del miedo que tuvieron que escuchar la mayor parte de los blancos del sur en la época en la que se sopesaba la posibilidad de la secesión. Animadas por la necesidad de control —el que ejerce sin disputa ni contrapeso el tercio superior del cuerpo social—, las élites que han ocupado el poder a lo largo de la historia de Estados Unidos han ideado la fórmula perfecta para prosperar: una fórmula consistente en apaciguar a los más vulnerables y en imbuirles de un falso sentido de la identificación que niega en lo posible la existencia de verdaderas diferencias de clase.

«Los miembros de las clases inferiores existen aunque no consigan elevarse al plano que los convierte en fuente de problemas»

Son muchos los peligros inherentes a este engaño. Se presenta con ribetes modélicos al grupo de personas relativamente reducido que logra dejar atrás unas raíces ancladas en las clases bajas, como si todos los de abajo tuvieran las mismas oportunidades de salir adelante valiéndose de su inteligencia, trabajando duro, ahorrando y practicando la frugalidad. ¿Podría haber producido el «colchón de los ahorros» de Franklin al hombre hecho a sí mismo en que se convirtió? Parece difícil. El propio Franklin tuvo necesidad de mecenas para elevarse en el mundo colonial en el que le tocó vivir, y hoy en día la importancia de las redes de contactos sociales conserva toda su vigencia. Las relaciones personales, el favoritismo y el mercadeo de los saberes asentados en la estructura de clases continúan engrasando hoy los engranajes que impulsan la movilidad social en el doble universo de las profesiones y los negocios. Si algo pretende conseguir este libro, es poner en la palestra una serie de mitos sobre el sueño americano, para desengañar al lector respecto a la idea de que el ascenso social es una derivada del ingenioso plan de los padres fundadores; o de que la democracia jacksoniana tenía virtudes liberadoras; o de que la Confederación se formó para defender los derechos de los estados del sur y no con el objetivo de preservar las distinciones raciales y de clase. A veces, un simple nombre bastó para categorizar todo un estado de cosas: antes de que se le conociera como un blanco sureño de la era de la Reconstrucción favorable a la mejora social de los negros o a las reformas republicanas», al scalawag se le definía como una raza de ganado de mala calidad. El scalawag de hoy es el liberal del sur al que los ideólogos conservadores pintan con los rasgos de un sureño traidor por atreverse a decir que los pobres, sean blancos o negros, poseen intereses económicos similares.

Y esto nos devuelve al acervo lingüístico de la cría y la reproducción, tan comprensible para los pobladores de las eras agrarias, y de tantas resonancias metafóricas en el periodo preindustrial de la economía, que determinó el endurecimiento del carácter restrictivo de las relaciones sociales. Si la república se consagra supuestamente a la materialización de la igualdad, ¿cómo es posible que el lenguaje de las castas se revelara tan atractivo? Hablar de castas sociales equivalía a justificar un estatuto desigual entre los blancos, y desde luego era la mejor forma de dividir a la gente en categorías y negar al mismo tiempo la existencia de cualquier privilegio clasista. Si nos clasifican entre los miembros de una casta se estará diciendo que no alcanzamos a controlar quiénes somos y que no tenemos forma de evitar el destino que nos ha sido asignado.

[…] Estados Unidos es un país que se imagina democrático y, sin embargo, a la mayoría de la gente nunca le ha preocupado en exceso la igualdad. La razón hay que buscarla en el hecho de que la reproducción y el encaste no funcionan así. Herederos, pedigríes, linajes: la pseudoaristocracia de la opulencia continúa hallando el modo de afirmar su poderío social. Vemos que la riqueza heredada con ere estatus sin ninguna garantía de mérito ni talento. En otras palabras: ¿habríamos llegado a saber algo de políticos como Donald Trump, George W. Bush y Jesse Jackson, hijo, o aun de personajes de Hollywood como Charlie Sheen y Paris Hilton, de no haber sido porque todos ellos —al igual que muchos otros— contaban con padres poderosos e influyentes? Incluso algunos hombres de reconocida valía en el ámbito de la política nacional son producto del nepotismo: valga citar por ejemplo a Albert Gore hijo, a Rand Paul, a Andrew Cuomo o a muchos de los Kennedy. Concedemos a los hijos de los famosos una enorme ventaja para salir adelante en la vida, y les tratamos con la deferencia que juzgamos pertinente en un legítimo heredero, aceptando así una suerte de versión moderna de los hijos de los elegidos que tanto ensalzan los puritanos.


Este es un fragmento de ‘White trash: Los ignorados 400 años de historia de las clases sociales estadounidenses’, de Nancy Isenberg (Capitán Swing).

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