Derechos Humanos

‘Burn in the USA’: radiografía de un país en llamas

El racismo nunca se ha ido de Estados Unidos, por lo que no se puede hablar de un rebrote ni de una novedad: el asesinato de George Floyd a manos del agente Derek Chauvin en Minneapolis ha provocado un reguero de indignación por un problema que ya estaba ahí.

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04
Jun
2020
racismo Estados Unidos

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Es fácil pensar o prever que, si un policía blanco –Derek Chauvin– asfixia a un ciudadano negro –George Floyd– en plena calle de Minneapolis –Estados Unidos– hasta matarlo por, supuestamente, haber comprado tabaco con un billete falso, y las imágenes se hacen públicas, gran parte de la sociedad estadounidense salga a manifestarse para denunciarlo.

Y que si el vídeo, tomado por un transeúnte, muestra al agente arrodillado sobre el detenido con una parsimonia aterradora, mientras deja que sus más de cien kilos presionen su tráquea durante minutos agónicos hasta que expire su último aliento, tanta crueldad remueva aún más a quienes las han visto en internet. Y explique así que miles de personas sigan manifestándose desde hace más de una semana por todo el país día y noche, incluso después del toque de queda decretado a las siete de la tarde.

En la era de los teléfonos inteligentes, en la que hasta el dispositivo más barato es capaz de grabar un vídeo con una calidad decente, este tipo de revueltas populares contra la violencia racista de policías estadounidenses se ha multiplicado: sus actos ya no quedan impunes porque casi siempre tienen algún testigo casual que vierte las imágenes en internet. En 2018, la policía de Sacramento mató de 20 disparos a un afroamericano en el patio trasero de la casa de sus abuelos. Pensaban que iba armado, aunque lo único que llevaba en su mano derecha era un teléfono móvil. Poco después, moría a tiros en Charlotte otro hombre negro por disparos de la policía. Iba conduciendo y le hicieron detenerse y bajarse del coche. Los agentes aseguraron en el parte que parecía ir drogado y había metido la mano en la guantera del vehículo para sacar un arma. Luego quedaría demostrado en el juicio que eso era imposible, porque la ventanilla estaba cerrada. Prácticamente la misma semana, era asesinado otro en Chicago por disparos de la policía ante «la sospecha de que iba a coger un arma».

Son algunos ejemplos tomados al azar, ya que situaciones similares se repiten con frecuencia. Todos estos casos generaron las consiguientes protestas, pero en ningún caso como las que vive el país en estos momentos: ni duraron tanto, ni participaron decenas de miles de personas. Y, sobre todo, estaban acotadas al lugar donde se desarrollaron los hechos.

Donald Trump ha amenazado con recurrir al ejército si continúan los disturbios

La muerte de George Floyd a manos del agente Derek Chauvin en Minneapolis no es necesariamente más trágica o violenta que las otras aquí expuestas. Sin embargo, ha causado un reguero de indignación social que arrancó con multitud de incendios provocados en decenas de ciudades de Estados Unidos, y sigue hoy con cientos de concentraciones pacíficas por todo el país, más calmadas pero igualmente multitudinarias. Y no tienen visos de parar pronto, por más que Donald Trump haya amenazado con recurrir al ejército si quienes aún se manifiestan no se quedan en casa a partir de las siete de la tarde.

Es solo una de las salidas de tiesto del presidente estadounidense, que parece empeñado en rociar las calles con más gasolina en cada frase de su Twitter y en cada uno de sus actos. Por ejemplo, hace un par de días, la policía de Washington D.C. dispersó a un grupo de manifestantes pacíficos con gases lacrimógenos solo para que él pudiera llegar andando desde la Casa Blanca hasta una iglesia cercana y hacerse una foto con una Biblia en la mano mientras declaraba que «América es el mejor país del mundo».

«A menudo se dice que Trump no tiene una ideología real, lo cual no es cierto: su ideología es la supremacía blanca, en todo su poder truculento y mojigato», publicaba The Atlantic hace ahora dos años. Pero las protestas no son contra Trump, esta vez. O al menos, no solo: son contra todo un sistema.

racismo

El racismo nunca se ha ido de Estados Unidos, por lo que no se puede hablar de un rebrote, ni de una novedad. Aunque en el siglo pasado se abolieron las leyes segregacionistas –gracias en parte a la conciencia generada por grandes figuras como el activista Martin Luther King o el escritor James Baldwin–, según Naciones Unidas «la discriminación impregna, aún hoy, todos los aspectos de la vida y se extiende a todas las comunidades de color». En una encuesta realizada por The Economist en 2018, casi uno de cada cuatros estadounidenses confesó oponerse al matrimonio interracial.

El Ku Klux Klan ya se ve casi como un vestigio apolillado del racismo del siglo pasado, pero desde hace una década han surgido movimientos con los tentáculos en la política y en los medios, como Alt-Right, una coalición nacionalista blanca que busca la expulsión de las minorías sexuales y raciales de los Estados Unidos, y que no se conforman con la agresión verbal: el propio Departamento de Seguridad Nacional consideró públicamente que la violencia supremacista blanca es «la principal amenaza de terrorismo interno en los Estados Unidos».

¿Por qué el antirracismo sale a la calle como nunca antes en Estados Unidos?

Por dos motivos que tienen poco –o no solo– que ver con la raza: el coronavirus… y la desaparición de la clase media estadounidense. O al menos, de lo que en su día prometía la clase media estadounidense, el tan cacareado american way of life.

Si atendemos a la pandemia, los datos de un estudio epidemiológico presentado por la CNN y corroborados por un sondeo propio de The New York Times no dejan lugar a dudas: en Estados Unidos, el número de negros fallecidos por COVID-19 es mucho mayor que el de blancos, «de una manera desproporcionada». «Las personas negras representan el 13,4% de la población estadounidense, según la Oficina del Censo de los Estados Unidos, pero los condados con mayores poblaciones negras representan más de la mitad de todos los casos de COVID-19 y casi el 60% de las muertes», según reza el informe.

«Factores como las peores condiciones sociales y el racismo estructural elevan el riesgo de diagnósticos de coronavirus y muertes en comunidades negras», escribieron en una carta conjunta un grupo de científicos de reputadas instituciones, entre ellas la Universidad Johns Hopkins.

El Departamento de Seguridad Nacional considera la violencia supremacista blanca como la principal amenaza de terrorismo interno

Este hecho puede llevar a entender que, al hartazgo por un racismo que no se despega de la cultura del país, se sume el de ser, una vez más, los más desfavorecidos ante una crisis. Sin embargo, los grupos de miles de personas que se manifiestan por el homicidio injustificado de George Floyd son desconcertantemente heterogéneos: no hay una mayoría de personas negras, las hay de todas las razas y, por supuesto, muchísimos ciudadanos blancos.

Varios analistas estadounidenses valoran estas revueltas como la espita de la indignación que une a millones de estadounidenses: la precarización de una clase media que fue boyante hasta principios de los años setenta. A partir de ahí, su poder adquisitivo quedó congelado cuando el sector empresarial decidió dejar de compartir sus éxitos con sus trabajadores. Desaparecieron los bonus e incentivos, las participaciones o las pagas de beneficios. Como muestra un gráfico del PEW Research Center, un think tank de Washington D.C, los salarios apenas han crecido desde 1975 hasta hoy –tan solo en el equivalente a nuestro IPC–, mientras que sí lo han hecho las facturas: un seguro médico, una vivienda, la educación de los hijos… «Se convierten en deudas que asfixian hoy a la clase media sin permitirle apenas ahorrar, por lo que pasa toda su vida aferrada a un trabajo que solo puede soltar lo más tarde posible, porque difícilmente se habrá pagado un plan de jubilación que el Estado no le proporciona», denuncia el economista Umair Haque en una de sus tribunas publicadas en Medium. Una visión que comparten otros homólogos suyos de la talla de Paul Krugman.

Quienes componen esta clase media degradada son quienes se van a llevar la peor parte de la crisis económica del coronavirus. Son la mayor parte de ese 30% de desempleo que asuela ahora mismo a Estados Unidos. Millones de personas sin trabajo y, por tanto, sin seguro médico ni una sanidad pública decente a la que agarrarse. Gente que, como George Floyd, hoy se ve absolutamente indefensa. Y sin trabajo, sin ahorros, sin futuro, tan solo le queda salir a la calle y gritarle con todas sus fuerzas a un Gobierno que siempre mira hacia otro lado, con la esperanza de que gire la cabeza de una vez por todas.

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