Economía

«Cada energía tiene sus pros y sus contras. No hay duros a pesetas en la naturaleza»

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29
Oct
2020
José Manuel Naredo

Tal vez se sea una exageración afirmar que José Manuel Naredo ha inventado la economía ecológica, pero sin duda ha contribuido a ello, introduciéndola en España. Tan en serio se lo ha tomado, que es imposible seguir la cuenta de sus cientos de publicaciones y reflexiones. El Premio Nacional Lucas Mallada de Economía y Medio Ambiente (2000) y el Premio Internacional Geocrítica (2008) son dos muescas que dan buena cuenta del peso de su discurso. Su último libro, Taxonomía del lucro (Siglo XXI), data de cuando aún no había ni sospechas del coronavirus. Desde ese 2019, muchas cosas han cambiado, pero otras no tanto. Por ejemplo, los procesos de adquisición de riqueza, habitualmente analizada desde la perspectiva del carrusel producción-consumo, y sobre los que Naredo hace un análisis más profundo, en el que destacan las redes clientelares y los pelotazos inmobiliarios, siempre con la mirada en la preocupación por el planeta.


Cuando la producción deja de ser la única forma de crear o añadir valor monetario, como defiendes, ¿cómo se explican las desigualdades y las injusticias sociales?

Hay veinte mil formas de pillar dinero y eso estaba desordenado bajo el paraguas de la producción y el mercado. Hay que analizar qué pasa de verdad: el producto se desacopla de las otras variables, del valor de los activos financieros, de los derivados o de los inmobiliarios, e incluso de la masa monetaria. Todo crece a mucho mayor ritmo y el lucro asociado, como pueden ser los pelotazos inmobiliarios, dejan superpequeño al PIB, que se queda discutiendo unas décimas más o menos, pero sin visibilizar lo otro. Eso genera polarización social: los que carecen de patrimonio y no están vinculados a esas redes clientelares se quedan en tierra y con un trabajo cada vez más precario.

¿El PIB deja entonces de ser el termómetro válido para evaluar la salud de los países?

Depende de lo que se entienda por la salud de un país. El PIB está parasitado por megaproyectos y cosas que no tienen ni pies ni cabeza más que pillar dinero en alguna de las fases de desarrollo del proyecto. Por eso hay aeropuertos sin aviones, tantas radiales de autopistas, o incluso se paga para que no hagan una obra, como ha sucedido con la plataforma Castor. Trascendiendo la metáfora de la producción puedes clasificar los países por varias consideraciones y variables cuantitativas. Lo que se llama desarrollo y que se mide precisamente por el PIB, en el fondo, es algo que describe un país muy productivo, que ahorra mucho y que es rico. Pero todo eso lo revienta desde dentro Estados Unidos, que es el país más rico de la tierra, pero el más endeudado de todos, solo que por pasivos que luego tituliza y los vende a los mercados financieros; y toda esa deuda no se la exigen. Sin embargo, a los países empobrecidos se los persigue.

«Con las nuevas tecnologías se están extrayendo todos los elementos de la tabla periódica, haciendo de la Tierra una gran mina»

Bajo esa óptica, ¿qué características reúne un país desarrollado?

Primero, es un país que tiene la relación de intercambio a su favor en la balanza comercial; y eso quiere decir que hay otros que la tienen en contra: unos están arriba y otros, abajo. Segundo, que es atractor de capitales del resto del mundo, mientras a otros se les escapan los capitales. Tercero, eso se traduce en lo físico en que usa al resto del mundo como base de recursos y como sumidero de residuos: es importador neto en tonelaje de minerales, de petróleo, etc., mientras lo que exporta tiene mucho menos tonelaje. El cuarto punto es que es atractor de población del resto del mundo, es decir, que se ha invertido el modelo inicial colonial en el que la gente de las metrópolis iba a colonizar las colonias; ahora es al revés y el resto del mundo lanza población hacia esos escaparates de consumo que son las antiguas metrópolis, los países ricos. Si se consideran estas cuatro características, se clasifican los países de forma posicional. Pero eso no significa que sea un país muy productivo. ¿Productivo de qué? Mismamente, el 85% o más el PIB de Estados Unidos son servicios. Lo del PIB acaba siendo una tontería porque viven por encima de sus necesidades: el equilibrio exterior lo cubre atrayendo el ahorro del resto del mundo, tanto con esos pasivos no exigibles como haciendo que su propia deuda pública se considere muy valorada y muy segura.

Y en ese desarrollo, ¿qué papel juega la producción?

La idea vinculada a la producción material empezó con la agricultura, porque se plantaba un grano y salía una espiga con muchos granos, es decir, que había un producto físico claramente. Era material por estar vinculada a la industria. Pero eso se va quedando pequeño en el mismo PIB, por no hablar de todo lo que queda por fuera. La producción es cada vez más una metáfora vacía de contenido. La palabra «producción» tomó cuerpo en el siglo XVIII, pero hoy todo lo que ocurre es con pérdidas. El PIB lo único que hace es encubrir las pérdidas de los procesos y de ahí el deterioro ecológico: el mineral o el petróleo se extrae de una rareza de la corteza terrestre, de un yacimiento, y luego ya se quema, se disipa y nadie se preocupa por reponerlo. Estamos arrastrándonos hacia un deterioro de la base planetaria de los recursos. Toda esa destrucción de recursos más la generación de residuos aumenta la entropía planetaria, que no se tiene en cuenta para nada, pues únicamente se mide el revender con beneficio. Si lo que persigues es el lucro, lo primero es fabricar dinero. Hoy cualquier empresa que se precie, no ya solo los bancos, crea dinero financiero. No solamente crean esa capacidad de compra sobre el mundo, sino que van generando plusvalías para los propietarios en toda la compraventa de activos inmobiliarios, plusvalía que va creciendo a muchas mayores tasas a largo plazo que el IPC.

Y una vez que la producción pierde peso en el análisis económico, ¿qué sucede con categorías o sujetos, como los obreros o los sindicatos?

El trabajo dependiente sigue funcionando con o sin producción y son relaciones que hay que considerar. Esa discusión sigue vigente. Pero si eso se vincula a que el trabajo se supone que es lo que genera el valor… resulta que por todas partes están pillando un lucro que poco tiene que ver con el trabajo. Estamos en una tercera fase de acumulación: la primera, si consideramos la que Marx llamó ‘primitiva’, sucedió con la apropiación territorios y recursos; era la época de la colonización, de medios precapitalistas o periféricos. Ahí el trabajo tenía poco que ver, era más la dominación y la conquista. En esta tercera fase, quienes se llevan la parte del valor son los que son capaces de crear las distintas formas de dinero, es decir, de capacidad de compra sobre el mundo. Son los que luego están pillando todas las plusvalías de los mercados bursátiles, inmobiliarios, etc., con ese dinero que crean. Así es como compran las empresas públicas o las del capitalismo local. El trabajo tiene poco que ver con esas formas de adquisición. Esa forma de adquisición de riqueza y de acumulación depara un divorcio muy fuerte con esas empresas capaces de crear esas formas de dinero y de lucrarse con el comercio de activos patrimoniales.

«La crisis inmobiliaria ha pasado a ser una crisis social»

O sea, que se ha alterado el relato económico mientras, de forma paralela, ha habido un cambio en el propio sistema capitalista.

Claro. En los últimos decenios del siglo XX y en los principios del actual, se ha producido una huida hacia adelante, con un aumento mucho mayor de las tasas de los activos financieros y derivados y también del valor de los activos inmobiliarios, es decir, de lo patrimonial. Toda esa masa de capacidad de compra sobre el mundo se invierte en terrenos, se va disparando todo y hay una inflación general de fondo de los activos patrimoniales que se saluda como buena. ¡Crece la Bolsa! ¡Repunta el precio de los pisos! Parece que fuera bueno para todo el mundo cuando, en realidad, ensancha la brecha entre los propietarios y los no propietarios.

Ante esas formas de acumulación en el que un determinado grupo de personas o de empresas acaparan poder y riqueza, ¿qué capacidad transformadora tienen los partidos políticos? ¿Y los movimientos sociales? ¿La ciudadanía puede enfrentarse a este nuevo proceso?

Las formas de dominación se solapan unas con otras y, entonces, nos damos cuenta de que el clientelismo, que era lo que imperaba en la antigua Roma, sigue existiendo y que se ha convertido en clientelismo político con los grandes partidos de masas. Los políticos tienen la llave de los negocios para dar los pelotazos urbanísticos y para todas esas cosas. Este país ejemplifica clarísimamente este tipo de relaciones, todo este juego que aquí tiene una importancia manifiesta porque alcanza no ya solo a la Casa Real, sino a expresidentes de comunidades autónomas, de la patronal, etc. No son cuatro por ahí. Luego, tiene una importancia económica manifiesta porque lo que ha salido es solo la punta del iceberg. Y es sistémica. Claro, los movimientos sociales se levantan contra los atropellos. El gran problema es que los partidos políticos son digestores de movimientos sociales y fácilmente por esa vía la cosa queda disipada o integrada dentro del propio sistema.

Sobre todo, depende de los países y también de los órganos reguladores, de si hay por ejemplo independencia tanto judicial como en el resto de organismos reguladores. Y como en este país todo eso lo nombran los propios partidos políticos, la cosa está bastante cerrada. Depende también mucho de dimensiones culturales y aquí en España arrastramos la experiencia de penalización de la participación social desde el franquismo. En otros países, un alcalde no puede, sin encomendarse a dios ni al diablo, meter unos megaproyectos; tiene que hacer un referéndum, es decir, al haber otra cultura más participativa, tiene que contar con la ciudadanía. Es todo el marco institucional, histórico y cultural lo que puede llevar a que se vaya por un lado o por otro. La democracia en realidad es una contradicción in terminis entre poder y pueblo. Puede ser desde muy despótica hasta, ya en el extremo, la acracia, el poder, fundida con el pueblo. Es una ambigüedad absoluta; no es algo que se dé llave en mano, sino que depende del marco institucional que propicie esa participación, esos organismos intermedios.

En este marco institucional, político y económico, apostar por el capitalismo verde o por el capitalismo sostenible, ¿supone una transformación?

Si hablamos de la viabilidad ecológica, entonces va más allá del capitalismo, en tanto que el ejemplo que ha dado el socialismo real no ha sido muy fructífero en el terreno ecológico. Tendríamos que irnos más atrás: habría que revisar el modelo de la civilización industrial porque es el que ha conducido hacia el extractivismo y hacia no reponer lo que se extrae. Ese sistema, por escasez de recursos y por exceso de residuos, a poco peso que tenga la especie humana, y tiene muchísimo, es inviable, pintado de verde o de lo que se quiera. Habría que volver otra vez hacia el modelo biosfera que cerraba los ciclos de materiales: gracias a la simbiosis en la biosfera no hay ni recursos ni residuos; todo es objeto de una utilización posterior. Y eso es con la biodiversidad, porque un organismo no puede nutrirse de sus propios detritus. Hay que mirar hacia el modelo de biosfera y hacer las cuentas complejas, porque no es solo cambiar de un tipo de energía a otro, sino preguntarse qué hace falta para eso. Ahora hay un neoextractivismo impresionante con ese pretexto. Por ejemplo, se apuesta por tirar todo el parque automovilístico para hacerlo otra vez, ahora eléctrico y con baterías de litio y de nuevos materiales. Dicen que es la gran salida ecológica, pero yo no la veo tal y como se está planteando, de esa forma tan parcelaria.

¿Cuáles son las consecuencias de seguir con este modelo que, según denuncias, parece que evoluciona cuando realmente se perpetúa en la misma lógica de devoración de recursos sin reponerlos?

Vamos hacia una degradación progresiva de la base planetaria de los recursos y cada vez es físicamente más costoso obtener las cosas. La lógica es la que describí con Antonio Valero en Desarrollo económico y deterioro ecológico: hicimos el ejercicio de ver cuál sería el máximo nivel de entropía hacia el que tiende el planeta Tierra, que es hacia donde está empujando la civilización industrial. Posteriormente, Antonio y Alicia Valero han sacado Thanatia: El destino de los recursos minerales del planeta Tierra, donde se ve el estado de máxima entropía hacia el que estaríamos empujando al planeta, ya sin recursos fósiles porque se habrían quemado todos. Ese sería el panorama: sin recursos minerales, con el agua y el aire contaminados y recalentados.

«Si queremos hacer algo por el medio ambiente, tendremos que preocuparnos por el metabolismo completo de la civilización industrial»

¿La pandemia que estamos sufriendo sería el ejemplo perfecto para ejemplificar que estamos llevando al planeta Tierra a ese límite entrópico?

Puede serlo o no. La verdad podría ser un campanazo en el sentido de que la especie humana forma parte de la biosfera y la mayor granja industrial de cerdos estaba allí en China cuando empezó a surgir el virus, que además no es el primero de este tipo. A diferencia de lo que eran los sistemas agrarios tradicionales, que resolvían problemas más que generarlos, toda esta parcelación genera problemas y, claro, inflar a los animales de antibióticos provoca que luego los organismos, las bacterias y los virus sean más resistentes a los tratamientos que se les da. Es un problema, para mí, muy evidente. Leí en su día La peste escarlata, de Jack London, en la que la especie humana llega a una situación de regresión total por una pandemia que superletal; no da tiempo a encontrar vacunas y la humanidad queda diezmada. Afortunadamente, esta pandemia es poco letal y eso es lo que nos ha salvado por el momento. Hay que analizar las cosas desde una perspectiva muy amplia pero, lamentablemente, se siguen manejando las mismas categorías y las mismas instituciones, lo que induce a reproducir lo mismo.

Para ejercitar esa mirada más amplia, de tu trabajo se desprende la apuesta por varias transiciones. Han salido ya la energética y la del mundo agrario, pero no pueden olvidarse otras como la hídrica. Recientemente has participado en un congreso organizado por la Fundación Nueva Cultura del Agua (FNCA), en el que resaltaste que «el principal reto sigue siendo pasar de una economía de promoción de obras hidráulicas a otra de gestión del agua y los ecosistemas asociados». ¿Serían las tres transiciones clave?

La invención del medio ambiente para preocuparnos por él es fruto de la cortedad de miras del enfoque económico ordinario. Si queremos hacer algo, tendremos que preocuparnos del metabolismo de la civilización industrial con todas sus piezas. Ahí están, por supuesto, la transición hídrica y también la energética, que hay que vincularla a todo el extractivismo, a hacer las cuentas de todo para ver el metabolismo y la base de recursos. Solo así la idea de sostenibilidad tendría algún contenido, porque si no se queda en el medioambientalismo banal en boga, que lo único que hace es marear la perdiz con eventos y generar frustración.

Hace ya 40 años llevaste a cabo una investigación pionera sobre extractivismo, publicada en el libro Extremadura saqueada, y ahora mencionas una vuelta de tuerca con el neoextractivismo. Lo cierto es que hay un aumento de las prospecciones mineras, sin ir más lejos en Extremadura. ¿Hay alguna relación entre ambos momentos?

Cuando investigué el tema de la minería, estudiamos los yacimientos de wolframio y los tres o cuatro que quedaban se cerraban. ¡Resulta que ahora se han vuelto a abrir! La Revolución Industrial empezó con elementos relativamente abundantes en la corteza terrestre y bastante bien distribuidos, como el agua, el carbón y el hierro. Luego se pasó al petróleo, al gas natural y a otras cosas. Ahora resulta que, con las nuevas tecnologías, y ahí precisamente entronca con la transición energética, están extrayendo todos los elementos de la tabla periódica, incluyendo las tierras raras. No ya solo son raras, sino que encima están muy poco concentradas, por lo que hay que movilizar un tonelaje inmenso para sacar un poquito. Frente a la minería antigua, que se hacía con gran cantidad de mano de obra y con trabajo penoso porque había que ir con cestos, hoy hay una maquinaria impresionante por la que se inyecta energía y se está moviendo mucha mayor cantidad de tierra, haciendo de la Tierra una gran mina. Eso es lo que debería vigilarse, pero ni se ve; parece que sale sin más.

«Estamos arrastrándonos hacia un deterioro de la base planetaria de los recursos»

Es decir, que la mera sustitución de unas energías por otras tampoco soluciona el problema, sino que simplemente cambia la materia prima que se usa. ¿Es una trampa pensar que las energías renovables van a ser capaces de mantener al mismo ritmo el actual modelo de una forma más limpia?

El sol y sus derivados se generan diariamente y, si no se usan, se disipan, o sea, que en ese sentido ningún problema. La cuestión es que el uso, y sobre todo el uso concentrado y muy eficiente, reclama gran cantidad de materiales. Los molinos tienen unos imanes permanentes. Y está el gran problema de la acumulación, del litio de las baterías; podría hacerse por hidrógeno, pero también requiere un revestimiento especial de los conductos: no sirven los del gas para meter hidrógeno porque los corroe muy fácilmente. Es decir, cada energía tiene sus pros y sus contras. No hay duros a pesetas en la naturaleza. Hay que considerarlo todo.

Por supuesto, estoy a favor de recurrir a las energías renovables, pero hay que hacer las cuentas y ver para qué y cómo. Sobre todo, seguir el ejemplo de la biosfera. Se busca mucho la eficiencia, pero no se repara en la suficiencia. La gran ventaja de la fotosíntesis es que utiliza materiales superabundantes: carbono, hidrógeno, agua, etc., que encima se van renovando. Pero la eficiencia de la fotosíntesis está por los suelos, es ridícula. Nos preocupamos por aumentar la eficiencia de las renovables, pero metemos esos elementos escasos que además cuesta mucho obtenerlos: no se valora su reposición, sino la mera extracción. Alegría y optimismo, que todo cuela.

Siguiendo con las transiciones, otra de tus principales líneas de estudio es la del modelo inmobiliario. Mantienes que el particular modelo desarrollista español está ligado al pelotazo, a la venta de viviendas y a la fabricación de propietarios. En términos ecológicos, lo calificas de «destructivo». ¿Es posible un cambio de modelo, una transición, del mercado inmobiliario español?

Para hacerlo tiene que haber voluntad política y, en primer lugar, caer en la cuenta de que el modelo inmobiliario actual está agotado y no resuelve los problemas que tenemos. La prueba es que, en principio, la forma de abastecer la vivienda, una necesidad esencial, era por compra. Se suponía que toda la gente que lo necesitaba compraba endeudándose. Pero desde que se pinchó la burbuja, el crédito a la compra de vivienda en propiedad de personas físicas no es que no haya repuntado, sino que sigue cayendo por varios motivos, entre otros, porque la banca quiere  reducir su exposición al ladrillo. Con paro o con trabajo precario cada vez es más problemático endeudarse para comprar una vivienda con los precios en los que están. Por eso han tenido que irse al alquiler, con una presión superfuerte que coincide además en algunos sitios con el alquiler turístico, lo que ha disparado los precios. Es un tema que, unido a los desahucios, primero por impago de hipotecas y ahora por impago de alquileres, ha llevado a la crisis social. La crisis inmobiliaria ha pasado a ser una crisis social.

La paradoja es que ese modelo no funciona porque muchos de los que lo necesitan no pueden comprar y entonces hay cantidad de viviendas desocupadas o infrautilizadas y necesidades de vivienda insatisfechas. ¡Por favor! Lo suyo sería precisamente cambiar de modelo para hacer como otros países… porque no hace falta hacer la revolución sino solamente mirar un poquito por encima de los Pirineos, donde están Suiza y países de capitalismo supermaduro como Alemania, que tiene más de la mitad del stock en alquiler con entidades mayoristas, algunas de alquiler social. Son fondos de pensiones y de inversión que tienen viviendas de alquiler que dan un rendimiento razonable, pero al margen de los altibajos bursátiles. En otros países, el modelo inmobiliario está más diversificado que aquí, que nos hemos abocado a culminar la vivienda en propiedad y eso ha colapsado.

¿Cómo salir de ese paradigma que prioriza la inversión en vivienda frente al uso?

Habría que reconducir la situación para que entraran nuevos actores, entidades mayoristas de alquiler y a la vez reconstruir el stock de vivienda social, que ya no es que no existiera, sino que se fue liquidando el que había del franquismo. He visto viviendas sociales antiguas tapiadas para que no se metiera nadie. ¡Por favor! En ese sentido, más que penalizar la okupación con ‘k’, que es un nuevo delito que ha aparecido en el código de la democracia, tenemos que regularla, para ver un poco cómo se puede dar uso a todo ese patrimonio. No hay más que ir por los cascos antiguos de pueblos o de capitales de provincia. Habrá que ver lo que es de las administraciones y sanear todo eso; no seguir agazapados esperando ver si repuntan.

Esa necesidad de una voluntad política para cambiar el modelo inmobiliario ¿está ligada a al partido que esté al mando –sea de una administración local, regional o estatal–, o de qué depende?

De entrada, habría que cambiar la Constitución en cuanto que es la que ha otorgado todas las competencias a las comunidades autónomas y a los ayuntamientos en tema de urbanismo y territorio. El Estado se ha quedado sin nada. Tampoco se puede llamar a capítulo sin instrumental alguno. De todas maneras, hay cien mil piezas que son las que habría que tocar y que afectan desde al sistema financiero hasta a la propia financiación de los ayuntamientos porque la Constitución afirma el derecho a la vivienda y también el derecho a la suficiencia presupuestaria de los ayuntamientos. Pero luego eso no lo desarrolla y se queda en nada. Induce a que se busquen la vida reclasificando terrenos y pillando plusvalías por ahí. Así es como se junta el hambre con las ganas de comer: la promoción inmobiliaria y la huida hacia el crecimiento para conseguir más recursos.

«No es solo cambiar de un tipo de energía a otro, sino preguntarse qué hace falta para eso»

Sin un cambio en la Constitución, ¿no se podría cambiar el modelo inmobiliario?

Bueno, sí, pero habría que hacer mucho esfuerzo de puesta en común. Dirigí con José Fariña el Libro blanco de la sostenibilidad del planeamiento urbanístico, y ahí veíamos que había que agarrarse un poco de mala manera a algunas competencias en tema de medio ambiente para que desde el punto de vista estatal se pudiera hacer algo. Por ejemplo, en Lanzarote, cuando se desclasificaron terrenos que se habían calificado de urbanizables, que se salían de la isla y no tenían ningún sentido, fue la primera vez que se hizo un esfuerzo de puesta en común. Tiene que haber algo para poner orden, más allá de lo municipal. En Francia, por ejemplo, tienen que trabajar todo en mancomunidades y un municipio por su cuenta no puede reclasificar terrenos.

Saltando de esa burbuja inmobiliaria a otra burbuja probablemente relacionada, la del turismo, que se ha derrumbado con la pandemia, ¿cuál es la alternativa al monocultivo del turismo masivo para un país como España?

Desde hace tiempo vengo comentando que España estaba viviendo de las rentas. En el espacio Mediterráneo, otros destinos turísticos, toda el área del Magreb concretamente, se habían venido abajo por temas de seguridad; España se había visto beneficiada porque había ido atrayendo a esas personas. Lo veía superefímero y sin sentido. Y efectivamente, lo que ha ocurrido ha echado por tierra eso que no parecía sostenible, en el sentido de que fuera a permanecer creciendo. La tendencia se va a moderar, querámoslo o no. Y cuando cierta actividad se cae, tienen que aparecer otras por fuerza.

¿El monocultivo del turismo también infla el mercado inmobiliario?

 Efectivamente, porque era un poco una válvula de escape, como segunda residencia y también con la compra de dinero de fuera. Aquí se ha facilitado desde la noche de los tiempos el vender patrimonio inmobiliario fuera, mientras que por ejemplo Suiza no entró en la Unión Europea, entre otras cuestiones, porque no quería que Alemania se la merendara como segunda residencia. El turismo ha echado leña al fuego, por supuesto, al tema inmobiliario; sobre todo, en las islas. A los propietarios extranjeros que han comprado no creo que se les vaya a expropiar; cambiar el modelo es para que funcione mejor y sea más eficiente desde el punto de vista de las necesidades. Y a la vez que se cubren esas necesidades insatisfechas, se reduce también esa deuda, facilitando la desinversión inmobiliaria de los que están necesitados de liquidez ahora y necesitan vender. Bajo una opacidad total, todo eso ha ido a los bancos, al banco malo, a los fondos de inversión extranjera, etc.; ha habido gente que se ha estado forrando gracias a esa opacidad.

Para terminar con la revisión al modelo inmobiliario, en los últimos tiempos ha aumentado el alarmismo frente a la ocupación de viviendas.

La ocupación aflora cuando hay patrimonio desocupado. Es la prueba del nueve: si no hubiera patrimonio desocupado, si fuera un país en el que se rentabilizaran los alquileres y en el que estuvieran todas las viviendas ocupadas, no habría esa ocupación. En ese sentido, habrá que regularlo para conectar ese stock y ver qué composición tiene y en qué sitios. Y todo eso, unido a políticas territoriales de pueblos abandonados. Habría que considerar el conjunto del territorio, porque lo que no ha habido es una política territorial y eso nos ha llevado a una polarización en la que hay zonas con menos de un habitante por kilómetro cuadrado, en Teruel y Guadalajara, por ejemplo. Eso por Europa no se ve salvo en el desierto lapón o en el círculo polar ártico.

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