¿Hemos aprendido a convivir con nosotros mismos?

El consumo de alcohol en España se incrementó en abril más de un 80% respecto al mismo mes de 2019. Los casos de depresión y ansiedad también aumentaron. El más duro confinamiento parece haber pasado factura a la salud mental de muchas personas, pero ¿qué hay detrás de esta realidad?

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04
Ago
2020
salud mental confinamiento

«El impacto de la pandemia en la salud mental de las personas ya es extremadamente preocupante» señalaba el pasado mayo Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Estas declaraciones mostraban, a mi entender, dos realidades. La primera, que la COVID-19 posiblemente tenga un impacto mucho mayor de la ya de por sí brutal cifra de muertos: el hecho de que no se están contabilizando los enormes daños colaterales fruto de un sistema sanitario colapsado y que lleva a un incremento de problemas de salud que podrían haberse atendido de forma eficaz si no hubiera sido por el virus.

Estos daños colaterales, cuando hablamos de salud mental, son aquellas personas con enfermedades psiquiátricas –muchas de ellas muy reactivas a las situaciones de estrés–, que han tenido crisis agudas, agravadas por la situación de confinamiento y el difícil acceso a sus tratamientos o servicios terapéuticos. Dévora Kestel, directora de Salud Mental de la OMS, señala, además, que los problemas económicos o la pérdida de familiares por la pandemia explican parte del incremento de los problemas de ansiedad y depresión. Hasta ahí todo normal. Perder un familiar es algo muy duro, y más en estas circunstancias en las que ni siquiera han podido celebrarse las despedidas y entierros con normalidad. Quedarse en el paro y ver roto un proyecto de vida o no poder cubrir las necesidades de tus seres queridos por algo ajeno a tu control tampoco es plato de buen gusto para nadie.

«¿Es normal que nos afecte tanto el hecho de estar encerrados en casa?»

La segunda de estas realidades de las que dejaban entrever las palabras de Adhanom es la que me más me preocupa: son estos problemas de bienestar emocional fruto de la pandemia o el coronavirus simplemente está poniendo de manifiesto la forma en la que nos relacionamos con el malestar hoy día. ¿Es normal que nos afecte tanto el hecho de estar encerrados en casa? Entiendo que no es lo más divertido del mundo, y que toda esa parafernalia de desinfectarse y usar mascarilla cada vez que salimos de casa no ayuda…pero que se incrementen de forma espectacular los casos de depresión y ansiedad por el mero hecho de estar encerrados no es normal.

No hemos estado combatiendo en una guerra o pasando hambre. Hemos estado fundamentalmente aburridos y esto ha hecho que nos miremos más en nuestro interior, que tengamos tiempo para pensar en aquello que marcha bien en nuestra vida. Pero como son temas amenazantes por ser dolorosos o porque implicar hacerse preguntas duras (¿soy feliz en esta relación?, ¿qué estoy haciendo con mi vida?, ¿por qué me siento incomprendido y solo a pesar de tener familia y amigos?), hasta ahora, tendíamos a posponerlos y taparlo con lo urgente del día a día. Nos refugiábamos en otras preocupaciones en las que nos sentimos más competentes, como el trabajo, o en actividades placenteras, como las compras o los planes de cualquier índole.

«El impacto en la salud mental del confinamiento evidencia que nos da pánico pensar»

Este gran impacto en la salud mental en tantas personas –que simplemente se han visto encerradas durante varias semanas– evidencia que no sabemos estar con nosotros mismos, que nos da pánico oírnos pensar. Pareciera que no queremos escuchar lo que pueda decir nuestro pensamiento sobre esa vida que vivimos en modo automático saturándonos de redes sociales, planes, consumo e interacción para tapar un malestar emocional del que hemos huido tanto que nos hemos creído que somos incapaces de hacerle frente. Recordemos un dato un tanto alarmante: el consumo de alcohol en España se incrementó en abril –mes del más estricto confinamiento– más de un 80% frente al mismo mes de 2019.

Este virus nos ha cogido del pescuezo y nos ha hecho mirar aquello que siempre evitamos, como que la muerte forma parte de la vida, que no todo tiene que ser estimulante o divertido y lo que más miedo nos da: a nosotros mismos.


Buenaventura del Charco es psicólogo clínico y docente en la Universidad de Granada.

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