Cultura

El auge (y declive) del cosmopolitismo europeo

Pauline y Louis Viardot acompañan a Iván Turguénev en ‘The Europeans’, la última obra de Orlando Figes (Penguin) que nos redescubre el espíritu igualitario de la tradición cosmopolita liberal del siglo XIX. Pero ¿sigue vivo en la Unión Europea de hoy ese cosmopolitismo o las reacciones iliberales lo están borrando de un plumazo?

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05
Ago
2020
cosmopolitismo

Hoy día, el cosmopolitismo es blanco de muchas críticas en Europa. De nuevo vemos surgir una falta de solidaridad ante esta nueva crisis, sanitaria y económica. El término cosmopolita se asocia a veces con las élites, la desigualdad y el capitalismo salvaje. Pero esta narrativa es falsa: es una de las actitudes o mentalidades no analizadas, que, diría Doris Lessing, «necesitan ser observadas y repensadas». Una mirada histórica a la génesis del cosmopolitismo en Europa demuestra que ha sido un vehículo de intercambio cultural, progreso y también, en cierta medida, un gran igualador. Europa como espacio de transferencias culturales, revoluciones e intercambios que sobrepasan viejos límites nacionales es el tema de The Europeans de Orlando Figes (Penguin), que explora la vida de tres artistas e intelectuales a la vez que narra la génesis de la denominada cultura europea. 

Iván Turguénev es el personaje central de este libro, al igual que la prima donna española Pauline Viardot, íntimamente vinculada a él a lo largo de toda su vida, y su esposo, Louis Viardot, comerciante de arte y activista político. Este triángulo amoroso y sus vidas interconectadas se interrelacionan con las de otros poetas, compositores e intelectuales europeos a quienes, a su vez, promocionan dando a conocer su obra en toda Europa. El propio Turguénev, apoyado en los Viardot económicamente, se convirtió en la figura principal del renacimiento literario ruso: el gran precursor de Tolstói, Dostoyevski y Chéjov.

Hoy, el cosmopolitismo parece avanzar de nuevo hacia un turbulento anticlímax en Europa

A lo largo de la obra se enfatiza el espíritu igualitario de la tradición cosmopolita liberal del siglo XIX, que permite que a los europeos se les identifique con ideales nobles, como la dignidad humana o la idea de cultura como esfera independiente y libre –de la condición económica– para el desarrollo de la personalidad. El cosmopolitismo también desarrolla una mayor conciencia social de las llamadas clases bajas gracias a nuevos géneros, como el realismo literario, que destruyen estereotipos sociales. Turguénev, en su novela Memorias de un cazador (Cátedra), consigue retratar al campesinado no como simples hombres rurales, sino como individuos complejos y pensantes, llegando a superar a Dickens en el retrato psicológico de sus personajes.

La democratización cultural, explica Figes, «refuerza la conexión entre los grandes escritores y los principios intelectuales de la Revolución». Las revoluciones, iniciadas en Francia en 1830 y 1848, y las nuevas aspiraciones políticas e ideas contra el «viejo orden moral» estuvieron íntimamente ligadas a estos cambios de autopercepción de la sociedad burguesa. Turguénev y los Viardot, protagonistas de la obra de Figes, jugaron un papel central en los círculos políticos e intelectuales que lideraron estas corrientes liberales desde el principio, junto a compositores, artistas y escritores europeos entre los que figuran Víctor Hugo, Sand, Tolstói, Dickens, Chopin, Flaubert, Rossini, Liszt, el matrimonio Schumann o Delacroix, entre otros muchos. Estos círculos se enfrentaron a otras corrientes de anticosmopolitismo y de antisemitismo que comenzaron a surgir acompañadas de una reacción nacionalista de tipo conservador que tuvo bastante fuerza en Alemania.

El cosmopolitismo conforma la génesis de la cultura europea y se sirve del avance del capitalismo para expandir sus ideas. Aunque el término cultura europea, como tal, no empezaría a emplearse hasta el último cuarto del siglo XIX, implica a lo largo de esos cien años una identidad basada en la síntesis del progreso económico y cultural. Esta cultura solo se vería interrumpida de forma súbita por la Gran Guerra y el triunfo del nacionalismo durante el siglo XX –ideología que Nietzsche denominó como «la enfermedad del siglo»–.

Hoy, el cosmopolitismo parece avanzar de nuevo hacia un turbulento anticlímax en Europa y toman nueva fuerza ideas como el nacionalpopulismo en sus distintas variantes. Una de las lecciones de la última crisis –en la que estamos sumergidos– es que escoger entre la soberanía nacional y la solidaridad europea es una falsa dicotomía: quien elige el camino del nacionalismo económico actúa de manera antipatriora porque, además de perjudicar a su propia economía, perjudica a todos los demás países de la Unión.

En la UE, quien elige el camino del nacionalismo económico actúa de manera antipatriota

El nacionalpopulismo, como reacción iliberal, contiene ideas, asociaciones y patrones mentales con raíces muy antiguas, que contaminan los ideales del cosmopolitismo y el avance hacia una respuesta solidaria. Estas viejas ideas van y vienen, cada cierto tiempo, como un fantasma de toda contrarrevolución surgida en Europa. Quizás, el pensador de la Ilustración Jean-Jacques Rousseau ya lideró en el siglo XVIII esta contrarrevolución iliberal cuando lanzó su odio hacia la vanidad metropolitana y su desconfianza hacia los tecnócratas y el comercio internacional. Estas ideas hoy pueden triunfar si consiguen crear una versión alternativa a la modernidad y omitir los beneficios de una Unión Europea que representa el éxito y materialización del cosmopolitismo.

De algunos rincones de Europa nos llegan, con olor a moho,  viejas ideas desgastadas, pero de profundas raíces que crecen en los baldíos y polvorientos eriales de tierras yermas. En esta nueva crisis, debemos poner en valor ideas del cosmopolitismo como la interdependencia y la solidaridad, superando la rigidez de axiomas y fronteras nacionales y el coqueteo con políticas iliberales. «Necesitamos aprender a observar nuestros procesos mentales, nuestra conducta. Tenemos que repensar algunas cosas», escribió Doris Lessing, quien creía que si somos conscientes de algunas asociaciones, falsas dicotomías y pautas de pensamiento, podremos identificarlas cuando surjan en nosotros y en nuestras sociedades.


Cristina Casabón es periodista y profesora de Country Risk en la Universidad Carlos III.

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