Internacional

La alargada sombra del Kremlin sobre Rusia

Un referéndum, votado a comienzos de este mes, permitirá a Vladimir Putin presentarse a las elecciones rusas hasta 2036. Su gobierno, para entonces casi vitalicio, se perfilaría como uno de los más longevos del país. Mientras numerosas organizaciones y opositores protestan contra una nueva deriva autocrática, el puño de hierro bajo el que Rusia parece encontrarse se envuelve, de nuevo, en terciopelo.

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21
Jul
2020
putin rusia

Su inmensidad, casi inabarcable, sigue manteniendo el país como un extenso páramo donde, a pesar del transcurso de los siglos, gran parte del territorio permanece prácticamente vacío. Aunque continúa situándose como uno de los lugares más poblados del planeta, su dispersión hace de Rusia, en parte, un país desierto: mientras este cuenta con una densidad de población de 9 habitantes por kilómetros cuadrados, España –vacía o no— alcanza los 93. Nada parece haber cambiado en una tierra que, por momentos, se vislumbra casi inalterable. El rotundo respaldo a la Constitución en el referéndum celebrado a principios de este mes, de hecho, así parece demostrarlo: un 78% de votos a favor otorgan a Vladimir Putin, presidente de la Federación Rusa, el poder de prolongarse en el cargo hasta el año 2036, año en el que él alcanzaría, de conseguirlo, los 84 años de edad. Entonces el suyo se convertiría en uno de los mandatos más largos en la historia del país, llegando a superar incluso al de Stalin durante la Unión Soviética.

«Se trata de la tercera maniobra de Putin para mantenerse en el poder, salta a la vista. Lo que hacen estas enmiendas a la Constitución de 1993 es, sencillamente, poner el contador a cero, lo que le permite presentarse de nuevo dos veces más», afirma Mira Milosevich-Juaristi, una de las principales investigadoras del Real Instituto Elcano.

La experta hace referencia, por supuesto, al equilibrismo practicado entre él y Dmitri Medvédev durante estas dos últimas décadas al intercambiarse los puestos políticos de la presidencia y el primer ministerio; un juego que ha permitido, sin ninguna infracción formal de la Constitución, el mantenimiento del mandatario ruso hasta la actualidad. «Otra conclusión evidente es que también está mandando un mensaje hacia el interior: no va a permitir especulaciones acerca de su posible sucesor». Se trata, en definitiva, de una conservación del statu quo, algo que Milosevich compara con el gobierno soviético de Leonid Brézhnev, un periodo conocido en ruso como zastoy (estancamiento). «No piensa cómo va a cambiar, si no tan solo cómo mantenerse».

En cuanto a este último proceso electoral, según afirma Golos –una organización rusa independiente concebida para defender los intereses de los votantes–, «nadie puede saber los resultados reales de esta votación, los procedimientos han sido tan poco transparentes que no podemos decir cuánta gente ha votado en realidad, ya sea a favor o en contra de las enmiendas». Las estimaciones de la organización, basadas en análisis estadísticos, ofrecen una ventana al posible fraude electoral. Afirman, en conversaciones con este medio, que el número de fraudes y manipulaciones electorales revelados por diferentes métodos estadísticos llega a ser dos o tres veces mayor que el de cualquier proceso antes visto en la Rusia moderna. Para demostrar estas acusaciones, Golos hace referencia a trabajos de diversos matemáticos, como el realizado por Sergey Shpilkin, que llega a mencionar hasta 24 millones de votos irregulares, una cifra que triplicaría la que, se sospecha, tuvo lugar en las elecciones presidenciales de 2018.

El analista Sergey Shpilkin llega a mencionar 24 millones de votos irregulares

Otro analista, Dmitri Kobak, centra sus sospechas en el excesivo número de centros electorales con informes de altos votos positivos; estaríamos ante un número que, de nuevo, dobla o triplica las cifras vistas en procesos previos. Según la organización, estas manipulaciones han sido posibles debido a las nuevas reglas impuestas por los miembros parlamentarios, la Comisión Electoral Central y el propio mandatario ruso. Los observadores electorales, además, estarían controlados por el gobierno, ya que éstos pertenecerían a órganos creados por el mismo. También los medios de comunicación, según Golos, habrían sufrido obstáculos ilegales impuestos por la propia comisión electoral a la hora de cubrir el proceso. Otros informes de la organización afirman la llegada de numerosas incidencias: votos sin el uso del pasaporte, votos en nombre de otros individuos y urnas de votación llenas de antemano. Aseguran, en definitiva, que la votación no es más que «una campaña de relaciones públicas»: el objetivo no era la expresión de la libre voluntad ciudadana, si no la formación de una imagen —corrompida— de esa propia voluntad, algo profundamente necesario para las autoridades rusas.

Así, estas reformas se convierten en el último reconocimiento tácito al fracaso democrático de un país que avanza hacia un signo cada vez más autocrático. La propia Constitución, introducida por Boris Yeltsin en 1993, es de marcado carácter personalista, un rasgo extraído principalmente del modelo francés. Milosevich explica esto desde una óptica principalmente cultural. «Para él, conservar las apariencias es muy importante, él nunca ha violado parte alguna de la Constitución. Lo que hay que tener en cuenta, principalmente, es que la tradición democrática del este no es la misma que en Europa occidental. Allí todos los países soviéticos, por ejemplo, eran denominados como “repúblicas democráticas” y otros términos similares, pero todo esto no deriva en la democracia representativa, como aquí, si no en puro populismo. Esto se ve, por ejemplo, en el acuerdo tácito que tiene lugar tras la llegada de Putin al Kremlin por primera vez, cuando ya era obvio que se trataba de una democracia fallida: ellos garantizarán una mejor vida económica que la experimentada durante la Unión Soviética y, a cambio, los rusos no pedirán las completas libertades individuales y colectivas; mientras esto no cambie, Putin no tendrá problema alguno».

moscu

Rusia, sin embargo, posee serios problemas económicos estructurales que, aunque paliados, aún dejan entrever la dependencia de hidrocarburos que sufre el país, una característica que la convierte especialmente vulnerable a ciclos de fuertes subidas y bajadas, pues el ámbito productivo industrial aún se antoja hoy insuficiente. La situación causada por el coronavirus, como ya hiciera la anterior crisis económica, no ha hecho más que agravar la situación: su Producto Interior Bruto, atrofiado con unos niveles ya alcanzados en 2008, es considerablemente menor que el de Alemania. Las sanciones internacionales, derivadas de la anexión de Crimea en 2014, hacen aún más profunda una herida que se reparte de manera desigual entre las distintas regiones del país. A pesar de todo, lo cierto es que, atendiendo a datos del centro sociológico independiente Levada, la popularidad de Putin está actualmente alrededor del 60%, un nivel muy superior al de la mayoría de políticos occidentales. Para él, sin embargo, es bajo: durante la anexión de la antigua península ucraniana su aprobación llegó hasta el 80%.

Un nuevo giro ultraconservador

Esta reforma a la Constitución, además, incluirá la adición de otras doscientas enmiendas, número que deja percibir un viraje de corte profundamente tradicionalista. Es el caso, por ejemplo, de la prohibición del matrimonio homosexual, que ahora se hallará incluido en la Carta Magna. «Dejando de lado la ampliación del poder presidencial de Putin, lo que más me preocupa de estas modificaciones es la carga estructural, el giro completamente ultraconservador de una moralidad social que, supuestamente, es la propia del pueblo ruso», añade Carmen Claudín, investigadora sénior asociada del Barcelona Centre for International Affairs.

La propia Constitución, introducida por Boris Yeltsin en 1993, es de marcado carácter personalista

Este rumbo político se ha ido haciendo cada vez más evidente durante los últimos años, como ocurre con las constantes referencias de Putin a un solo pueblo ruso, dejando de lado cualquier otro pueblo de la federación, como ocurre por ejemplo con los tártaros, constantemente hostigados en Crimea. La conclusión de este giro, sin embargo, se cristaliza perfectamente en una de las nuevas enmiendas de la Constitución, cuyo texto afirma que «la Federación Rusa […] conserva la memoria de sus antepasados, que nos transmitieron sus ideales y la fe en Dios».

Aun teniendo en cuenta estas palabras, cabe que destacar que Rusia también está reconocida como un Estado laico en el mismo texto. Según Milosevich, «forma parte de una tradición del cristianismo ortodoxo, es lo que se conoce como pravoslavie [fe verdadera], término que se usa desde la ruptura con los católicos y la denominación de Moscú, tras la caída de Constantinopla, como “tercera Roma”. En el cristianismo ortodoxo no hay nada similar a un intermediario constituido como un emisario de Dios, un Papa, se trata de una fe mucho más íntima; muchas veces, incluso tampoco hay una separación muy clara entre Estado y religión. Evidentemente, los políticos corren a llenar este hueco, como ya ocurriera con los zares».

Es posible que fuese esta intimidad, así como la soledad y el ascetismo derivado de una población altamente dispersa, lo que llevó Dostoievski a afirmar que los rusos guardaban con celo, en el corazón, el cristianismo. Rusia vuelve su rostro, a través de estas controvertidas maniobras, hacia la época histórica en que se alzaba como defensora del cristianismo ortodoxo, hacia la idea de lo que se conoce como alma eslava, un concepto identitario que, si bien confuso, está fuertemente marcado por la fe. En cierto modo, y según determinadas corrientes históricas, este cambio es una vuelta hacia las tradiciones más orientales del país. Estas eran, según Claudín, ideas que compartían los propios bolcheviques. «La Revolución Rusa, entre otras cosas, era realizada para traer la modernidad, que Lenin consideraba que se hallaba en Europa occidental; él creía que el gran problema de Rusia era precisamente el peso de lo que se llama ‘tradición asiática’, que él consideraba espantosamente mala. Obviamente, a lo que se refería con esto era a la cultura políticas de unas regiones».

Este retorno a posiciones políticas y sociales tan tradicionales persigue, evidentemente, un propósito concreto. «Putin busca unir esta Rusia con su pasado glorioso, con la época zarista, cuando la religión era el principal pilar de la identidad nacional», afirma Milosevich. Para comprender esto, sin embargo, ha de tenerse en cuenta la composición autocéfala de la Iglesia ortodoxa. Mientras en el mundo católico la la institución eclesiástica se postula como universal —y por ello, única—, en el mundo ortodoxo no hay Iglesia, si no iglesias: la rusa, la montenegrina, la serbia. Así, desde su propia concepción se percibe la construcción nacional. Este nacionalismo autoritario, que ha ido creciendo con cada mandato, no es pura retórica. Al revés: sus acciones, tanto dentro como fuera, se dejan sentir con una fuerte presencia.

Ejemplo de ello son las vulneraciones de derechos individuales y colectivos, el acoso a la oposición y las constantes sospechas de fraude electoral. Su agresiva política exterior, por otro lado, deja entrever un intervencionismo exento de rubor: además de la injerencia en las elecciones norteamericanas de 2016, Rusia también parece haber financiado partidos políticos de extrema derecha en la Unión Europea, como ocurre en el supuesto caso del Frente Nacional francés; otras sospechas de influencia indebida recaen tanto en el procés catalán como en el brexit.

La popularidad de Putin está actualmente alrededor del 60%, un nivel muy superior al de la mayoría de políticos occidentales

Es en las antiguas repúblicas comunistas, sin embargo, donde la sombra rusa se torna más oscura: para el Kremlin, esta es una zona de influencia e interés privilegiado que sería, por tanto, un territorio que de un modo u otro terminaría bajo su propiedad. No hay más que recordar la denominación, de marcado tono agresivo, que Putin hace respecto a ciertas zonas de Ucrania: Nueva Rusia. La nueva reforma también niega cualquier obediencia a los tribunales internacionales. Claudín se muestra contundente al hablar de estas zonas, aún marcadas por el antiguo dominio comunista. «Considero que estamos aún en una situación de descolonización de las políticas ex-soviéticas. Me parece que esto es algo evidente, principalmente por el tipo de acción llevada a cabo por Moscú, algo probado, entre otras cosas, por la utilización de materias primas de estos estados o la injerencia en sus asuntos internos».

La atracción de Putin

«Lo cierto es que aquí la gente es seducida por esta agresividad masculina, creen que es más importante tener este liderazgo casi tribal a la posesión de un cerebro, aunque en todo caso, es evidente que Putin tendría los dos. La gente habla en estos términos porque parece que él lo hace todo por el interés nacional, sin atenerse a derechos de ningún tipo. A pesar de condenar sus acciones, hay muchos políticos que suelen hablar de él como un ‘gran líder’; aquí se incluye Henry Kissinger». Milosevich, además, sitúa esta persuasión en un contexto de supuesta atracción general hacia lo que denomina como «aparentes hombres fuertes»; es decir, mandatarios como Erdogan, Trump o Bolsonaro. «Se perfilan como políticos dispuestos a aguantar los chaparrones que caigan desde la opinión pública».

Sorprendentemente, sin embargo, Vladimir Putin atrae a individuos de todo tipo de ideologías, incluido el amplio espectro de carácter progresista. «Desde cierta izquierda, como Pablo Iglesias y algunos cercanos a los comuns, se han dicho auténticas barbaridades», señala Carmen Claudín. «Recuerdo algunos comentarios sobre Ucrania, después del Euromaidán: solo se ponían de acuerdo en recalcar que los ucranianos eran nacionalistas, que aquello había sido un golpe de Estado. Eran unos niveles de soberbia e ignorancia asombrosos. ¿Cómo puede alguien ultraconservador, homófobo, racista, un tipo de profundos sentimientos religiosos, ser admirado por la izquierda política?».

Vladimir Putin atrae a individuos de todo tipo de ideologías, incluido el amplio espectro de carácter progresista

En Rusia, disentir es un riesgo que ha de calcularse con extremada precisión. Las protestas a la reciente consulta sobre la reforma constitucional, si bien escasas, se encuentran desde su propia concepción limitadas por las múltiples restricciones a las que se enfrentan los potenciales manifestantes. Desde 2012, las multas para participantes individuales en manifestaciones no autorizadas pueden alcanzar más de 8.000 euros; para los organizadores, sin embargo, las cifras llegan casi a los 20.000 euros, número que llegaría a doblarse hasta los 40.000 euros en caso de que la propia manifestación no cumpliese las regulaciones federales. La tercera infracción de esta clase, además, podría llevar al opositor a la cárcel por un período de hasta cinco años, situación que ya se ha aplicado con el activista Ildar Dadin.

Además de esto, los medios de comunicación, en su mayoría, son de control estatal, con las consecuencias que de ello se derivan. Es posible, empero, que existan varios elementos de profunda raigambre que lleven a la izquierda a identificarse con un político ultraconservador de la talla de Vladimir Putin. «Él es un experto a la hora de mezclar valores de forma ambigua, solo hace falta fijarse un poco en cada detalle de Rusia: todo se alterna entre la época soviética y la época zarista. El ejemplo del himno es evidente, con el uso de la misma melodía musical que la habida en la Unión Soviética, si bien con una letra completamente distinta.

Otro caso es la recuperación del escudo de armas de Iván el Terrible, que fue eliminado durante el comunismo. Él juega constantemente a unir estos pasados». Las observaciones de Milosevich encuentran su eco en estas nuevas reformas, con las que Rusia, entre otras cosas, declara su condición de heredera leal de la extinta Unión Soviética. Carmen Claudín, por su parte, hace hincapié en otro aspecto cultural que, a diferencia de otros países, continúa fuertemente enraizado en España. «Creo que ese apoyo tiene que ver, principalmente, con el anti-americanismo. Esta raíz termina poniendo en marcha una lógica que yo veo muy clara: por oposición a ellos, te haces pro-ruso. Se supone que Rusia, como la URSS, se oponía al imperialismo americano, pero ¿cómo puede defender alguien al que probablemente sea el último imperio no ya europeo, si no del mundo? De alguna manera, se les considera por defecto más progresistas que los estadounidenses».

Rusia se enfrenta a un futuro que alumbra una perspectiva bien conocida en su historia: un líder altamente envejecido, una autocracia cada vez más rígida y cerrada, y una economía que, aún con una excesiva fragilidad y dependencia, muestra la posibilidad de convertirse, de nuevo, en un gigante con pies de barro.

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