Internacional

Rusia: ¿un gigante con pies de barro?

¿Ha encontrado Rusia su papel en el tablero internacional o mantiene los anclajes ideológicos que dicta el revisionismo?

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18
Sep
2015
Laura Zamarriego

«Rusia es un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma. Quizás hay una clave: el interés nacional ruso». Así se expresaba Winston Churchill durante una charla radiofónica el 1 de octubre de 1939. ¿Ha encontrado Rusia su papel en el tablero internacional o mantiene los anclajes ideológicos que dicta el revisionismo?

Como cada 9 de mayo desde hace setenta años, los tanques circulan sobre el empedrado de la Plaza Roja de Moscú. El desfile anual que conmemora la victoria aliada sobre la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial es, posiblemente, el único evento que traslada a la población moscovita al ágora que fuera el lugar venerado de la revolución. Hoy, las inmediaciones del mausoleo de Lenin se caracterizan sobre todo por servir de templo turístico, de lugar de recreo donde se organizan fastos institucionales y acontecimientos artísticos.

«Rusia ha pasado del socialismo real al capitalismo salvaje. Y la imagen más evidente de este tránsito es la ciudad de Moscú. En 1991 era una ciudad realmente gris, sin servicios, con sucios camiones y destartalados utilitarios. Una ciudad donde era imposible encontrar un bar donde tomar algo o una tienda abastecida», cuenta Xavier Trías, ex corresponsal de TVE en la capital rusa. «Hoy, Moscú es un colosal aparador del consumismo: fabulosos coches que colapsan la ciudad, gigantescos paneles publicitarios luminosos, colosales edificios con el cargado mal gusto de los nuevos ricos… y centros comerciales, bares, restaurantes y hoteles», explica en su documental Rusia, a dos revoluciones.

La vertiginosa transformación de Rusia comenzó tras una serie de reformas económicas centradas en la liberalización y la desregulación. En veinte años, la desigualdad de rentas casi se había duplicado y, según el coeficiente de Gini, hoy los ingresos del 10% más rico de la población son 17 veces mayores que los del 10% más pobre, cuadruplicando la proporción de la década de 1980. Mientras, el 1% más rico de los rusos ahora posee el 71% de la riqueza nacional.

Pr. Maxime

Tal y como pretende transmitir el título del documental de Trías, Rusia funciona a dos revoluciones: la que mira al pasado y la que sobrevive al presente. A pesar del brusco cambio producido en poco más de dos décadas, los símbolos del pasado soviético están presentes en la vida de los rusos. Y aunque el telón ya no es de acero, algunos consideran que Ucrania es el último episodio de la Guerra Fría, o «la última batalla de Rusia por preservar su imperio y salir al encuentro con su destino», en palabras de Anne Applebaum, premio Pulizter en 2004 por Gulag, una historia de los campos de concentración soviéticos iniciados tras la revolución en 1917.

El politólogo José Ignacio Torreblanca ­explica, en una conversación con Ethic, que «Putin quiere un hueco en la mesa, pero no igual que el de los demás». Ese trato especial deriva, según Torreblanca, de un sentimiento de humillación propio de las potencias revisionistas. Precisamente el lenguaje geopolítico del Gobierno ruso, visto desde el enfoque particular de Occidente, permite adivinar ciertos gestos postimperialistas, en opinión del historiador Geoffrey Hosking, quien afirma que el problema histórico de los rusos es que nunca han sabido distinguir con claridad entre la nación y el imperio. Es más, «la construcción de un imperio fue un obstáculo para la formación de una nación», escribe en su libro Russia: People and Empire.

Política exterior

La realidad es que Rusia, a día de hoy, sigue siendo la gran potencia económica mundial en lo que se refiere a energía y a armamento. Pero el gas y las armas no son su único sustento. También cuenta con un vasto territorio, abundancia de recursos naturales y una población educada. Sin embargo, la caída de los precios de los hidrocarburos, la principal fuente de divisas del Estado, ha derivado en una crisis económica que obligó al Gobierno ruso a una rebaja de determinadas partidas presupuestarias con vistas a que la economía remonte para 2017.

Detrás de la pérdida de valor del rublo y la inflación creciente, con su consecuente impacto sobre las importaciones y exportaciones, aparecen las sanciones que impuso Occidente a la economía rusa meses atrás por considerar que Moscú desestabiliza el este de Ucrania con el apoyo a los separatistas de Donetsk. Según el propio Putin, las sanciones económicas son un arma que se vuelve contra quienes las promueven. Pero el coste económico y social que sufre Rusia es evidente. «Lógicamente, es la sociedad quien sufre las consecuencias. En ese sentido, las sanciones tienen un coste social, pero no parece que, de momento, tengan un coste político», señala María José Pérez del Pozo, profesora de Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid.

«Las sanciones no tienen beneficiario», añade Daniel Lacalle, economista y autor de La madre de todas las batallas. «Son muy negativas tanto para los consumidores como para el entorno inversor y para el equilibrio de oferta y demanda a futuro». ¿Cuál es el camino para que Rusia y Occidente lleguen a un entendimiento, aceptando sus diferencias? «Se está hablando siempre de las diferencias. La solución a corto plazo debería pasar por un análisis de cuáles son los intereses comunes por parte de Occidente y de Rusia. Acordarían así sin problema un cambio político en Ucrania, transparente y beneficioso para sus ciudadanos». Para conseguirlo, dice Lacalle, es necesario «rebajar la tensión retórica».

Interdependencias

Europa depende energéticamente de Rusia. Pero eso conlleva que Rusia también dependa de Europa: el petróleo y el gas suponen más del 60% de sus exportaciones y cerca de un 35% del PIB del país, el cual se ha multiplicado por 10 desde 2002. La brecha entre los dos frentes radica en la ampliación de miras por parte de Rusia, en busca de una mayor clientela. Algunos economistas rusos pronostican un incremento del 100% de sus exportaciones de gas a China, India y Japón. Rusia dirige, pues, su mirada hacia Oriente. Sin soltar la mano a Europa, de donde provienen el 80% de los ingresos de la compañía rusa Gazprom.

Marta Alvenotsa copia

Estados Unidos y Europa, por su parte, saben que aislar completamente a Rusia no es el camino acertado, dado que también comparten intereses en temas de seguridad y no proliferación nuclear, terrorismo, exploración espacial, el Ártico, Irán y Afganistán. «La cuestión es que, si a Rusia le va mal, también le irá mal a Europa. Una Rusia en apuros es una Rusia hostil y esto no es nada bueno para los europeos. Con Rusia hay que entenderse, sí o sí, pero no a cualquier precio», puntualiza Áurea Moltó, subdirectora del grupo editorial Política Exterior. Una de las líneas rojas, según el analista internacional Jorge Tamames, se ha sobrepasado al armar al ejército ucraniano. «Bruselas debe explicar que Ucrania no será admitida en la OTAN, sino convertida en un país neutral, como Austria y Finlandia durante la Guerra Fría. Europa también debe ofrecer acabar con las sanciones económicas, siempre y cuando el alto el fuego negociado en febrero en Minsk se mantenga», sostiene.

Derechos individuales

Amnistía Internacional establece otra línea roja, esta vez en relación a la libertad de expresión. La ONG denuncia que «desde que Rusia se anexionó Crimea en marzo de 2014, en el territorio empezó a utilizarse su restrictiva legislación para reprimir el derecho a la libertad de expresión, asociación y reunión». Numerosas organizaciones de la sociedad civil fueron clausuradas en la práctica a raíz de la ley aprobada por el Gobierno que prohíbe la actividad de las ‘organizaciones extranjeras indeseables’. Este es, según Moltó, «otro paso hacia una Rusia aislada y autoritaria». «Hay un elemento de indefinición que es particularmente coactivo: las organizaciones no pueden realizar actividades políticas. Pero la ley no define qué se considera ‘actividad política’; por lo tanto, es la falta de precisión la que permite la arbitrariedad del poder político frente a estas organizaciones», especifica Pérez del Pozo. La profesora lo hace extensible a los medios de comunicación: «El ejercicio del periodismo en Rusia implica muchos riesgos. Hay pocos medios privados, que actúan con muchas limitaciones económicas y bajo la presión oficial de arbitrariedad política y legal».

Otra ley no exenta de polémica es la Ley rusa contra la propaganda homosexual, aprobaba en 2013, que condena la difusión de cualquier información positiva de la homosexualidad dirigida a menores de edad con multas y penas de cárcel. La discriminación contra los homosexuales no es nueva en Rusia: las leyes de Stalin que castigaban penalmente las prácticas homosexuales no fueron abolidas hasta 1993, año en que también se dejó de considerar la homosexualidad como una enfermedad mental. El peso de la Iglesia Ortodoxa y el carácter conservador de buena parte de la población –el 74% de los rusos, con un peso especial en las zonas rurales, considera que la homosexualidad no debe ser aceptada en la sociedad– sitúa al país en el punto de mira de las organizaciones defensoras de los derechos humanos. «Las sociedades que se sienten inseguras respecto con su identidad política, social, económica y cultural tienden a enmascarar esa inseguridad reforzando la exhibición de la fuerza de género», señala Yvonne Howell, profesora de la Universidad de Richmond (Estados Unidos). Quizá las estatuillas de Putin, subido a un oso con las botas militares y el torso al aire, que se compran en las tiendas de souvenirs junto a las matrioskas, sean una representación cómica de esa demostración de fuerza.

En este juego a dos revoluciones, entre el presente y el pasado, entre la globalización y la búsqueda de identidades, entre lo legal y lo prohibido, se mueve Rusia. Volvemos a la capital, al corazón del Oso Rojo, esta vez rescatando la mirada de Daniel Utrilla en A Moscú sin Kaláshnikov (Libros del K.O.): «Moscú, además de ser la ciudad más cara, es una ciudad máscara, con sus fachadas cambiantes como en un baile de disfraces. Es una ciudad que se sale del encuadre, que se disfraza, que se despelleja a sí misma. […] Todo vira en la ciudad de los anillos. Todo, menos una cosa: la Plaza Roja y su mausoleo de Lenin».

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