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Cultura

«Vivimos en un sistema que, si para un mes, se va al garete»

Fotografía

Carol Sánchez
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30
Jun
2020
Guille Galván

Fotografía

Carol Sánchez

El discurso de Guille Galván (Madrid, 1980), siempre articulado, inunda con generoso caudal una ribera de considerable profundidad reflexiva. Hablamos con uno de los guitarristas y compositores del grupo Vetusta Morla en los últimos días del estado de alarma, pocas semanas después de la publicación de ‘MSDL. Canciones dentro de canciones’, un álbum en el que la banda de Tres Cantos reconstruye o reinterpreta sus composiciones más recientes aplicándoles nuevas perspectivas sonoras. Un ejercicio creativo insospechado que pone a prueba la maleabilidad de unas partituras que se han integrado con naturalidad en la conciencia de gran parte de su generación.


La publicación de Canciones dentro de canciones –y su posterior gira– estaban a punto, pero la pandemia obligó a aplazarlo todo.

El disco iba a salir en marzo y la gira había empezado un par de semanas antes. La semana del confinamiento teníamos un concierto en el festival Vive Latino de Ciudad de México y hacíamos el Royal Albert Hall de Londres (ríe). El nivel de cambio en el guion empezó tan alto que las renuncias y el encaje han sido mayores. Lo digo de broma porque hemos tenido la suerte de no haber pasado por el hospital y de estar sanos nosotros y nuestras familias. El disco se quedó sin salir, pasaron dos meses, analizamos la situación y pensamos que, aunque no fueran las mejores circunstancias, nos parecía importante que viera la luz en mayo. Aunque tuviéramos que hacer la promo desde casa, aunque no hubiera tiendas, nos parecía que los discos son hijos de su tiempo y que era el momento de compartirlo. También era un gesto hacia todas las partes de la industria o de la profesión, que la gente pudiera ir a su tienda y revitalizar un poco el consumo de música, sobre todo cuando hemos hecho hincapié en el formato físico, que aúna el vinilo y el CD. Probablemente hubiera salido mejor en otras condiciones, pero ahora mismo son las que son.

¿Hay sitio ilimitado en ellas, en las canciones?

En todas las giras, hemos hecho algún concierto con un set diferente porque íbamos a un teatro donde no cabíamos todos, o porque hacíamos otro formato… Reconvertir o transformar las canciones en otra cosa nos ha sido familiar desde siempre, pero nunca lo habíamos dejado grabado. Esas experimentaciones se habían limitado a compartirlas en directo. El año pasado, con la presentación de Mismo sitio, distinto lugar, después del concierto de la Caja Mágica, nos invitaron a participar por sorpresa en un concierto en los Veranos de la Villa, un concierto no programado en el parque Torre Arias. No había escenario, tocamos casi en el suelo, en círculo, con el sistema de amplificación rodeándonos, como el Rock en el ruedo de Miguel Ríos pero a escala de parque calimochero (ríe). Ese día decidimos hacer el disco de arriba abajo. La premisa era «¿qué pasaría si en lugar de ir nosotros a tocar a un sitio, viniera la gente a nuestro local de ensayo?». Nos colocamos en círculo como si fuera nuestro local, explicamos los instrumentos que estamos tocando, contamos de dónde viene esta o aquella canción, alguna historia transversal… La experiencia fue muy chula. Estuvimos varias semanas preparando ese repertorio con un set donde no había batería, los instrumentos eran diferentes y era todo mucho más orgánico. Nos quedamos muy contentos y pensamos que estaría bien dejarlo grabado. Mucha gente no nos sigue en directo y no está acostumbrada a ver todas las transformaciones que hay. A partir de ahí nos pusimos manos a la obra, a pensar en cómo hacerlo y producirlo. No ha sido exactamente lo que pasó en Torre Arias, pero sí fue el germen. Ahí surgió una idea muy bonita que nos ha acompañado durante la grabación, y es que nosotros estamos en un círculo en el que no había fuego, pero en el que la hoguera que nos tendría que dar calor es la canción que estamos tocando en cada momento. En el local siempre tocamos juntos, muy cerca, pero pocas veces podemos hacerlo en directo ahora que estamos en sitios grandes.

Una de los temas que reinterpretáis en el disco es Guerra civil, una advertencia de que hay decisiones que no permiten el camino de vuelta. Ahora, especialmente a través de las redes, se ve una polarización social cada vez más fuerte. ¿Sobrevuela ese guerracivilismo?

Vivimos en la cultura del control-z, y pensamos que podemos deshacer todo, como al pulsar la tecla delete en los ordenadores. Pero hay cosas que no tienen control-z. Estamos en un momento en que se niega realidad y se le da la misma importancia al hecho que a su comentario. Ha sucedido algo, hay dos interpretaciones y, en lugar de ver quién tiene la razón, el debate se centra en lo que dicen uno y otro sobre algo. Es terrible, porque si ponemos en el mismo lugar los hechos y las opiniones, estamos negando su existencia: no puedes llegar a la verdad si niegas el hecho. Hay una polarización muy grande en la que se presentan como equivalentes cosas que muchas veces no lo son: no se puede poner al mismo nivel al racista del antirracista, y no puedes llegar a ningún sitio si partes de esa premisa, porque es falsa. Me aterran esos enfrentamientos que no tienen que ver con una argumentación o una exposición, sino con si has pulsado al like o dado un retuit. Deja poco margen para nada. Parece el perro de Paulov llevado a la convivencia.

«Me siento muy orgulloso de formar parte de un sector que, cuando vienen mal dadas, es el palo al que todos se agarran»

El movimiento mecánico, no elaborado…

Durante los primeros meses pensaba que íbamos a tomar conciencia de la importancia de lo colectivo, de los cuidados, de lo público. Esto es una grieta en el sistema que lo deja en bragas, y creía que íbamos a revisar nuestra manera de relacionarnos con los demás, con el medio ambiente, con las instituciones… Veníamos de una época en que parecía que la institución sanitaria era lo peor y que había que buscar todo en otro tipo de terapias, de coaching barato de frases que te dijeran rápido lo que tenías que hacer. Pensaba que íbamos a pararnos durante la pausa que nos imponía la cuarentena y recapacitar sobre ello, pero hay gente que tiene la posibilidad de introducir en la agenda mediática otros temas que creo están alejándonos de los centros de todo esto.

Vetusta Morla creció de forma exponencial durante los años que sucedieron a la crisis de 2008. El grupo se ha convertido en una referencia para muchos miembros de esa generación de millennials a los que correspondía acompañaros por ser de la misma edad. Nunca habéis rehuido el tomar posición en cuestiones políticas y sociales, ni os habéis cortado a la hora de exponer vuestra visión sobre los recortes en sanidad, en educación, sobre los desahucios… ¿Os costó mucho asumir esa condición de grupo portavoz, por así decirlo?

Nunca hemos tenido la intención de ser un grupo portavoz generacional, ni mucho menos. Como personas tenemos una relación con nuestro entorno y una manera de ver las cosas, y como grupo las manifestamos también, aunque sabemos dónde acaba el límite del grupo y empieza el personal, e intentamos respetarlo. Es verdad que hay asuntos que, como banda, tienen un quorum y nos parece importante resaltar, como la defensa de lo público, o un montón de historias que tienen que estar por encima, que son positivas y tienen que ver con nuestra manera de ver el mundo. Lo que penaliza es decir una cosa hoy y mañana otra, y la gente sabe que Vetusta Morla va de frente y sabe lo que piensa. Eso no quiere decir que todo el mundo en mis conciertos piense lo mismo que yo, o que  David, o que Pucho. En todas las crisis de los últimos cincuenta años siempre ha habido una respuesta desde el ámbito de la cultura que muchas veces tiene que ver con la honestidad, o como quieras llamarlo. Después de la Segunda Guerra Mundial, en el cine aparece el Neorrealismo que, con las herramientas que quedaban, tiene que reinventar el lenguaje de las grandes majors que grababan en platós y sale a la calle a hacerlo de otra manera; después de la Guerra de Vietnam hubo movimiento musical concreto; después de las reconversiones laborales de Margaret Thatcher en Inglaterra hubo movimientos concretos; cuando cayeron las Torres Gemelas hubo una vuelta al folk y la canción más íntima… Creo que vamos a enfrentarnos a un cambio no solo cultural, sino también estético, que nos llevará a otra cosa. En ese cambio se valorará la honestidad. Venimos de una época en la que se confunde el empoderamiento con la ostentación, donde hay un montón de propuestas que hacen de ella su carné de identidad. A lo mejor, sabiendo cómo va a quedar gran parte de la población, igual algo tiene que cambiar porque aquel que iba de ostentoso no estará tan bien visto. El panorama será diferente, y habrá gente que se adaptará mejor o peor, pero cuando esa adaptación la haces desde tus principios no puede penalizarte.

«No se puede poner al mismo nivel al racista y al antirracista, y no puedes llegar a ningún sitio si partes de esa premisa»

¿Esa continuidad en el discurso o esa significación os ha traído algún revés empresarial, siendo una banda autogestionada e independiente que controla todo el proceso?

Que yo sepa, no, pero evidentemente ha habido un montón de decisiones que hemos tomado no solo ahora, sino antes de grabar Un día en mundo. Podíamos haberlo grabado mucho antes y decidimos no hacerlo porque lo que nos ponían encima de la mesa no era digno para trabajar o seguir adelante. Durante estos años hemos tenido muchas decisiones que no son las mejores en el plano económico, pero creo que uno se define no solo por lo que hace, sino por lo que no hace. Cuando estás en un proceso creativo parece que lo más importante es todo lo que generas, pero a veces lo más importante es saber desprenderte de las cosas. Hemos dicho que no a cosas que nos han llevado a no ser comprendidos por gente que cree que estás rechazando una oportunidad única… Pero en una carrera larga tienes muchas oportunidades únicas. Cuando la gente te dice que tienes «una oportunidad única» a lo mejor es que confía poco en ti, porque las cosas hay que hacerlas cuando las sientes.

A principios de mayo publicasteis Los abrazos prohibidos. La música es tuya y la letra la compones junto a Drexler, Sabina y Rozalén, entre muchos otros. Los beneficios de la canción decidís que se destinen a perpetuidad al CSIC para la lucha contra la COVID-19. ¿Crees que esta tragedia, que es sanitaria, social y económica, modificará alguna percepción sobre la inversión en investigación, educación y tecnología?

Era mi gran esperanza cuando empezó todo esto. Si nos ponemos a ver lo que ha sucedido, quién ha estado en primera línea para que nuestros mayores no se mueran, quién está triplicando turnos porque no hay suficientes médicos ni personal sanitario, quién no tenía material de protección… Tampoco hay que ser muy listo para pensar que hay que invertir más en sanidad, que tenemos que estar preparados haya o no haya pandemia, que el personal sanitario debe tener condiciones de trabajo dignas y justas los 365 días del año. Me resulta muy triste ver cómo eso, que es tan obvio, casi parece que es o que acaba siendo algo que tiene que ver con intereses de sabe dios quién.

¿La pandemia y el posterior confinamiento –con la mayoría de artistas ofreciendo gratis su trabajo desde casa y, al mismo tiempo, contribuyendo a hacer más llevadera una situación tan complicada–, van a cambiar en algo la relación entre el artista y el público?

La han cambiado ya, para empezar, porque no hay conciertos y esa relación llega por una pantalla. Es algo que nos ha tenido bastante preocupados desde el primer momento. Entiendo –y todos lo hemos hecho–, que hay una pulsión por compartir. Pero si no se tiene claro que es algo puntual y lo convertimos en una dinámica puede ser algo nocivo para todos, porque estamos regalando nuestro trabajo. Desde mi punto de vista, lo que no puede ser es que algo esporádico o circunstancial se convierta en una norma: que acabemos conformándonos con una emisión mala, que eso se grabe y sea un disco y que luego lleguen las discográficas diciendo que ya has hecho un disco con 3000 euros. Me da miedo la infravaloración de nuestro propio trabajo y que eso tenga consecuencias de recorte económico en cuanto a las posibilidades de desarrollar un trabajo normal. Supongo que las marcas estarán al acecho para meter dinero y patrocinar los streamings. También hay un punto donde dices «bueno, a lo mejor de una vez conseguimos que los streamings suenen bien y si hay alguien que mete algo de dinero y se lo curra y es algo de calidad»… Se pueden dar formatos que pueden ser interesantes, pero no creo que sea bueno dar por hecho que te conectas a Instagram y tienes a tus artistas favoritos tocando gratis, porque luego va a ser complicado hacer ver a la gente que la música vale dinero y que hay que pagar por ella.

Con este aluvión de actividad a través de las pantallas, ¿has tenido la sensación de que ha habido cierta obligatoriedad de mantener el proceso productivo en marcha, incluso en una situación así?

Se ha dado la paradoja –o yo lo he percibido así–, de cierta obsesión con que vivir una pandemia no era suficiente: teníamos que salir de ella siendo mejores personas y habiendo hecho un montón de cosas. Si no, te sientes culpable. En lugar de frenar ha habido una hipermusculización del ego que tiene mucho que ver con las redes sociales. Son un arma de doble filo: el propio artista es el que veinticuatro horas al día, siete días a la semana, tiene que estar echando la monedita a su propia escultura, esculpiéndose a sí mismo constantemente con la angustia de que el otro hace más cosas que tú o tiene más likes. Es una locura. Como consumidor o ciudadano te das cuenta de lo importante que es la cultura, porque todos hemos hecho de la cuarentena algo más llevadero y amable graciasa las series, las películas, los libros, la música… Pero de ahí a tener que aprovechar todo para sacar lo mejor de ti mismo todo el rato creo que hay una diferencia, y está relacionada con la dinámica que nos ha hecho llegar hasta aquí. Nosotros hemos tenido la suerte de ser una banda y estar separados, porque gracias a eso no hemos hecho conciertos en Instagram. Lo digo un poco de broma, pero creo que tendremos que darle una pensada a eso si queremos salir sanos mentalmente.

¿Todas estas cosas os obligan a pensar sobre cual es vuestro trabajo, sobre lo que es ser músico?

Sí. Hemos normalizado lo extraordinario: estar de gira tantos años, viajar a tantos países, conocer a miles de personas… Con cada fragmento de todo eso que has vivido podrías disfrutar una vida entera, pero lo ves como algo normal. A veces das por hecho cosas que son un absoluto milagro, como que gente a 10.000 kilómetros de tu casa se sepa tus canciones, pague por verte y quiera luego charlar un rato contigo. Eso no debe normalizarse, porque nos lleva a una dinámica de no disfrutar de nada.

«Convertir los directos en internet en una dinámica puede ser algo nocivo para todos, porque estamos regalando nuestro trabajo»

Pienso en Fiesta mayor, ese retrato cáustico y berlanguiano de la España del pelotazo en los que no cobraban al final eran los músicos.

Eso pasa siempre, porque tenemos mucho arte y no necesitamos el dinero (ríe). Aunque en Fiesta mayor se cuente desde el punto de vista más divertido, es algo cultural que tiene que ver con una manera de pensar bastante instaurada, esa filosofía del «tócate algo…». A los futbolistas cuando van a hacer una entrevista no les dicen que se hagan doscientos toques. Durante mucho tiempo el músico ha estado en ese lado folclórico, entendido no como trabajador, sino como una fuerza viva del paisaje nacional. Quizá estamos en un buen momento para reivindicar nuestra condición de trabajadores, al igual que a un panadero no se le exige que dé sus barras de pan gratis.

En vuestro gremio es habitual escuchar algunas voces diciendo que falta organización, estructuración, lazos solidarios… ¿Cómo se explica que un sector como el vuestro, con tanto ascendiente emocional, no haya resuelto ese expediente todavía? ¿No sois conscientes del peso específico que tenéis en la sociedad?

Probablemente, pero eso está cambiando y la conciencia de sector no es la que había hace unos años, porque cada vez hay más información. El mundo de la música venía de una época en que el artista solo se dedicaba a serlo. Nosotros venimos de una generación en la que quien más y quien menos se ha tenido que buscar las castañas y hacer prácticamente de todo: entender cómo funciona el sector, saber lo que tiene que ver con lo discográfico, con lo editorial, con los conciertos… Son historias que tienen poco que ver, aunque se mezclen. En los últimos tiempos sí ha habido más conversaciones entre los músicos para intentar organizarse y establecer unos mínimos que tengan que ver no solo con frenar abusos en el mundo discográfico y editorial, sino con exigir que se cumplan las leyes de contratación en salas y en festivales.

El término «titiritero», que algunos utilizan de forma despectiva, ¿qué sensación te deja a ti?

Siempre que se habla de titiriteros me acuerdo de las ceremonias de apertura y clausura de los Juegos Olímpicos de Londres, donde el 70% fue música de artistas ingleses, porque ellos consideraban que era lo mejor que podían ofrecer: el Reino Unido decide que su mayor apuesta para mostrar al mundo es lo que tiene que ver con su cultura y su música porque, entre otras cosas, es un porcentaje elevadísimo del PIB del país. Si tuviéramos una mínima idea de lo que suponen los ingresos de las industrias culturales en España creo que seríamos mucho más conscientes. Un festival genera mucha riqueza no solo al que va allí, sino al hostelero, al otro y al de más allá. Durante mucho tiempo esa palabra, titiritero, es tratada de modo despectivo cuando un país como Reino Unido ha decidido que sean ellos los que estén en la ceremonia de los Juegos Olímpicos. En situaciones como la que hemos vivido, comprobamos que todo el mundo ha tirado de los titiriteros para refugiarse en su cuarentena, pero arrastramos una herencia que es la que es. Me siento muy orgulloso de formar parte de un grupo de música y de un sector que, cuando vienen mal dadas, es el palo al que todos se agarran: ricos, pobres, verdes y amarillos.

«Nos enfrentamos a un cambio cultural y estético en el que se valorará la honestidad»

La protección del medio ambiente parece una de las preocupaciones constantes de Vetusta Morla y, de hecho, participasteis en la pasada COP25. ¿Qué papel puede jugar vuestro gremio en relación a estas cuestiones? ¿Valoráis la naturaleza del patrocinio, el esfuerzo por reducir la huella de carbono o el plan de residuos y transporte interno a la hora de contratar con un festival, por ejemplo?

Creo que la responsabilidad individual es importante, que los cambios empiezan en cada uno, aunque los cambios grandes los tienen que dar los estados y van acompañados casi siempre de medidas económicas. Sucede algo parecido con la conciliación: si te empeñas en ser más competitivo que el de al lado, en la vida existirá conciliación o reducción de residuos. Sin embargo, creo que la situación que hemos vivido nos está diciendo que se acaba de encender el piloto rojo y que así no podemos seguir. Vivimos en un sistema que, si para un mes, se va al garete. Y si no es capaz ni siquiera de resolver nuestros problemas, no es un sistema sano. En este caso, nos parece algo que habría que reivindicar sin tener altavoz mediático así que, si lo tienes, debes hacerlo con más motivos. En cuanto al sector musical, hay iniciativas que encuentras en festivales y que agradeces. Son pequeños gestos que acabarán volviéndose cotidianos, como lo de no fumar en los bares: al principio era raro que no fumases y ahora se ve como algo extraño y desagradable; con esto, pasarán los años y, si seguimos una política de cuidado medioambiental, se acabarán viendo como extraños. Estuvimos a punto de tocar en un festival de Panamá con todo construido de material reciclado: son cosas que a veces te impiden competir con los más grandes, pero tenemos que elegir y no se trata de ser los número uno todo el rato. En España también hay algunos festivales que van por ahí y buscan su manera de diferenciarse no por meter una gran cantidad de gente, sino por hacerlo viable y no meter más de cinco mil o diez mil personas. Igual lo que viene no tiene tanto que ver con lo macro sino con lo escogido, con lo cuidado. Esto es muy fácil decirlo sin hacer números, y muy probablemente este tipo de eventos te hagan pagar las entradas más caras que en otros festivales multitudinarios. Como sucede con la comida ecológica, que no todo el mundo puede pagarla. Ojalá se empiece a cuidar más todo ese aspecto y tenga un impacto en todo lo que generamos a nivel medioambiental, que es mucho.

Vetusta Morla MSDL

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