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«Leer a Asimov nos da una perspectiva realista de lo que estamos viviendo»

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Jorge Garay
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24
junio
2024

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Jorge Garay

Siempre se menciona a Julio Verne como el gran visionario de la literatura, pero poco se habla de Isaac Asimov, padre (en la ficción) de la robótica y profeta del binomio más popular de nuestros días: la inteligencia artificial. Tan acertadas y cabales fueron las narraciones del escritor ruso que ahora sirven de sostén a Fernando Bonete Vizcaíno, periodista, profesor y especialista en tecnologías emergentes, para desmontar el mito apocalíptico sobre la IA. El resultado es ‘La guerra imaginaria‘ (Siglo Veintiuno Editores).


La cita que abre el libro es casi una provocación: ¿las máquinas son más decentes que los humanos?

En teoría podríamos decir que sí, pero esa afirmación esconde una trampa: las máquinas no tienen posibilidad de no ser decentes; los humanos, sí, podemos serlo o no, ejercemos esa libertad, disponemos del libre albedrío y eso es algo maravilloso que nos hace capaces de grandes cosas y cosas terribles; sí, las máquinas son decentes, pero la suya es una decencia falsa que, como humano, no querría para mí ni para la humanidad.

¿Leer a Asimov nos previene del apocalipsis tecnológico?

Leer a Asimov nos da una perspectiva realista de lo que estamos viviendo, a pesar de que han pasado ochenta años desde que empezara a escribir su obra sobre robótica. Es una de las primeras voces dentro de la literatura del siglo XX que se interesa por el asunto, y lo enriquecedor es que la suya es una mirada muy completa, con conocimientos técnicos, científicos, biológicos, pero también humanísticos y filosóficos, lo que le permite un análisis holístico sobre el tema, y lo convierte en una voz que hay que tener en cuenta. Leer a Asimov nos ofrece una visión equidistante, realista y alejada de las visiones apocalípticas sobre la inteligencia artificial (IA), que solo se sustentan en la ficción especulativa, en la ciencia ficción de la que hablan las películas, que vaticinan el fin del mundo. Pero no hay ninguna evidencia científica, a día de hoy, que demuestre que cualquier máquina o robot dotados de IA pueda sobrepasarnos como humanidad, no hay indicio real de algo remotamente parecido a medio y largo plazo. Con Asimov, uno se llena de razones científicas y humanísticas del momento en que estamos.

«No hay ninguna evidencia científica, a día de hoy, que demuestre que cualquier máquina o robot dotados de IA pueda sobrepasarnos como humanidad»

¿Por qué nos aterra la inteligencia artificial? ¿Qué miedos ancestrales despierta (que están ya presentes en Las Argonáuticas, de Apolonio de Rodas)?

La IA, al igual que la robótica, no deja de ser una réplica de habilidades y competencias humanas; esa réplica, a su vez, es un reflejo de cómo actúa el ser humano, y nos da miedo ver lo que hay dentro de nosotros fuera de nosotros; como comenté antes, somos capaces de lo mejor y de lo peor, y nos da por pensar que esas habilidades transmitidas a terceros no humanos pueden manifestarse en lo peor, y que ese reflejo se vuelva contra nosotros. Ese pensamiento es natural, pero irracional. Asimov lo llama «complejo de Frankenstein», son temores infundados, porque la máquina no opera por sí sola, depende de las órdenes de su creador o programador, órdenes que la máquina tendrá que cumplir, por lo que, si se orientan al bien común, no hay por qué temer nada.

Pero hay algo cierto en que conquistan terreno humano, por ejemplo, las pantallas han sustituido el contacto humano.

Es cierto, sin duda, el uso de las pantallas nos conduce hacia una realidad más negativa, menos sociable, con menos presencia de los otros, se ve en los principales informes que recogen las cifras anuales de este tipo de consumo (que, por cierto, desmienten ese prejuicio de que los más jóvenes son los que están más enganchados, ya que la media de edad son los 42 años; jóvenes, sí, pero no tanto). Sin duda, la IA incrementará el uso de las pantallas cada vez más, están diseñadas para eso, para retenernos delante de ellas cuanto más tiempo mejor, de manera que les proporcionemos mucha información, ya que, cuanta más información damos, más capital obtienen las compañías. La información es el capital del siglo XXI. Pero no olvidemos que quien decide estar delante de las pantallas somos nosotros, nadie nos obliga a hacerlo.

Pese a su luminosa mirada sobre la IA, lo cierto es que los algoritmos nos controlan mucho más y mejor que cualquier panóptico ideado por Foucault…

Hay un fondo de verdad en esto que dices, pero se vuelve a obviar un componente muy importante de la ecuación: la voluntad humana y el sentido de la responsabilidad de esa voluntad. Es verdad que estos dispositivos están diseñados para que pasemos mucho tiempo en ellos, pero frente a eso, somos nosotros quienes elegimos pasar ese tiempo ahí, podríamos negarnos si retomáramos el control de nuestra voluntad. Sí, hay un control muy poderoso sobre cada uno de nosotros al usar las pantallas, pero la responsabilidad de hacer un uso razonable de esas plataformas en el día a día es nuestra.

«La máquina no opera por sí sola, depende de las órdenes de su creador o programador»

Que no haya, a día de hoy, inteligencia artificial inteligente (esos cerebros positrónicos, que llamaba Asimov) no significa que no la haya en un futuro. ¿Eso qué supondría?

No lo sé. De hecho, no hay manera de saberlo, es el problemón que plantea la IA; como el propio término, inteligencia artificial, es ficción, no existe tal cosa, no hay ninguna IA que sea inteligente, no sabemos qué ocurrirá, si ocurre algo en ese sentido que apuntas. A día de hoy, hay máquinas que saben hacer determinadas tareas, tareas muy concretas, más o menos inteligentes, pero no hay una sola máquina con una inteligencia completa, ni por ahora parezca que vaya a haberla. El término IA es ficticio y engañoso, pero toda apuesta sobre mayores es inventada. Pienso en Nick Bostrom y su libro Superinteligencia, que trata de dar una respuesta filosófica utilizando argumentos de ciencia ficción. Sus tesis, que son meras especulaciones de ficción, se presentan como posibilidades reales, y no lo son. No hay manera de saber qué pasaría si algo así fuera posible. Si nos vamos a la obra de Asimov, esta posibilidad deriva en dos mundos viables, uno en el que el ser humano, frente el surgimiento de la superinteligencia, no cede ante la máquina, sabe establecer diferencias respecto de ella y da al ser humano la importancia que merecen sus cualidades; y otro que presenta un mundo en el que el hombre considera a la máquina como un igual, equiparables, y eso hace que el humano se vaya relajando y delegando sus funciones en ella aunque, en ningún caso, las hará como un ser humano. Dos mundos, dos posibilidades que animan al público a leer a Asimov.

¿Por qué asegura en el libro que estamos «en un mundo que quiere ser cada vez menos humano»?

Lo menciono por el hecho de que estamos viviendo grandes tensiones sociales, políticas, que podrían provocar un olvido de aquello que podría salvarnos: la dimensión cultural, la cooperación, el hacer las cosas juntos. Este momento no es nuevo, a lo largo de la Historia hemos visto encrucijadas más o menos similares. Estamos en un momento de transformación y cambio, y en estos momentos es cuando corremos el riesgo de perder el rumbo por completo. No podemos olvidar lo verdaderamente relevante para la humanidad: las relaciones personales, el diálogo, el respeto incluso en las diferencias, la amistad, la fe y amor. Sé que esto parece no tener que ver con la IA, pero estas máquinas nos ofrecen, de algún modo, la oportunidad para que caigamos en la cuenta de lo que supone la máquina frente al ser humano y cómo el ser humano tiene unas cualidades, unas habilidades, unas riquezas que la máquina no tiene y, a lo mejor, viéndonos en ese espejo de la máquina, podamos reivindicar lo bueno que tiene el ser humano, y recuperar todas esas cualidades que te he mencionado y que parecen estar devaluadas. Superemos ese discurso de que las máquinas no van a esclavizar, a quitar el trabajo, etc. El ser humano puede perderse a sí mismo si no recupera lo importante que hay en él. Es un momento perfecto para rescatar la gran pregunta: qué es el hombre.

«A lo mejor, viéndonos en ese espejo de la máquina, podamos reivindicar lo bueno que tiene el ser humano»

Uno de los resquemores es que la IA reducirá el empleo (usted lo aborda en el ensayo, lo acaba de mencionar); nos dicen que creará nichos de mercado, pero son muy inferiores cuantitativamente y exigen una preparación que no todos se pueden permitir. ¿Qué hay de cierto en esto?

No hay duda de que la llegada de una tecnología como la IA, con el potencial que tiene para intervenir en tareas humanas, tiene un impacto enorme en el mundo de trabajo; habrá trabajos que se transformarán, pero esta situación tampoco es nueva en la Historia, miremos y recordemos las grandes revoluciones industriales, donde otras máquinas transformaron ya la esencia y operatividad del trabajo. No quiero ser frívolo en absoluto, pero esto que se cuenta respecta de la IA, ¿será tan dramático? Creo que no, la profesionalidad de algunos empleos seguirá manteniéndose, siendo necesaria, habrá otros empleos que adquirirán mayor relevancia ante la llegada de la IA, como los relacionados con los cuidados (enfermería, docencia, cuidadores, etc.). No todo lo pueden hacer las máquinas. Sí, surgirán nuevas profesiones y habrá destrucción de empleo. Pero también podemos aceptar la llegada de la IA como una nueva oportunidad de preguntarnos cuál es nuestro verdadero rol en el trabajo. Hay quien dice que la IA será la tumba de profesiones como el periodismo o la docencia. ¿Quién puede creerse eso? Hombre, si resulta que el redactor se dedica a replicar la nota de prensa que le llega, sin añadir nada, sí, entonces eso lo puede hacer mucho mejor y más rápido la IA, pero la IA no puede hacerse las preguntas adecuadas, responderlas, relacionar distintas informaciones e interpretar otras. Lo mismo sucede con los profesores: si el docente repite la lección aprendida como un papagayo sí, para eso usemos la IA, pero la capacidad que tiene un profesor de originalidad, de sentido crítico, de contagiar a los alumnos la pasión por el saber, eso es irremplazable por parte de la IA. Hay que preguntarse quién soy yo en mi trabajo, y cuál es verdaderamente el rol que desempeño. La IA puede ayudarnos a reconectar con lo verdaderamente importante en nuestro trabajo.

¿La gratuidad y la libertad son las dos grandes diferencias entre humanos y máquinas?

En efecto, la IA, toda máquina en realidad, está mediada por un código, por las órdenes que el programador introduce en su dispositivo; la máquina puede despegar algún racionamiento muy limitado, pero siguiendo las directrices de las órdenes inculcadas. Será, por tanto, un razonamiento artificial, nunca natural ni libre, algo que solo compete al humano. Esta diferencia lo cambia todo con respecto de la naturaleza de la máquina y de la persona.

Con una técnica cada vez más avanzada, el transhumanismo deja de ser una aspiración futurista para asentarse como una realidad cada vez más cotidiana. Sin ánimo agorero, ¿estamos en el fin de la raza humana para inaugurar otra distinta?

Absolutamente no, no hay nadie que pueda dar una respuesta afirmativa a esa pregunta basándose en otra cosa que no sea ficción o ideología. Confiemos en la ciencia, que conoce la inteligencia artificial desde los años 40, y su evolución en ningún momento ha dado pie a pensar que algo así pueda ocurrir. No, ni remotamente es posible asegurar que pueda surgir un robot o humano mejorado con dispositivo que originen una nueva raza, y menos que nos suplanten. Algunos defensores del transhumanismo y poshumanismo han hecho pasar por ciencia criterios que son ideología pura y dura. Detrás del transhumanismo, no olvidemos que también hay mucho negocio, hay libros que venden muchos ejemplares, hay charlas, congresos… al fin y al cabo, el discurso catastrofista impresiona, entra muy bien en los medios de comunicación y en pensadores que quieren atraer para sí la atención, pero todo ello es humo ideológico y ficción.

 

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