Derechos Humanos

La memoria de la tierra

Se ha producido una emigración forzada masiva de armenios dejando atrás siglos de presencia, cultura y arraigo con su tierra, Artsaj.

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13
mayo
2024
Embalse de Sarsang, la masa de agua más grande de la región de Artsaj, República de Nagorno Karabaj, actualmente incorporada a Azerbaiyán.

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Escribe la ensayista María Stepánova: «La memoria es legado; la historia, escrita. La memoria se ocupa de la justicia; la historia, de la exactitud. La memoria moraliza, la historia saca cuentas y corrige el cálculo. La memoria es un asunto personal; la historia sueña con la objetividad. La memoria no se basa en el conocimiento, sino en la experiencia: el sufrimiento y los sentimientos compartidos, el dolor ensordecedor que requiere atención inmediata». (Stepánova, M., En memoria de la memoria, Acantilado).

Falta memoria crítica cuando ocurren escabechinas contra los armenios, la de hace un siglo o la de hace pocos meses. Este pueblo casi desapareció del planeta en 1915 como ocurre con los recuerdos en una mente amnésica. Se han desvanecido como los dulces sueños las voces en defensa de los derechos humanos globales dejando en el olvido que el pasado septiembre 120.000 armenios de Artsaj (Nagorno Karabaj) fueron expulsados de sus casas, usurpados sus campos, prohibidos sus colegios y demolidas sus iglesias bajo la amenaza de ser exterminados por su vecino oriental, Azerbaiyán.

Los armenios de Artsaj tuvieron 24 horas para decidir qué llevarse como recuerdo para el resto de su vida

Este éxodo masivo produjo una crisis humanitaria de refugiados que llegaron de golpe y por una sola carretera hasta la vecina República de Armenia. Los armenios tienen grabado en su ADN la masacre que exterminó a 1,5 millones de los suyos hace un siglo en Anatolia en manos de los Jóvenes Turcos. Esta vez no había lugar para la duda. Ante el constante hostigamiento violento y amagos de ser borrados del mapa de nuevo se ha producido una emigración forzada masiva de armenios dejando atrás siglos de presencia, cultura y arraigo con su tierra, Artsaj. Parece que las matanzas contra los armenios es una especie de fantasma familiar que cruza de generación en generación y no puede abandonar el cuerpo del pueblo armenio.

Cuando a uno le amenazan con prender fuego a su casa y debe elegir qué meter en la maleta y qué no, podría incluir algunos enseres como una chaqueta, el cargador del móvil, un peine, la alianza o el retrato del abuelo. Los armenios de Artsaj tuvieron 24 horas para decidir qué llevarse como recuerdo para el resto de su vida. Muchos dejaron atrás incluso documentos de identidad, certificados médicos, el pasado completo para empezar de nuevo en otro país. La memoria no cabe en un macuto, pero se puede transportar en el recuerdo popular y transmitir como legado a las futuras generaciones, que ya crecen en otra tierra. La memoria solo existe cuando queda atrás, la conexión humana con la tierra salta de lo físico a lo metafísico.

Durante varios meses previos a la amenaza de genocidio, Azerbaiyán cortó toda comunicación entre el territorio de Artsaj y República de Armenia, dejando sin víveres ni suministros médicos a 120.000 personas. Se cortó en repetidas ocasiones la luz, el gas y la conexión a internet aislando Artsaj de Armenia y del mundo. Nadie alzó la voz, se legitimó la incitación al genocidio. Tras varios meses de asfixia, Azerbaiyán pasó a la ofensiva y obligó a todos los armenios a huir de sus pueblos y aldeas en pocas horas bajo amenaza de exterminio.

Cuando el hambre y el miedo se apoderan de una comunidad entera, dos reflejos secuestran el cerebro humano: huir o luchar. A falta de armas frente a un ejército azerí superior apoyado por Turquía y Ucrania con opciones nulas de ganar, la única solución fue dejar su país para salvar sus vidas. Cuando alguien es expulsado de su tierra, la memoria se convierte en refugio cuando duele y en patria cuando se espera el regreso.

Cuando el hambre y el miedo se apoderan de una comunidad entera, dos reflejos secuestran el cerebro humano: huir o luchar

La sociedad internacional, exquisita sobre sus condenas dependiendo de quién es la víctima, miró hacia otro lado en septiembre 2023 como tantas naciones lo hicieron durante las matanzas contra armenios entre 1915 y 1922. La sociedad internacional y la opinión pública en defensa de los derechos humanos universales alzaron la voz poco, mal y tarde. No se vieron manifestantes vociferando en la calle, ni se izaron las banderas de Artsaj en las plazas públicas o en los ayuntamientos de Europa ni de Estados Unidos. Las ventanas de los Estados que observaron el éxodo de 120.000 armenios se cerraron y quedaron del lado del crimen. Entre aquellos que divisan el mal y no se pronuncian contra él se encuentra España, que sigue sin reconocer el genocidio contra los armenios de 1915. La falta de reconocimiento por parte de las democracias sólidas es la mejor fórmula para que la historia se repita.

Armenia ha abierto sus fronteras a todos los armenios de Artsaj. Cruzaron la frontera y se asentaron en la ciudad de Goris durante semanas. De ahí se han ido reasentando en diferentes pueblos y ciudades, sobre todo en Ereván, la capital. Solo unos 20.000 han encontrado un salvoconducto para huir hacia Rusia y otros países. En Artsaj solo ha quedado un centenar de personas que por edad avanzada y su mal estado de salud han decidido pasar el resto de sus días en su país.

Según Aram Simonyan, de Médicos del Mundo en Armenia, «volver a Artsaj es más un deseo que una esperanza. Creo que en el futuro próximo no será posible». Simonyan trabaja como movilizador de recursos y tiene el gran reto de integrar a los refugiados que han llegado a Armenia con lo puesto y algunas bolsas. Necesitan ayuda física, material, médica y apoyo emocional.

La asimilación salva del linchamiento que provoca la diferencia y obliga a que el pasado solo sobreviva en la memoria

A pesar de que étnica y religiosamente son el mismo pueblo armenio, las diferencias culturales, la lengua y el modo de pensar difieren. Eso dificulta la transición para emprender una nueva vida y asimilarse a los locales. El gran problema que trae consigo la asimilación es la pérdida de identidad individual y de grupo, la desaparición progresiva de particularismos culturales, dejar atrás o incluso de lado, las costumbres arraigadas durante siglos. La asimilación salva del linchamiento que provoca la diferencia y obliga a que el pasado solo sobreviva en la memoria como un vasto mapa de conexiones neuronales compartidas, la tierra, las casas, las plazas y los cultivos no existen más.

Simonyan presta apoyo en el área de la salud mental de los niños, los más vulnerables en un conflicto armado o en un éxodo masivo como este. «A los niños no les quitamos la esperanza de volver a Artsaj. Les ayudamos a que sientan que ahora están aquí, que conecten con la realidad de Armenia, que la vida todavía continúa a pesar de haber dejado todo atrás. Trabajamos el concepto de la memoria enfocándonos en que sientan que la tierra todavía sigue ahí. Que sigan luchando por volver a casa».

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