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«Tener casi treinta mil muertes significa tener casi treinta mil fallos»

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28
May
2020
María Neira

En medio de una crisis sanitaria sin precedentes se alza, tambaleante, la figura de la Organización Mundial de la Salud. En el punto de mira por su actuación durante la crisis del coronavirus, la organización sufre ahora también las tensiones propias de la geopolítica. María Neira, directora del Departamento Salud Pública y Medio Ambiente de la Organización Mundial de la Salud, analiza las respuestas de los últimos meses y reflexiona sobre ese futuro tan cercano como incierto.


Alcanzar la inmunidad de grupo sin una vacuna es algo que no se contempla a corto plazo, según el ministro de Sanidad, Salvador Illa. De acuerdo con los últimos informes, actualmente solo un 5% de la población española parece haber desarrollado anticuerpos. ¿Realmente debemos aferrarnos a la esperanza de que llegue una vacuna que, en condiciones normales, puede tardar casi una década en desarrollarse?

Sí, la inmunidad de grupo en estas circunstancias no parece alcanzable. Ni siquiera creo que vaya a ocurrir en Suecia, donde parecía que se iba a llegar a unos porcentajes mucho más altos que aquí. Respecto a las vacunas, es cierto que normalmente tardan muchos años, pero en esta tenemos ya parte del camino recorrido por las anteriores [SARS y MERS]. También es verdad que nunca habíamos contado con tres elementos fundamentales: los recursos materiales –que ahora son extraordinarios–, la voluntad política y la presión de los ciudadanos y, una buena coordinación científica. Estos componentes están acelerando el desarrollo de la vacuna, lo que no quiere decir que la podamos dar por hecha, ya que, por ejemplo, también llevamos buscando durante años la vacuna del SIDA. En este caso, eso sí, parece que podría ser un objetivo alcanzable (o probable) en, aproximadamente, algo más de un año.

¿Este rápido desarrollo significaría sacrificar cierto grado de seguridad?

No, en ningún caso se va a saltar ninguna etapa. Lo que sí es cierto es que hay procesos de carácter administrativo o burocrático que se pueden acelerar. También hay pasos que se dan a posteriori que ya los estamos intentando adelantar. Pero es impensable saltarse pasos, ya que pondría en riesgo a la población y eso, desde luego, en ningún caso sería ético o aceptable.

Michael Ryan, director ejecutivo del Programa de Emergencias Sanitarias de la OMS, llegó a hablar de la posibilidad de que el virus se estableciese durante largo tiempo en nuestras comunidades, ¿cómo cabe imaginar el futuro?

Mike decía que es una opción: no sabemos qué escenarios nos vamos a encontrar en el futuro, pero ciertamente una de esas situaciones es la posibilidad de que el virus se vuelva endémico, como el virus estacional de la gripe. De hecho, no hay que olvidar que la gripe estacional causa grandes bajas y mucho daño en la sanidad. Tener otro virus más de esta clase sería muy poco deseable, por lo que tenemos que seguir intentando contener y suprimir el virus; ponérselo muy difícil para que no consiga sobrevivir.

«Las vacunas tardan mucho en desarrollarse, pero con esta tenemos parte del camino recorrido por el SARS y el MERS»

Asturias, que cuenta con una de las menores tasas de incidencia de coronavirus en España, se alza como uno de los mejores ejemplos a nivel nacional, e incluso podríamos decir europeo, de cómo contener los contagios. ¿Se debe a su fuerte apuesta por los equipos de rastreadores para la detección precoz de nuevos casos?

Creo que se deben a varios factores. Tampoco cabe juzgarse de manera excesivamente positiva, ya que nos engañaríamos si no contásemos con factores que también han ayudado a protegerse, como el geográfico, que tiene un menor número de conexiones, viajes e intercambios y, por tanto, una capacidad mayor de aislamiento. Sin embargo, efectivamente, sí que se hicieron muchas cosas bien y creo que eso depende también de los equipos con los que cuentes: quién toma las decisiones, cómo se comporta la población… En un lugar en el que teóricamente las previsiones no eran buenas por las condiciones meteorológicas y por tener una población muy envejecida, las cosas han salido relativamente bien. Aquí es donde se demuestra el nivel de preparación y de respuesta, que seguramente fue bastante adecuada. Por ello, vale la pena estudiar este caso de cara a hacerlo mejor de cara al futuro.

En contraste, España es uno de los países con mayor número de fallecidos por habitante. ¿Estábamos especialmente mal preparados? Me pregunto si es un problema de años y años de recortes.

Es cierto que tener casi 30.000 muertes significa tener casi 30.000 fallos, en el sentido de vidas que se hubieran querido evitar una por una. Aquí hay muchos factores y uno de ellos es la curva demográfica, tanto para España como para Italia. Otro es la cultura, que es incomparable con la de Alemania, donde no tienen el mismo estilo de vida que tenemos nosotros; ni siquiera el mismo estilo de vida familiar, muy mezclado en un sentido intergeneracional. Además, en España e Italia el brote no se produjo de manera simétrica, sino que los mayores brotes se produjeron sobre todo en aquellas regiones donde la densidad de población es muy importante.

Como en Madrid.

Efectivamente. En el caso de las residencias de ancianos, por ejemplo, debería haber habido un mapa clarísimo de dónde estaban, en manos de quién, de cómo protegerlos, qué personal estaba al cargo… Son muchas cosas que a posteriori son fáciles de percibir. Esto es algo que en un posible próximo brote hay que evitar a toda costa. Pero estamos hablando ya de ciudades que no solo cuentan con una gran densidad de población, sino también con una gran movilidad de la misma y done hay un considerable porcentaje de población con enfermedades crónicas, así como altos niveles de contaminación y de mala calidad del aire, que es importantísima.

¿Se refiere al estudio de la Universidad de Harvard sobre la relación entre la calidad del aire y la mayor capacidad de supervivencia?

Bueno, en la OMS no establecemos todavía esta correlación causal que se hace Harvard, creo que todavía hace falta más estudio. Hacemos una correlación en el sentido de que las ciudades con mayor contaminación parecen ser también ciudades con un gran número de casos de coronavirus. No hacemos, sin embargo, una correlación del aumento de mortalidad por COVID-19; no lo negamos, pero tampoco tenemos datos para demostrarlo. Lo que sí está claro es que para el futuro debemos aprender que un aire limpio reduce nuestras probabilidades de ser vulnerables a epidemias de carácter respiratorio. Evidentemente, tener unos pulmones afectados por la constante exposición a la contaminación no nos va a favorecer. Uno de los factores para esta recuperación que prevemos en el futuro tiene que ver con un descenso de la contaminación; se tiene que dar sí o sí.

María Neira

¿Podríamos decir en cierto modo que esta pandemia se presenta como una «oportunidad» para impulsar una suerte de Green New Deal global?

Me alegra que me hagas esa pregunta porque justo vamos a lanzar el Manifesto for a Healthy And Green Recovery que aboga por una recuperación saludable y verde. Evidentemente, proponemos varias prescripciones de salud y una de ellas es la lucha contra la contaminación en general, pero principalmente la del aire. Pretendemos crear una especie de muros verdes de protección para nuestros pulmones, para nuestra salud. Esto es algo que tiene que entender la gente: cuidar el medioambiente no es una cuestión de activistas fanáticos, sino una cuestión de salud. Sino nos llevamos mejor con los ecosistemas y la biodiversidad, el precio al final lo vamos a pagar nosotros. Los combustibles fósiles deben volver a ser lo que son: fósiles.

«Cuidar el medioambiente no es cuestión de activistas fanáticos, sino una cuestión de salud»

Pensaba también en la reestructuración de las ciudades con una visión más humana, como ya ocurrió en el pasado tras otras epidemias, como la del cólera.

Está claro que las metrópolis gigantescas y deshumanizadas no son buenas ni para la salud mental ni física de las personas. En el futuro habrá que apostar por ciudades que sitúen a las personas en el centro y lograr que tengan una menor densidad de población. Esto último es un aspecto clave: en países como Australia, por ejemplo, no han tenido apenas casos de coronavirus, en parte, porque la gente vive muy distanciada. La energía que vamos a usar también va a ser otro de los aspectos fundamentales: hay que parar los combustibles sólidos.

¿Podría haber una segunda oleada de casos?

Prefiero no hacer predicciones, aunque es cierto que hay varios escenarios: puede haber un repunte controlado, una segunda oleada fuerte o nada de eso…. Eso sí, debemos tener mucha prudencia y ponernos en la peor de las situaciones para, así, estar completamente preparados. Hay que seguir concienciando a la población para que tomen medidas de distanciamiento social e higiene y impulsar un sistema de vigilancia epidemiológica potentísimo. Casi un olfato especial, por así decirlo. Estas son las dos únicas certezas que tenemos.

En relación a España, Fernando Simón afirmó el 31 de enero que el país no tendría más allá de algún caso diagnosticado, a pesar de que un día antes, la OMS había declarado la emergencia de salud pública internacional. ¿Se actuó tarde?

Es fácil hacer epidemiología de diseño, a posteriori, pero hay que recordar dónde estábamos el 31 de enero. Cuando la OMS declara esa alarma, que es el nivel máximo, es porque está pasando algo muy grave en China y hay que dar la alerta a nivel global: hay un virus nuevo y sabemos pocas cosas de él. Advertimos que había que prepararse, pero cuando hicimos eso, fuera de China había 82 casos notificados y ninguna muerte. Entonces, claro, es fácil juzgarlo a posteriori, pero estaría bien ponerse en los zapatos de la persona que tiene que tomar las decisiones. Imaginemos ahora que el 1 de febrero Fernando Simón o su equivalente en cualquier otro país hubiera pedido a la población que se confinase estrictamente en sus casas durante 2 meses. Creo que nadie hubiera seguido estas directrices porque, de hecho, creo que ni siquiera estábamos preparados psicológicamente. Lo que sí se puso en marcha entonces fue el sistema de vigilancia epidemiológica para ver si había casos importados y, a su vez, si estos casos daban lugar a una transmisión comunitaria. Todos estos protocolos se siguieron adecuadamente, pero si no se preparó toda la cantidad el material sanitario que se ha necesitado es porque no había casos. También es cierto, además, que en Europa no hay tradición ni experiencia en este sentido.

No como en Corea del Sur, por ejemplo.

Los que hemos trabajado con brotes de cólera y otras muchas epidemias en África sabemos que uno toma unas decisiones muy rápidas basadas en retirar a los pacientes del hospital, en levantar hospitales de campaña rápidamente… es decir, una clase de cosas que en Europa eran impensables hasta ahora. Recuerdo ver las imágenes de ciudades chinas vacías en enero y cómo todos pensábamos que esas medidas tenían que ver con el régimen político imperante en China. Pensábamos que eso sería absolutamente inaceptable en Europa y, sin embargo, dos meses después los propios países europeos las pusieron en marcha de una manera tan rígida y estricta como en el país asiático. Finalmente, creo que también hay otro elemento: nadie pensaba que los países con más recurso fuesen a tener ese problema; parecían problemas de países donde los sistemas sanitarios son muy precarios y hay una amplia falta de higiene. En definitiva, a posteriori, todos habríamos querido confinarnos mucho antes, pero antes nadie habría colaborado: ni los políticos, ni la sociedad, ni la economía.

También se han dirigido críticas a la Organización Mundial de la Salud por lo que muchos consideran errores, como la negativa a restringir los viajes aéreos, o por una actuación aparentemente tardía. El 8 de febrero es la primera vez que los expertos de la OMS consiguen trabajar sobre el terreno en China.

Para entonces ya se había declarado la emergencia, por lo que la alarma ya estaba dada. Imaginemos, incluso, que China hubiese retrasado la notificación… cuando Estados Unidos dice que se ha perdido tiempo hay que tener en cuenta que ellos tomaron las medidas dos meses después. Aunque se hubiesen conseguido un par de semanas de anticipación, no sé cuánto cambiaría esto la capacidad de respuesta. Aún así, todo esto va a ser investigado, va a haber una evaluación cuando termine la crisis y va a ser, como siempre, rigurosa y neutra. De nuevo, todos vimos esas imágenes dantescas en la televisión, incluyendo los hospitales construidos de forma exprés. No sé si China quiso esconder algo, pero si así fue, lo hizo muy mal, desde luego.

«A posteriori, todos habríamos querido confinarnos mucho antes, pero antes nadie habría colaborado»

¿Entonces considera hay cierto interés geopolítico por parte de ciertos países en echarse las culpas o diría que se han cometido errores?

Seguramente todos hemos cometido errores, pero no quiero anticipar nada de lo que dé la auditoría. ¿Qué tenía que haber hecho la OMS el 31 de enero para que la alarma sonase todavía más grave y dramática? Lo cierto es que no lo sé, porque no podíamos decirles a los países que hiciesen lo que había hecho China. Solo podíamos decir que extremasen la vigilancia. El confinamiento masivo, de hecho, nunca se ha propuesto en la historia reciente; es una medida muy excepcional que venía mezclada con una demanda social, una presión mediática y un fuerte componente geopolítico cada vez más evidente.

Es posible que la gente busque culpables, pero la propia OMS, sin embargo, no parecía percibirse tampoco el peligro que podía llegar a tener el COVID-19. Un ejemplo de ello es que el 28 de enero usted misma afirmó en Onda Cero que «un ciudadano español no tiene ninguna razón para alarmarse por el coronavirus».

En ese momento seguramente me parecía así: supongo que me preguntaron si nos iba a pasar como en China y dije que no… aunque sí terminó ocurriendo así. Pero hay que recordar que, en enero, aún no había ningún caso ni transmisión local. La gente debe entender que las cosas van evolucionando: el virus no fue siempre una pandemia. Al principio fueron una serie de casos, después fue un brote y tras esto, una transmisión sostenida, un brote más grande que después salió de un país y se transformó en una pandemia. Hay una evolución: en ese momento en enero no había, o no teníamos, constancia de que había casos de infección por coronavirus en España. Recuerdo hablar con mis compañeros italianos y oír sus comentarios acerca de que España aún no tenía suficientes casos de transmisión comunitaria. Creo, si me permite decirlo, que la evolución del virus en Europa fue muy sibilina.

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