Breviario de la nueva normalidad

La crisis servirá para que muchos medren y otros, probablemente los más desfavorecidos, pierdan. La lotería del coronavirus es así, aunque no debería: la pandemia, que nos iguala a todos en la enfermedad, tendría que mutualizarnos en la salud.

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29
Abr
2020
nueva normalidad

La prosperidad económica no está siempre acompañada de un paralelo progreso social, dicen los sabios, y lo constatamos en la realidad de cada día. Occidente se abandonó en manos de Oriente, le traspasó el riesgo y la pandemia ha venido a confirmar que no lo estábamos haciendo bien. Esa es una de las severas críticas que, desde sus inicios, ha recibido la globalización. Sus opositores –que son multitud, y creciendo– ponen de relieve que, más allá del indudable progreso humano y a pesar del llamado desarrollo, la brecha entre los países pobres y ricos se está haciendo cada día más ancha y más profunda, hasta el punto de que, más que brecha, parece una insondable sima.

La paradoja es que lo sabíamos, pero no éramos capaces de ponerle remedio. O no queríamos, vaya usted a saber. Zygmunt Bauman nos avisó cuando decía que «el poder no lo controlan los políticos, y la política carece de valor para cambiar nada». Ahora nos golpea con violencia inusitada el COVID-19, muy duramente a los países más avanzados, dejando un rastro inagotable de muertes, enfermedad, dolor y ruina en todo el planeta. El panorama es sombrío y, digo yo, alguna responsabilidad le cabe a China, al primer mundo, a los organismos supra e internacionales, a los países más ricos y a sus gobernantes; a algunos mandamases empresariales y a todos los políticos –y también a los ciudadanos– en este despropósito sin nombre que atenaza a toda la Tierra y por el que todos deberíamos entonar el mea culpa. Aunque, dicho sea de paso, unos mucho más que otros, porque para eso se inventaron la responsabilidad y las cuotas.

¿Cómo será la llamada nueva normalidad cuando la pandemia se controle y no hayan aparecido todavía medicamentos que nos curen o vacunas que nos protejan del virus? Nadie lo sabe, digan lo que digan los opinadores y todólogos que semana tras semana, sucesivamente, han pontificado en todos los medios –virtualmente, eso sí– como avezados virólogos, masters en política sanitaria, destacados médicos intensivistas, expertos en pandemias, confinamientos y desescaladas. Ahora, dentro de unos días, lo sabrán todo sobre la nueva normalidad y seguirán apareciendo en púlpitos mediáticos –redes incluidas otra vez– desde los que nos ilustrarán, sin avergonzarse de su ignorancia, sobre cómo hay que hacer las cosas y reconstruir las economías.

«Aunque se generalicen unas nuevas prácticas sociales, no serán suficientes para comprender la realidad social que nos va a tocar vivir»

Como uno no es sabio ni todólogo, déjenme que me atreva a divagar sobre esa nueva normalidad que se avecina, un relato que estamos construyendo entre todos, y que estará constreñida por el miedo, que es libre y se expande tanto como el coronavirus. Parece evidente que, hasta que no existan medicamentos eficaces o vacunas salvadoras, seguiremos teniendo miedo al propio miedo, singularmente aquellas personas que integran grupos vulnerables y de riesgo, y que han sufrido esa sensación de angustia y desconfianza con enorme intensidad. Inexcusablemente, habrá que invertir mucho en salud y dotar de medios a la Sanidad Pública, y tendremos que aprender a mantener la llamada distancia social y a lavarnos frecuentemente las manos con agua y jabón, a observar la etiqueta respiratoria –toser o estornudar protegiéndonos con el codo–, a mantener una higiene adecuada en nuestros hogares, usar mascarillas y cumplir medidas de protección y desinfección en ámbitos laborales o de recreo. La constatación de esas prácticas sociales, aunque se generalicen, no será suficiente para comprender la realidad social –la nueva normalidad– que nos va a tocar vivir y no sé si disfrutar en el futuro. Al fin y al cabo, como decía Kant, el conocimiento parte de la experiencia, pero no surge todo de ella.

Encaramos un porvenir que, durante algún tiempo, va a ser muy duro en lo económico, ya que se disparará la deuda y caerán las cuentas públicas. McKinsey ya nos avisa de que la crisis del coronavirus es un acontecimiento que está cambiando el mundo y se atreve a pronosticar que casi 60 millones de empleos están en riesgo en Europa. Además, aconseja a los líderes empresariales lo que deberían hacer y saber para salir de la crisis –ser más resilientes y eficientes, cambiar estructuras empresariales, adaptarse a los cambios del mercado y a las necesidades de proveedores y consumidores, más trabajo y minutas para las consultoras– y, entre otros pronósticos, también apunta la certeza de que habrá una mayor intervención del Gobierno en la economía. Me temo que, como tantas otras veces, la pandemia y sus apéndices servirán para que muchos medren, corrompan y ganen mucho dinero. Otros, probablemente los más desfavorecidos, perderán, porque la lotería del coronavirus es así aunque no debería serlo. La pandemia, que nos iguala a todos en la enfermedad, tendría que mutualizarnos en la salud.

Como decía Churchill, harán falta sangre, sudor y lágrimas para superar la crisis económica, además de mucho trabajo, mucha ayuda estatal y muy generosa de los organismos internacionales. También una buena dosis de solidaridad, más necesaria que nunca para que no se cumpla aquello que nos dijo Edgar Morin: «El desarrollo ha creado nuevas corrupciones en el seno de los Estados, de las Administraciones y de las relaciones económicas; ha destruido la solidaridad tradicional sin crear otra que la sustituya y, como resultado, se han multiplicado las soledades individuales». Y no sé si pasado un tiempo, cuando haya vacunas y medicinas fiables, volveremos donde solíamos porque, humanos al fin, nihil novum sub sole: nada hay nuevo bajo el sol.

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