Economía

Thomas Piketty: ideas para resetear el sistema

Debemos tejer una gran alianza global basada en la cooperación que sirva, de verdad, para reducir esas desigualdades que ponen en jaque al sistema. Esa es la tesis que recorre las páginas de ‘Capital e ideología’ (Deusto), la nueva obra del economista francés Thomas Piketty, con quien Ethic, junto a un grupo de periodistas, tuvo la oportunidad de charlar con motivo de la presentación de su libro en el Institut Français de Madrid.

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Manuel Braun

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Carla Lucena
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17
Feb
2020
Thomas Piketty

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Manuel Braun

Ilustración

Carla Lucena

Francia. Diciembre de 2019. El pulso entre sindicatos y el Gobierno galo por la reforma del sistema de pensiones pone en jaque toda la red de transportes del país. «Siento mucho el retraso, pero ya sabéis cómo están los aeropuertos ahora mismo…», se disculpa Thomas Piketty (Francia, 1971) que llega al Institut Français de Madrid en una visita fugaz tras más de una hora de espera para subirse al avión en París. Los flashes de los fotógrafos –ansiosos por retratarlo antes de que comience su encuentro en petit comité con una veintena de periodistas–, generan unos breves minutos de tensión. Superada su incomodidad con las cámaras, exacerba- da más aún por las prisas, el rockstar de la economía –como lo ha definido The Guardian– procede a tomar la palabra e ir al grano: «Para abordar los problemas del presente tenemos que hacer una reflexión histórica sobre las desigualdades e injusticias originadas por los distintos regímenes». Piketty –quien hace cinco años rechazó la Legión de Honor que otorga el ejecutivo galo por la incongruencia que veía en que un gobierno decidiese quién es o no honorable–, habla de economía más allá de los números, de lo micro y de lo macro. «Para mí, se trata de una ciencia social y moral, pero no la tratamos como tal. No estamos intentando enviar un cohete a la luna: la economía debería ser simple y los historiadores, los politólogos y los sociólogos han de trabajar mano a mano con los economistas», dice tras disculparse por su pronunciado acento francés.

De esa visión tan particular de lo económico que tiene Piketty emana su último y extenso libro, Capital e ideología (Deusto), que se perfila como un hito en la nueva narrativa sobre la desigualdad económica, social, intelectual y política en el mundo. Más de mil doscientas páginas que detallan e ilustran, según su autor, «la historia de los sistemas de justificación y de estructuración de la desigualdad social, desde las sociedades trifuncionales y esclavistas antiguas, hasta las sociedades poscoloniales e hipercapitalistas mordernas». Si para Engels y Marx la historia de todas las sociedades era la historia de la lucha de clases, para Piketty sería la lucha de las ideologías y la búsqueda de la justicia. «El discurso meritocrático y empresarial es, a menudo, una cómoda manera de justificar cualquier nivel de desigualdad por parte de los ganadores del sistema económico actual, sin siquiera tener que someterlo a examen, así como de estigmatizar a los perdedores por su falta de méritos, de talento y de diligencia», explica el profesor de la Paris School of Economics, que también recalca la peculiaridad de los sistemas económicos actuales, que ponen en el centro de la diana a las personas más vulnerables. «La culpabilización de los más pobres no existía o, al menos, no con esta magnitud, en los regímenes desigualitarios del pasado», explica, y concluye que el aumento de la desigualdad es la gasolina que alimenta los conflictos y, para él, no sería ni económica ni tecnológica, sino ideológica y política.

«Podemos demostrar que hay otra forma de pagar impuestos y de redistribuir riqueza»

Este ensayo histórico-económico desmonta el relato del capitalismo puro para acercarnos a una propuesta, basada en un nuevo socialismo económico que viaje de la mano del federalismo global. A tal conclusión llega tras vislumbrar, con su estudio, una realidad en la que apenas se ha puesto el foco: desde finales del siglo XIX y hasta mediados del XX, las desigualdades a nivel mundial empezaron a reducirse de manera considerable, hasta que se impuso el nuevo modelo económico implantado por Reagan. «Fue un fracaso absoluto que ha derivado en la agitación política y la frustración económica actual en Estados Unidos y Gran Bretaña», mantiene Piketty, que recuerda cómo su onda expansiva repercutió en el resto de países, se implantase o no el reaganismo. Tras ello, la década de los 80 marcó el resurgir de las diferencias sociales donde la caída del Telón de Acero «puso los cimientos para el auge de un hipercapitalismo excesivo», según sus palabras, produciéndose un movimiento ideológico completamente antagónico al comunismo que rompe con él de forma radical. Si, como asegura Piketty, la historia de la humanidad puede considerarse también la de la búsqueda de la justicia, «la alternativa al capitalismo de hoy sería el socialismo económico, pues se trataría de un sistema más justo alejado de los polos comunistas y capitalistas».

Tras la gran crisis de 2008 cuyos ecos aún resuenan, un nuevo movimiento en pro de la redistribución de la riqueza empezó a brotar. En la teoría que dibuja el economista galo, una pequeña chispa como esa podría encender la llama del cambio y la transformación total que, de forma sosegada, permitiría ir más allá y crear de cero ese nuevo sistema económico. «Estoy convencido de que es posible superar el capitalismo y la propiedad privada y construir una sociedad justa basada en el socialismo participativo y el federalismo social», asegura. Un proceso –el de repensar la economía de mercado tal y como la conocíamos hasta ahora– en el que estamos inmersos desde que la burbuja financiera explotara. Fue en ese momento cuando movilizaciones como Occupy Wall Street o el 15M pusieron sobre la mesa la cuestión de cómo redistribuir la riqueza que, trasladada a la teoría pikettiana, encontraría su homólogo en ese socialismo participativo que radica en «un sistema descentralizado que realmente permita a la ciudadanía participar en la toma de decisiones políticas y económicas».

«Unión dentro de la Unión» para una sociedad global

«La superación del capitalismo y la propiedad privada también pasa por organizar la mundialización de otra manera, con tratados de cooperación al desarrollo que giren en torno a objetivos cuantificados de justicia social, fiscal y climática, cuyo cumplimiento condicione el mantenimiento de los intercambios comerciales y de los flujos financieros», plantea Piketty. No en vano, su nuevo libro disecciona todas las paradojas de la desigualdad y las analiza poniendo el foco en cómo la globalización, unida al hipercapitalismo, las ha acrecentado.

Como ejemplo de ello, el autor recuerda que protestas como las que el año pasado tuvieron lugar en Chile, Líbano o Francia, «surgen de la sensación de que la globalización, que se suponía iba a ser buena para todos, tan solo beneficia a los que ya son poderosos». Los problemas a los que se enfrenta la humanidad han dejado de ser locales o nacionales para convertirse en mundiales y, por eso, el economista recupera un concepto que ya en 1989 proponía el jurista francés Vlad Constantinesco: el federalismo global, que se presenta como una solución basada en la cooperación de los Estados, que dejarían de competir entre ellos para avanzar de la mano, alejándose de esa corriente de pensamiento del todos contra todos. «Para problemas globales necesitamos soluciones globales. Por eso, las cumbres de las Naciones Unidas, a pesar de ser frustrantes y decepcionantes, nos dan una sensación de pertenencia que no tendríamos de otra manera», explica.

«No podemos firmar tratados internacionales que solo hablen de libre comercio: deben tener en cuenta los ODS, las emisiones reales y los impuestos»

«Es imprescindible repensar la organización de las relaciones entre países, porque lo que hemos venido haciendo ya no funciona. No podemos firmar tratados que solo hablen de libre comercio, sino que hay que tener en cuenta los Objetivos de Desarrollo Sostenible, las emisiones reales, los impuestos, y un largo etcétera», sostiene el francés. Alguien debe liderar ese cambio y, puesto que hoy Estados Unidos –buque insignia del capitalismo– no parece estar por la labor, el economista cree que podría ser un buen momento para que, como complemento al Green Deal, fuese la Unión Europea quien tomase las riendas de esta nueva era. «Si cambiamos la manera en que Europa entiende el sistema tributario, por ejemplo, podemos demostrar que hay otra forma de pagar impuestos y de redistribuir riqueza, y podremos exportar esa manera de entender la economía», asegura. Piketty apuesta por una «unión dentro de la Unión», en la que países como España, Francia, Alemania e Italia –aunque cualquier combinación podría servir– construyan unas instituciones propias con las que regulen un sistema económico e impositivo cien por cien común. «Nos hemos obcecado con una idea absurda: esperar a que haya una respuesta unánime y coordinada en toda Europa o en todo el mundo, y eso no va a ocurrir si nadie sirve como ejemplo», concluye.

Con esos mimbres, el federalismo global que defiende Piketty podría llegar a ser una solución también al problema de los nacionalismos. El economista pone de relieve cómo, en el caso de nuestro país, «la politización de la cuestión catalana habría sido totalmente distinta si la parte esencial de los impuestos pagados por las rentas altas catalanas alimentara a un presupuesto federal europeo, como es el caso en EE.UU.». En ese caso, según su razonamiento, para los independentistas, la salida de España tendría un interés limitado desde el punto de vista económico. «Si separarse de España supusiera seguir pagando los mismos impuestos, ¿habría independencia?», se pregunta Piketty.

El hilo que teje sus teorías es que la deconstrucción crítica de izquierdas y derechas –y del capitalismo a nivel mundial– son fundamentales para alcanzar un socialismo participativo real que construya una sociedad más justa e igualitaria. Para ello, Piketty apuesta por romper con el relato «propietarista, empresarial y meritocrático» dominante en las sociedades contemporáneas y que asume que «la desigualdad moderna es justa, puesto que deriva de un proceso libremente elegido en el que todos tenemos las mismas posibilidades de acceder al mercado y a la propiedad». Su libro se configura así como una reflexión crítica de los cimientos sobre los que se erige la sociedad en la que vivimos: «Todos obtenemos un beneficio espontáneo de la acumulación de riqueza de los más ricos, que son también los más emprendedores, los que más lo merecen y los más útiles», termina el economista. ¿O no?

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