Salud

¿Por qué comemos más cuando estamos estresados?

El apetito voraz que sentimos en las situaciones de agobio no se origina en el estómago, sino en la mente. Introducir rutinas y aprender a controlar la ansiedad es el primer paso para disociar la relación entre estrés y alimentación.

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30
Oct
2019
comida

Estás trabajando en un proyecto realmente importante. Le das vueltas a la cabeza día y noche e inviertes muchas horas para tenerlo todo terminado satisfactoriamente a tiempo. Estás más agobiado que de costumbre y, con frecuencia, viajas a la cocina para atracar la nevera. Parece que la comida alivia momentáneamente el estrés y la ansiedad. Pero, ¿de verdad lo hace? «El estrés está íntimamente relacionado con el instinto de supervivencia y nuestro cuerpo se confunde creyendo que comer es una manera de mantenernos a salvo», explica Rocío Lacasa, psicóloga experta en ansiedad y directora de Todo Sobre la Ansiedad.

Según los científicos, el ser humano está diseñado para la homeostasis –el proceso de autorregulación del cuerpo que nos lleva a mantener una relativa constancia de las propiedades y composición de nuestro organismo–, por lo que nuestro cuerpo «busca las maneras de compensar esta cascada de reacciones y comer es una de ellas», apunta Lacasa.

Por unas circunstancias o por otras, personales o profesionales, todos vivimos momentos en los que estamos más estresados, cansados, ansiosos, deprimidos o apáticos. En estas épocas, es habitual comer más, buscando en este acto una manera de relajarnos, distraernos y sentirnos mejor: es algo que nos hace sentir bien porque libera numerosos neurotransmisores, como la dopamina, que hace que disminuya la sensación de angustia generada por el estrés y la ansiedad.

Dentro de este impulso natural, hay ciertos alimentos –especialmente los altos en hidratos y grasas– que alteran la química corporal de forma que consiguen calmar el sistema nervioso a corto plazo. Pero a largo plazo, el estrés y la ansiedad siguen ahí. Y, cuando el estrés es intenso o duradero, se desequilibran los niveles de cortisol (hormona segregada por las glándulas suprarrenales) y con ello los mecanismos del apetito y la saciedad. «Uno tiene sensación de hambre y urgencia por emplear la comida como una forma de autorregularse», dice Lacasa.

«Nuestro cuerpo busca las maneras de compensar sus reacciones y la comida es una de ellas», apunta la psicóloga Rocío Lacasa

Es entonces cuando empezamos a engullir automática y compulsivamente. Esa gula ansiosa aparece de manera repentina y con una alta intensidad, lo que hace que normalmente sea muy difícil resistirse para reprimir dicho ataque de hambre que surge sin control, como un mecanismo de defensa y regulación. Comenzamos a comer sin pensar ni ser conscientes del tiempo o de las cantidades, de lo que si comemos nos va a sentar bien o hacer sentir mejor. Y, una vez terminamos, además de no sentirnos saciados, nos suelen entrar sentimientos de arrepentimiento o vergüenza.

El motivo principal, como señalan los expertos, es que tal apetito no se origina en el estómago sino en la mente, cuando empiezan a desfilar por ella imágenes de comida y fantaseamos con los sabores, los olores y las texturas. Entonces, ¿cómo podemos evitar estos ataques que nos llevan a comer por impulso? Gestionar el estrés y la ansiedad puede ser una tarea realmente difícil si uno no conoce sus mecanismos y cómo se retroalimentan. Para ello, muchas veces conviene acudir a profesionales expertos. «Es cierto que vivimos exigencias externas estresantes, pero podemos aprender a experimentarlas con menos carga y tensión, evitando que la reacción de alerta se cronifique», apunta Lacasa.

En la medida de lo posible, debemos introducir nuevos hábitos en nuestra rutina: parar y respirar profundamente, escuchar a nuestro cuerpo y comprender cómo funcionan sus mecanismos para expresar mejor nuestras emociones. Así, será más fácil organizarnos para comenzar a planear las comidas, comer menos cantidades –pero con más frecuencia y con alimentos completos–, procurar un sueño reparador y hacer ejercicio físico de forma regular.

Cuando uno se da cuenta de que está comiendo por estrés, «tomar conciencia de cómo está gestionando su realidad y hacer ciertos reajustes puede ser un dato útil para despertar del patrón automático», concluye la experta.

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