Opinión

Vuelven los bandos

«¿De verdad aún creemos que los anquilosados y adoctrinantes conceptos de izquierda y derecha pueden servirnos de brújula en el siglo XXI?», se pregunta Pablo Blázquez, editor de Ethic.

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17
Sep
2019

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Despertamos del sueño. No fue un despertar abrupto. Poco a poco, lentamente, aunque sin vaselina, la metralla de algunos titulares, las declaraciones inflamadas, las escenificaciones teatrales, la asfixia de las banderas, los bramidos y la histeria en las redes fueron despejando el horizonte. Y algunos nos caímos del guindo. La España de los bandos de nuevo se había impuesto: no hay espacio aquí para tibios. La dicotomía de la Pasión. El me-duele-España de Unamuno. Del bipartidismo turnista a la política de bloques eterna y rabiosamente enfrentados. Mientras extremistas de reconocido prestigio –y todo pelaje ideológico– reivindican su legítima cosecha electoral, la falta de altura política y de espíritu de consenso (todo eso que permitió que prosperara nuestra tardía pero ejemplar revolución liberal, esto es, nuestra Transición) nos adentra en la era de la gobernabilidad líquida. ¿De verdad aún creemos que los anquilosados y adoctrinantes conceptos de izquierda y derecha pueden servirnos de brújula en el siglo XXI? El poder de las etiquetas resulta fascinante.

Los desafíos de nuestra época son extraordinariamente complejos y no hay tiempo, señorías, para peleas de patio de colegio

Dos premisas tendrían que valer a nuestros representantes si no fueran tantos los intereses creados y tan profunda y perversa la inercia de las dos Españas. La primera es que, por mucho que se empeñen los rufianes, los echeniques y las monasterios, nos unen muchas más cosas de las que nos separan (y, en cualquier caso, la aceptación de lo distinto responde a un acto de voluntad sin el cual sencillamente no es posible la democracia). La segunda es que la víctima de toda esta política low cost no es otra que el ciudadano. Entre todos, pagamos la factura de esa ceremonia demoscópica de la crispación, tan patética en una sociedad que se presupone liberal, tolerante, en definitiva, moderna.

Los desafíos de nuestra época son extraordinariamente complejos y no hay tiempo, señorías, para peleas de patio de colegio. La crisis climática, la revolución tecnológica, el futuro de la educación, la transformación demográfica, la innovación en salud, la desigualdad lacerante, la heterogeneidad de los movimientos feministas, el grito de la España vacía, la amenaza nacionalista. No podemos afrontar los grandes retos desde una polarización radical y constante. ¿No resulta cuando menos delirante que en España, tras el paro, la segunda mayor preocupación de los ciudadanos sean esos políticos cuyos servicios entre todos sufragamos?

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