Opinión

Tiempo de promesas y mentiras

Nos olvidamos –los dirigentes, todos los días– de que son las instituciones las que deben adaptarse a la realidad y a los ciudadanos, y no al revés.

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09
Abr
2019
sociedad

«Soy un hombre, y nada humano me es ajeno» proclaman cada día muchos políticos –sin citar al autor de la frase, Terencio– para conseguir nuestros votos con mentiras y promesas, casi siempre incumplidas. Vivimos una nueva época que se olvida de los referentes y se abraza a los influencers, llena de incertidumbres y peligros. Acosados por la disrupción tecnológica, nos desprendemos de todo lo duro y de todo lo sólido, como nos descubrió Bauman con su idea de la sociedad líquida, quizás ya sobrepasada y reconvertida por la poderosa fuerza de los acontecimientos en sociedad volátil.

Atacados por el síndrome de la impaciencia, confundimos progreso con velocidad, buscamos atajos y, en consecuencia, nos hemos acostumbrado a deformar la realidad para adaptarla a dogmas previos, equivocados y perversos, como aquellos de los que parten el propio funcionamiento político y muchas organizaciones y empresas, que transforman el bien común en ambiciones personales, la fuerza en desánimo, el conocimiento en soberbia y las palabras en nada. Se está negando la autoridad a la razón, y se niega sobre todo la autoridad de los hechos, dejando que imaginaciones o deseos prevalezcan sobre lo fáctico. Se están creando realidades inexistentes –aquello que Platón plasmó en el mito de la caverna– y realidades artificiales y artificiosas. Antonio Machado, con ironía e inteligencia, lo advirtió: «Se miente más de la cuenta por falta de fantasía: también la verdad se inventa». Nos olvidamos (los dirigentes, todos los días) de que son las instituciones las que deben adaptarse a la realidad y a los ciudadanos, y no al revés, porque sin hombres y mujeres no hay instituciones.

«Nuestro rearme moral vendrá del triunfo de dos revoluciones: de la ética y de la mujer»

Deberíamos huir del éxito, siempre pasajero, y perseguir la excelencia porque nuestro rearme moral como sociedad vendrá por el triunfo de dos revoluciones. Primero, de la ética –de la que tanto se presume y por la tan poco hacemos–, y, segundo, la gran revolución pendiente, la de la mujer, como ha escrito mi hija Tíscar –y comparto–: «Para ocupar el papel que se le ha negado desde hace siglos en la sociedad; un escenario donde es igual al hombre a nivel económico, político, afectivo y sexual. La educación y nuestra propia responsabilidad deberían conseguir que la revolución de la mujer –una lucha por la igualdad, los derechos humanos y la libertad– sea común para las mujeres y los hombres, que están obligados a apoyar, sostener y formar parte activa de este cambio de paradigma y funcionamiento social, donde deje de explotarse a la mujer no solo físicamente, sino también en el hogar, en la infancia, en los trabajos, en la belleza… Todos ganamos en la medida en la que nos rebelemos, no contra el hombre, sino contra el patriarcado que genera relaciones de poder y no de colaboración. El hombre puede así recobrar también su sensibilidad, el permitirse sentir, y ser compañero en lo vulnerable, en los afectos, en el cuidado y en la fuerza. Este sistema nos ha roto a todos, anulando partes de nosotros que necesitamos para ser más completos como seres humanos. Las características femeninas y masculinas nos pertenecen a todos, no son una cuestión de género».

En tiempos de perenne campaña electoral, lanzo un consejo o reflexión para los que ahora nos dirigen o a ello aspiran. Son palabras de Quinto Tulio Cicerón que, en el año 64 a.C., escribió una breve y actualísima obra para ayudar a que su hermano Marco ganase las elecciones al consulado de Roma –como finalmente así ocurrió–: «… que lo te comprometas a hacer, se vea que lo vas a hacer con determinación y gustosamente. Y este otro consejo, mucho mas difícil y más conforme a las circunstancias que a tu modo de ser: que te niegues amablemente a lo que no puedas comprometerte o, sencillamente, que no te niegues. Lo primero es lo que haría un hombre honesto, lo otro un buen candidato». Que así sea.

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