Siglo XXI

Trabajos temporales: ¿libertad o precariedad?

El repunte económico de nuestro país no ha supuesto una reducción drástica de los trabajos temporales. Varios expertos analizan las consecuencias de este tipo de contratos.

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Luis M. García
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14
Sep
2018

Managed by Q es una empresa de limpieza estadounidense que decidió, en 2014, ir a contracorriente de las pautas que definen el mercado laboral en ese país: convirtió los contratos temporales de sus trabajadores en fijos e indefinidos. La compañía estaba en números rojos, pero en 2017 se volvió rentable. Como recoge la publicación Harvard Business Review, los ejecutivos atribuyeron su éxito a que los empleados se trataron como una fortaleza competitiva, antes que como un coste que había que reducir.

El panorama en España es bien diferente. La reforma laboral llevada a cabo durante el inicio la crisis económica flexibilizó los despidos y los contratos temporales para dar un balón de oxígeno a las empresas. En este caso, el trabajador no gana libertad (más si tenemos en cuenta que somos uno de los países con más paro de Europa y con los salarios más bajos), sino que pierde estabilidad.

La automatización no ha tenido el efecto previsto por Keynes

Si miramos los datos de Eurostat sobre la evolución de la temporalidad en los últimos años, nuestro país está aún lejos del 32,6% al que llegó en 2006, pero una cuarta parte de los contratos no son fijos, concretamente, un 26.4%: el doble que la media de la Unión Europea, situada en 13,4%. Según Eurostat, nuestra tasa de temporalidad nunca ha estado por debajo del 23%, ni siquiera en las etapas de bonanza de principios de este siglo. Es más: aunque en los últimos cinco años nuestra economía ha repuntado levemente, el trabajo temporal ha subido más de tres puntos. No se trata, por tanto, de un instrumento puntual contra la crisis. La temporalidad es un problema endémico que define nuestro sistema económico.

El economista estadounidense Louis Hyman, con todo, no demoniza los contratos temporales, sino que realiza una reflexión profunda, que publica en su último libro, Temp: «La economía de los pequeños contratos puede tener lo mejor de ambos mundos, la autonomía e independencia que existía antes de la irrupción del trabajo asalariado, con personas que poseen la capacidad productiva de una economía industrial». Hyman considera que la única manera de convertir la temporalidad en una solución sostenible es dando a los trabajadores temporales un apoyo equiparable a los empleos fijos. Para ello, propone beneficios sociales «portátiles», o un sistema de renta básica universal, si bien es escéptico respecto a que esto último pudiera llegar a realizarse. Así, Hyman concluye: «Los estadounidenses necesitan seguridad de vida, no seguridad laboral».

Sea como sea, el mercado estadounidense no es equiparable al nuestro: un trabajador temporal está menos expuesto a la precariedad, porque allí la tasa de paro apenas sobrepasa el 4%, de modo que enlazar un empleo con otro es una realidad bastante más accesible que en España, donde la tasa de desocupados es de más del triple, y el poder adquisitivo (y, por tanto, la capacidad de ahorro), mucho menor.

La directora de la web de noticias estadounidense Quartz, Sarah Kessler, acaba de publicar Gigged, un ensayo sobre el mercado laboral de su país, en el que concluye que «a las personas que cuentan con habilidades, la temporalidad les permite tener un estilo de vida emprendedor más atractivo; pero para los que no están cualificados y que recurren a ese tipo de trabajo por necesidad, solo es ‘la mejor de las peores opciones».

En la misma línea, pero de forma más incisiva (ya desde su propio título), va el ensayo Bullshit Jobs de David Graeber, profesor de antropología de la Escuela de Economía de Londres, en el que se pregunta: «¿Por qué los trabajos que benefician más a la sociedad (conserjes, conductores de autobuses, camiones o trenes, trabajadores de granjas o fábricas, profesores) son los que menos se pagan y en muchos casos ofrecen la menor seguridad?». Y plantea: «Imagine el caos que sería si todos los basureros y enfermeras desaparecieran. Probablemente no extrañaríamos tanto a los teleoperadores o a los ejecutivos de grandes empresas».

Graeber se lamenta de que la automatización no ha llevado a las 15 horas semanales de trabajo que predijo Keynes, y que nos permitiría dedicar más tiempo a actividades de ocio, más realizadoras: «Lo que ha producido es una gran cantidad de personas que pueden mantenerse a sí mismas, e incluso se vuelven millonarias, en trabajos ridículos, mientras que otras hacen un trabajo real con un contrato temporal o eventual y luchan por llegar a fin de mes». Esta situación, por desgracia, sí que es, a día de hoy, perfectamente extrapolable a nuestro país.

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