Derechos Humanos

Huir por amar

Un total de 72 países en el mundo penalizan aún las relaciones entre personas del mismo sexo, y en ocho de ellos se castiga con pena de muerte. Este drama invisible empuja a los refugiados LGTBIQ+ a abandonar sus países para huir de la violencia y la discriminación.

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19
Jun
2018

«Hoy, he decidido soñar. Soñar libremente con alguien a quien pueda contar todo, con quien pueda abrir mi corazón». Este es el testimonio que da comienzo al documental The Migrant Mixtape, de Eli Jean Tahchi, que muestra a personas de la comunidad LGTBIQ+ que graban en cintas de audio sus historias de persecución y violencia homófoba y las envían a Canadá para tratar de encontrar asilo en el país norteamericano.

Un total de 72 países en el mundo penalizan aún las relaciones entre personas del mismo sexo, y en ocho de ellos ser LGTBIQ+ equivale a la pena de muerte, según datos de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado. Entre 2008 y 2016 se registraron 2.600 asesinatos a personas transexuales, de los cuales el 78% ocurrieron en Latinoamérica. Pero las cifras de la intolerancia no acaban ahí. En toda América, 9 personas son asesinadas a la semana por su identidad sexual o de género. Casarse con alguien del mismo sexo está prohibido, a día de hoy, en 173 países, y 22 estados aún cuentan con ‘leyes morales’ contra homosexuales. Esta realidad empuja a siete de cada diez personas LGTBIQ+ a ocultar su orientación sexual. Gays, lesbianas, bisexuales, transgénero e intersexuales se ven obligados a tener que abandonar sus países para huir de la violencia, la discriminación y la persecución institucional, convirtiéndose en personas refugiadas por su orientación sexual.

Entre 2008 y 2016 se registraron 2.600 asesinatos a personas transexuales

«Vivo en una ciudad a la que amo, pero que me odia», afirma Adib Mardini mientras relata cómo fue el proceso que le llevó a ser aceptado como refugiado en Canadá, tras una vida de persecución y agresiones por parte, incluso, de su propia familia. Con un hilo de voz, narra cómo a sus cinco años ya sentía la discriminación que le llevó a terminar en la calle a los diez. «Ocultan su propia realidad, y esto es una preocupación enorme porque se invisibilizan, con el riesgo que esto supone de agravar aún más las situaciones de violencia», afirma Juan Carlos Arnaiz, oficial de protección adjunto de Acnur. A este respecto, Elena Muñoz, abogada especializada en Derecho de Asilo, Extranjería y Derechos Humanos de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado, hace hincapié en que «el procedimiento administrativo también les invisibiliza, ya que al venir de países de conflicto no se analizan las otras circunstancias que podrían dar derecho a refugio».

Además, la homofobia y la transfobia no se quedan tras la frontera. Después de largos periodos invertidos en obtener el asilo, el título de refugiado -cuando lo consiguen- no siempre les permite empezar de cero. «Muchas personas tienen que seguir ocultando su identidad en el país de acogida, porque a menudo lo que se encuentran en los países de destino es mucho peor que lo que habían vivido en los países de origen», afirma Juan Carlos Arnaiz. En esta grave situación, en la que no pueden volver sin riesgo a su país, ni pueden llegar a integrarse, la única solución es el reasentamiento, es decir, terceros países que los acojan. Canadá, en el caso del documental, es uno de los pocos estados que tiene cuotas específicas para refugiados LGTBIQ+.

Juan Carlos Arnaiz: «A menudo lo que se encuentran en los países de destino es mucho peor que lo que habían vivido en los países de origen»

España, calificado como país amigable para el colectivo gay, ha proporcionado asilo a muchas personas por la persecución que sufren debido a su orientación sexual, principalmente procedentes de países centroamericanos y africanos como Gambia, Camerún, Marruecos y Argelia. Pero nos queda un largo camino por delante, tal y como sostiene Violeta Assiego, abogada y activista de Derechos Humanos: «Tenemos un problema en el sistema español, tal y como han denunciado organizaciones como Amnistía Internacional, y es que en muchas ocasiones se discrimina a los solicitantes según su nacionalidad: existen dos velocidades en función de la presión de la opinión pública».

Muchos solicitantes de asilo se encuentran además con el hándicap de que están pidiendo ayuda a escasos metros de los países que les están persiguiendo y de las familias que les están amenazando. En casos como Melilla, esta medida se vuelve una pesadilla al no poder moverse de sus 11 km2, ya que disponen de una tarjeta roja que les impide desplazarse más allá de esa frontera. «Sufren esa violencia casi enjaulados, primero en centros de estancia temporales masificados y, segundo, en espacios territoriales que no les ofrecen las posibilidades de desarrollo, provocando un gravísimo daño psicológico y físico», afirma Assiego.

En este sentido, la Organización Mundial de la Salud acaba de dar un importante paso hacia la normalización de la transexualidad, al excluirla como enfermedad mental de su Clasificación Internacional de Enfermedades, que no había sido actualizada desde hacía casi tres décadas, y que llevará el debate a la asamblea general el año que viene. Una de las principales novedades es la decisión de desligar la transexualidad de los trastornos psicológicos, integrando lo que denominan ‘incongruencia de género’ en el capítulo de las ‘disfunciones sexuales’. Esta decisión es considerada por diversas organizaciones como un punto de inflexión clave para lograr la normalización de la vida de este colectivo, y lograr así su visibilización.

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