Cultura

La espiritualidad en tiempos modernos

Son tiempos de bitcoins, de códigos binarios, de realidad virtual, de modernidad líquida y de posverdad. Y, en medio de todo, encontramos un resurgir de la búsqueda espiritual.

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Esther Peñas
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15
Mar
2018

Son tiempos de bitcoins, de códigos binarios, de realidad virtual, de modernidad líquida y de posverdad. De consumo desaforado y de vínculos virtuales. De teléfonos inteligentes, viajes interestelares, modificación genética, de robots que cuidan a ancianos. Y, en medio de estos signos que caracterizan nuestra época, encontramos un resurgir de la búsqueda espiritual. Yoga, meditación, ciertas prácticas ecologistas, retiro, contemplación o ritmo lento son algunos de los caminos que volvemos a transitar con ahínco. «De unos años a esta parte se advierte una intensificación de prácticas relacionadas con el cuidado del espíritu. Por un lado, como respuesta a una sociedad en la que nada nos sacia, nada nos llena. Por otro, en una sociedad en la que todo es efímero, necesitamos psicológicamente un territorio en el que algo sea permanente o, por lo menos, nos ofrezca cierta estabilidad. Ello sin olvidar la parte de moda que existe en estas prácticas», nos explica la psicóloga Teresa González.

Un dato: ‘Biografía del silencio’ (Siruela), un librito de poco más de cien páginas en las que el sacerdote Pablo d’Ors nos habla de los beneficios de la meditación y ofrece un puñado de recomendaciones para iniciarnos en la práctica, se publicó en 2012. Desde entonces, lleva más de cien mil ejemplares vendidos (en todos los formatos posibles: tapa dura, edición limitada con DVD, tamaño clásico…) y sigue siendo uno de los títulos más solicitados en las librerías.

La espiritualidad activa los mismos circuitos cerebrales de recompensa que el amor, las drogas, la música y el sexo

«La meditación no es un ratito que estás en silencio, es una práctica, un rito, que permite que el resto de la jornada estés presente. Y si estás presente todo te recarga, te devuelve energía, y entonces nace el entusiasmo. Por lo general, casi nunca estamos a lo que estamos. En vez de escuchar al otro, estamos pensando en qué le vamos a decir, en vez de escuchar un concierto, estamos pensando en lo que tenemos que hacer, caminamos y no disfrutamos del paisaje, siempre estamos en otra parte. Y eso lo evita una buena vida espiritual», nos comenta d’Ors.

Necesitamos silencio. Y eso exige un aquietarse. «El aquietamento es imprescindible. El malestar de nuestras sociedades podría resolverse, al menos en parte, si fuéramos capaces de aquietarnos. Necesitamos un aprendizaje del silencio y de una observación de los procesos de la conciencia», explica la filósofa Chantal Maillard, al tiempo que apunta que «si uno se aquieta y deja que la realidad suceda dentro de sí al igual que sucede fuera, se averigua partícipe de esa realidad».

Construir un alma

El yoga nidra se practica tumbado en el suelo, con los ojos cerrados, durante treinta minutos o una hora, y persigue una relajación muy profunda para después ir despertando poco a poco la conciencia sutil. Para ello se aplican una serie de técnicas de visualización (imágenes, colores, lugares, paisajes, etc.) que despiertan zonas del cerebro normalmente dormidas, abriendo los centros de energía (‘chakras’). El escritor Andrés Ibáñez lleva trabajando este método más de veinte años y, en su último libro, ‘Construir un alma’ (Galaxia Gutenberg), se adentra en él. «Construir un alma es un proceso que tiene que ver con el conocimiento de uno mismo, pero no se puede enseñar a meditar, meditar es una práctica que lleva a tener experiencias y cuando uno las tiene algo empieza a construir en uno, es un beneficio que es casi inmediato», apunta.

Según un estudio de la Universidad de Utah, la espiritualidad activa los mismos circuitos cerebrales de recompensa que el amor, las drogas, la música y el sexo, creando sensación de «paz, de bienestar y una sensación física de calor». El neurólogo y psicoterapeuta Héctor Grijalva nos explica que «la meditación modifica el sistema neurodegenerativo, mejorando sustancialmente el estado corporal y anímico; ahora mismo, se está investigando si una práctica continuada de meditación puede modificar el ADN». Él utiliza la ‘meditación azteca’, en la que cada uno se identifica con un animal, que da las claves a quien medita de sus capacidades y habilidades internas. «Uno de los grandes problemas de nuestra época es la dependencia, física y psicológica, a las cosas materiales, a las personas que nos son nocivas… todo esto se rompe con la meditación», concluye Grijalva.

Pero si a lo largo de los siglos hemos sido conscientes de que la meditación nos sana, nos repara, nos hace más felices y equilibrados, ¿por qué nos resistimos a ella? «Porque no somos libres, somos mecánicos, estamos hechos de cosas que actúan en nosotros, de automatismos, como el miedo, la vergüenza, el ridículo. Todo salvo la meditación y la evolución consciente es mecánico en nosotros», considera Ibáñez. Algo en lo que coincide d’Ors: «La mente siempre opone resistencia a la meditación, da igual el tiempo que lleves practicando. Porque la mente siempre quiere dominar».

La meditación es cuestión de práctica, pero se hace necesario un maestro. «Esta sociedad nos imbuye la idea de que somos autosuficientes para todo, y eso es falso, todos necesitamos un maestro, siempre es necesario para todo lo que aprendemos, porque un maestro es alguien que sabe más que nosotros, un maestro te inspira, te hace sentir en paz, sabe más que tú, te procura alegría…».

Meditación contra el desarraigo 

La espiritualidad es una senda que permite ‘sentirse conectado con’, ser parte de algo superior, formar parte de. Combate la sensación de desarraigo que, según el catedrático de Ética y Filosofía de la Complutense José Miguel Marinas, «es la sensación que preside nuestra sociedad, que se ha transformado de manera drástica desde una cultura de pertenencia a un mundo supuestamente natural a una cultura que presenta muchas formas de vínculo que compiten entre sí».

«Siempre hay un después que nos quita la posibilidad de estar habitando el presente y, por tanto, creciendo»

«Lo que está en juego es aprender a mirar y a escuchar de otra manera. En una cultura de mirada devoradora, que no se detiene en atender al rostro concreto del otro concreto, y de escucha aturdida y ensordecedora, proponer una calma y un cuidado en estos dos modos cotidianos nos humanizaría (y lo necesitamos como el comer)», remata Marinas. Aquietarse.

«Siempre hay un después que nos quita la posibilidad de estar habitando el presente y, por tanto, creciendo, nos impide arraigar en el aquí y ahora, y la contemplación, la meditación, recupera eso, la vincularidad con la vida. ¿Por qué tiene que haber un resultado, por qué tiene que haber un sentido, un por qué? Si le quitas el porqué te quitas la vida productiva de encima. Y vives la vida desde la gratuidad de que se te haya sido dada», explica el sacerdote Hugo Mujica, algo en lo que coincide d’Ors: «Hay que desprenderse del afán de rendimiento y, por supuesto, alejarse del teléfono móvil, símbolo por excelencia de la dispersión». Eso sí, hay que perseverar: «Meditar es fácil, lo difícil es querer meditar».

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