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Posverdad & Pospolítica

«La ruptura entre hechos y consecuencias, al negar y distorsionar los primeros, convierte la política en un espacio imprevisible», escribe el experto en comunicación política Antoni Gutiérrez-Rubí.

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30
May
2017
pospolitica-posverdad

El Diccionario Oxford ha entronizado un neologismo como palabra del año en 2016. Se trata de post-truth o posverdad, un híbrido viscoso, bastante ambiguo —y antiguo—, cuyo significado «denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal». De ahí, en el código Donald Trump, los «hechos alternativos» que popularizó la consejera del presidente de los Estados Unidos, Kellyanne Conway, durante una entrevista en un programa de noticias en enero de 2017.

Conway defendió la declaración falsa del secretario de Prensa de la Casa Blanca, Sean Spicer, sobre la asistencia a la investidura presidencial de Donald Trump. El periodista Chuck Todd acorraló a Conway para que explicara por qué Spicer «expresó una falsedad demostrable» y Conway respondió que Spicer estaba dando «hechos alternativos». Todd respondió: «Mira, los hechos alternativos no son hechos, son falsedades». Conway quizá improvisó, inconscientemente. Pero con su concepto ha definido el marco de actuación de la política de Donald Trump. Para el presidente, los hechos —y sus consecuencias, por ejemplo— pueden no ser objetivos. De ahí su desprecio a la ciencia y los científicos. Gobernar sin brújula, sin mapa, sin datos.

Esta ruptura entre el dato y la política, entre los hechos y el bien común, es potencialmente devastadora. Cuando nuestros dirigentes y representantes son capaces de ignorar la realidad, seguro que la empeorarán. El dato sirve para reformar o transformar. La mentira y la falsedad como base del pensamiento político solo pueden destrozar el concepto de lo público.

Lo más peligroso de la posverdad es que necesita de pospolítica. En un posible remake de la definición del Diccionario de Oxford, la pospolítica sería «aquella en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de las decisiones públicas que los pensamientos y creencias basados en los prejuicios, las obsesiones o las falsedades».

La pospolítica rompe la cadena causal entre hechos y consecuencias, y entre hechos y causas, al negar y distorsionar los primeros. Esta ruptura secuencial hace de la política un espacio imprevisible, sometido a los caprichos y los apriorismos; convierte lo público en una disolución de la responsabilidad. Es un ecosistema fértil para el autoritarismo.

La pospolítica es la antítesis de la política del bien común que Max Weber reflejaba con precisión: «El político debe tener: amor apasionado por su causa, ética de su responsabilidad, mesura en sus actuaciones».

Antoni Gutiérrez-Rubí es asesor de comunicación (@antonigr)

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