Opinión

¿Por qué fracasan los países?

Bill Gates y Carlos Slim son las dos figuras mediáticas que el economista y catedrático de la Universidad de Chicago James Robinson utiliza para ilustrar dos tipos de sociedades: las inclusivas y las exclusivas.

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07
Abr
2016

Por Esther Peñas

Bill Gates como símbolo de innovación y progreso y Carlos Slim como reflejo del acaparamiento de la riqueza y del estancamiento. Son las dos figuras mediáticas que el economista James Robinson utiliza para ilustrar dos tipos de sociedades: las inclusivas y las exclusivas. Este catedrático de la Universidad de Chicago se pregunta qué es realmente la riqueza y la prosperidad en su ensayo ‘Por qué fracasan los países’.

En 2013, el catedrático de Economía Política de la Universidad de Chicago, James Robinson, y su colega Daron Acemoğlu, profesor de Economía en el Massachusetts Institute of Technology, publicaron el ensayo Por qué fracasan los países (Deusto Ediciones). Desde entonces, este texto de poco más de seiscientas páginas se ha convertido en uno de los más citados en el ámbito económico. George Akerlof, Nobel de Economía en 2001, compara lo revolucionario de su propuesta con La riqueza de las naciones, de Adam Smith; y el politólogo Francis Fukuyama, que preconizó en la década de los noventa el fin de la Historia, se muestra entusiasta de «la visión esclarecedora» que aporta.

Cuando la crisis griega dinamitó los cimientos europeos, dejando en entredicho ese mapa del territorio adánico donde los derechos humanos, la prosperidad y la solidaridad eran la misma cosa, muchos especialistas achacaron a los propios griegos una culpa difícil de encarar. Que si no trabajaban los suficiente, que si gastaron de manera un tanto atolondrada, que si vivían a costa del resto de europeos… este fue un discurso que caló en algunos sectores. Robinson quebró esta narración tan endeble y raquítica y encendió su tesis.

Robinson luce cincuenta y tres años luminosos. Apenas se le cierra la sonrisa. Se muestra optimista, sin acercarse siquiera a lo pueril. Con catorce años, ya le interesaron los ciclos económicos que atravesaban los países, sus recesiones, sus periodos de euforia financiera, sus cambios estructurales… Su padre trabajaba en África, en los programas de descolonización, por lo que su infancia y parte de su adolescencia transcurrieron en Barbados, Trinidad y distintos territorios occidentales del continente africano. Se licenció en Economía y Ciencia Política, en London School of Economics, y se doctoró en Yale.

Recientemente pasó por España para impartir una clase magistral en la Fundación Rafael del Pino sobre un asunto sobre el que ya se ha erigido como experto mundial: el motivo por el que fracasan los países. Ethic no quiso perderse su intervención.

Sociedades inclusivas, sociedades exclusivas

Digámoslo pronto. Lo que precipita el fracaso o el éxito de los países no son cuestiones derivadas del clima o la cultura. Ni siquiera la democracia asegura el progreso. Según Robinson, «lo que explica la buena marcha de algunos países es la calidad de sus instituciones».

Las sociedades más avanzadas, las más prósperas, son aquellas que promueven la iniciativa personal, las que estimulan y garantizan la igualdad de oportunidades y la defensa de las libertades de sus ciudadanos, las que involucran a la sociedad civil en la toma de decisiones y las que apuestan de manera decisiva por la productividad y la innovación. Estas son las sociedades inclusivas. En ellas, el poder está repartido y hay una justicia de facto (no solo en la teoría de las normas promulgadas). Son conscientes estas sociedades de que el talento está en cualquier parte.

Por el contrario, existen las sociedades exclusivas, aquellas que no solo permiten sino que espolean los monopolios, que enriquecen a unos pocos y empobrecen a la mayoría de sus ciudadanos.

Dos figuras mediáticas utilizó Robinson para ilustrar ambos ejemplos. Para el primero, Bill Gates, un tipo absolutamente innovador en el ámbito de la informática, que crea riqueza no solo para él sino en distintos países, que fomenta el talento, que persigue y premia la excelencia. En el segundo caso, mentó al empresario mexicano Carlos Slim, el cuarto hombre más rico del planeta, según Forbes, alguien que, a juicio de Robinson, crea monopolios a costa de la gente, empobrece a sus propios compatriotas y la riqueza que genera no se reparte sino que se atesora.

«Las sociedades inteligentes tienen que apoyar las iniciativas individuales, y estar atentas para que éstas no acaben convirtiéndose en saqueadoras de riqueza», aseguró Robinson recordando que el propio Gates intentó constituir un monopolio, pero Estados Unidos, aplicando sus leyes, se lo impidió. «Mientras que los norteamericanos gozan de instituciones económicas y legales inclusivas, lo mexicanos respaldan los monopolios».

corea norte

Corea el Norte fue otro de los modelos utilizados por el economista para mostrar cómo son las sociedades exclusivas. Con una impactante fotografía tomada por la NASA en la que se muestra el país en una estampa nocturna en la que la única electricidad existente ilumina el palacio de Kim Jong-un, mientras la más absoluta oscuridad anega el resto del territorio, Robinson destacó un caso flagrante de sociedad en la que el progreso no es posible. En el caso de Corea del Sur, pese a que, en los años 70, con el general Park, comenzó su desarrollo, éste fue un periodo de prosperidad no sostenible que cambió de manera radical tras el asesinato del dirigente, convirtiéndose de manera paulatina en un país de economía inclusiva que ha permitido su desarrollo.

¿Qué sucede en Europa? ¿Y en España?

La crisis europea viene de largo, en el sentir de Robinson, desde el momento en que Miterrand y Kohl impulsaron una integración monetaria al margen de una integración fiscal, proyectando un modelo político, más que económico. Sin armonización fiscal, la dinámica de crecimiento es inestable. A ello se suma una emisión de deuda sin precedentes, la estructura demográfica, que se anquilosa en un sistema de pensiones y seguridad social no pensado a largo plazo, y la acumulación casi obscena de déficit en tiempos de paz.

En España, el problema se agudiza por la enorme y lacerante burbuja inmobiliaria, por los empellones caníbales que especularon en el sector de la construcción hasta niveles fantasmagóricos. En opinión de Robinson, «los bancos concedieron créditos de manera relajada, poco sensata, lo que provocó no sólo que la gente se endeudase, sino que, a la postre, perdieran sus casas y sus trabajos generando una dosis casi insoportable de sufrimiento, individual y colectivo».

El gran obstáculo para el economista es lo complicado de movilizar a la gente en paro del sector de la construcción a otros sectores, porque no están preparados, y tampoco el Estado ofrece salidas viables a través de estimulación o formación. Además, la corrupción, que impregna a los principales partidos políticos, es algo que a Robinson le sorprende enormemente. Casos como la Gürtel, en su opinión, revelan que la transición democrática en España no resultó tan modélica como parecía en inicio, «ya que permitió la creación de un sistema político exclusivo».

Robinson propone una reforma radical de nuestras instituciones donde la acción de los políticos se restrinja (evitando que nombren ellos a directivos de la banca, de empresas, a jueces, etc.) y galvanizar con ilusión la irrupción de nuevas formaciones políticas, algo que califica de sano y democrático.

Por último, habla de reestructurar la deuda, de manera que se aplace su pago un tiempo razonable que permita a países como el nuestro aventar la política fiscal de tal manera que se cree empleo y la economía remonte. La cuestión es: ¿estamos preparados para el reto?

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