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Así serán los delitos del futuro

Hoy en día, los hackers no sólo amenazan con piratear ordenadores u obtener datos bancarios. Han perfeccionado sus técnicas y sus fechorías tienen efectos devastadores.

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02
Mar
2016

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En la segunda temporada de Homeland, la serie producida por la Fox en la que un marine estadounidense, prisionero de Al-Qaeda, se convierte en un riesgo para la seguridad nacional, un hatajo de criminales comete un asesinado selectivo hackeando el marcapasos de su objetivo. Más allá de la ficción, este es uno de los futuros delitos a los que nos enfrentamos. Sólo en Estados Unidos hay alrededor de 60.000 personas con marcapasos conectadas a internet. De este modo, los médicos pueden regular a distancia los latidos de sus pacientes, basta solo un clic para que reciban una descarga pero, ¿qué ocurriría si quien accede a esa opción no es un profesional de la medicina sino un terrorista?

Marc Goodman, especialista en seguridad global, asesor del FBI y de la Interpol, advierte en su último trabajo  (Los delitos del futuro, editorial Ariel) sobre los peligros que nos acechan. «Hoy en día, los hackers no sólo amenazan con piratear ordenadores u obtener datos bancarios. Han perfeccionado sus técnicas y sus fechorías tienen efectos devastadores. Son fulminantes. Baste pensar en el hackeo a Sony el pasado año, cuando, con un par de clics, robaron a más de cien millones de personas a la vez. ¡Cien millones de personas a la vez! No hemos meditado lo suficiente sobre el alcance real de este tipo de acciones», explica Goodman.

El internet de las cosas se está implantando. El Big Data. Según la Unión Europea, se generan 1.700 bytes por minuto. Es decir, alrededor de 360.000 DVD. Seis megabytes por persona al día. Más o menos el volumen de información que producía cualquier habitante analógico en el siglo XVI. La cantidad ingente de información que producimos procede de un sinfín de prácticas ya cotidianas: comprar en Amazon, pagar con la tarjeta en el supermercado, subir un comentario a las redes sociales, descargar una aplicación para el móvil… hasta pulsar el interruptor de la luz. «Los contadores eléctricos inteligentes, por ejemplo, son capaces de recoger y recomponer muchísima información de quienes viven en la casa. Basta conectar la televisión o un pequeño electrodoméstico para que la toma de corriente lo registre, lo que permitirá -ya lo está haciendo- saber qué hacemos en cada momento en nuestro propio domicilio, qué programa de televisión estamos viendo o cuánto tardamos en ducharnos», prosigue el experto. Está claro: no somos clientes, somos el producto.

Que tracen una cartografía exacta de cada uno de nuestros gustos, pulsiones y deseos es aterrador, pero la cosa es mucho más seria. «Los coches, por ejemplo. Un coche de nueva gama utiliza alrededor de 250 microchips que pueden ser hackeados de forma remota. Alguien puede provocar a distancia que se te dispare el airbag o que el coche no pueda frenar, o que frene en seco. Imagina qué podría ocurrir si eso se produjera en una avenida con un volumen de tráfico importante. Podrían colapsar las grades ciudades en cuestión de minutos», comenta Goodman.

«Las organizaciones ilegales se han consagrado como las principales controladoras de las nuevas tecnologías. Los delincuentes empleaban internet mucho antes de que la policía siquiera se planteara hacerlo, y desde entonces nos llevan ventaja. Ahora, los criminales planean sus ataques gracias a Google Earth y ya se pueden imprimir armas ilegales y hasta cargadores en impresoras 3D», prosigue el experto en seguridad.

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Ciberterrorismo genético

Pero las posibilidades aumentan la dosis de terror. ¿Y si los terroristas juegan a ser Dios? Las impresoras de ADN, según los expertos, serán equipos domésticos en apenas una década. Con ellas podremos imprimir fármacos genéricos. Bastará descargarnos de internet el patrón. Ya no es tan difícil diseñar bacterias o virus. La biología sintética avanza a un ritmo frenético. Imaginen, porque no es literatura, que una mente perversa creara un grupo de bacterias con apariencia de medicamentos. A la hora de imprimirlos en nuestra impresora ingeriríamos esos falsos fármacos, capaces de crear en nuestro organismo terribles enfermedades. Imaginen.

«La biología sintética abre el campo a nuevas formas de bioterrorismo hasta ahora impensables; los criminales podrían crear toxinas nunca vistas en la naturaleza, contra las que nada sabemos, contras las que sería muy difícil luchar. Y, de cualquier modo, cuando demos con el antídoto, ya habrían muerto miles de personas y, lo peor, los delincuentes ya habrán creado nuevas pandemias».

Pese a lo que pudiera parecer, Goodman se considera «un tipo optimista». Hay quien le acusa de instigar el miedo, pero él responde de manera contundente: «Mis experiencias en el mundo real con delincuentes y terroristas en seis continentes me han dejado claro que las fuerzas del mal no dudarán en aprovechar las tecnologías emergentes y desplegarlas contra las masas. Y aunque las evidencias y el instinto me dicen que la carretera que tenemos por delante está llena de baches y que ni los gobiernos ni el sector industrial dedican los recursos suficientes a combatirlos, quiero creer en la tecnoutopía que nos promete Silicon Valley».

La cuestión es qué precio estamos dispuestos a pagar por nuestra seguridad. Depender de la tecnología en todas las áreas de nuestra vida nos hace vulnerables. Mucho más de lo que somos, por defecto. Se pueden piratear semáforos, pero también centrales eléctricas. Y centrales nucleares. El cibercrimen del futuro puede reventar en mil pedazos las estructuras básicas de cualquier país.

«No hay otra solución que invertir en investigación. Para combatir el cibercrimen hace falta comprometernos todos en una especie de Proyecto Manhattan (programa científico realizado durante la Segunda Guerra Mundial por Estados Unidos, Reino Unido y Canadá, para desarrollar la bomba atómica antes de que los nazis la elaboraran)», explica el asesor del FBI.

Pero la respuesta también pasa por un mayor control de la red por parte de las autoridades, por una rebaja en nuestra intimidad y privacidad para estar ‘a salvo’. Por otro lado, esa necesidad de seguridad ante cualquier posible ciberataque generará grandes volúmenes de negocios para las empresas del sector. Serán imprescindibles para garantizar el funcionamiento de cualquier sociedad desarrollada, conectada a internet como un enfermo de diálisis. Y, al igual que sucede con los antivirus, solo serán rentables si periódicamente hay efectos perniciosos que combatir. No solo si el peligro es real sino que se ha materializado. Al menos, en alguna ocasión.

Las nuevas tecnologías sacarán de la pobreza a miles de millones de personas, reducirán la mortalidad de la población en los próximos veinte años, han permitido y permitirán salvar numerosas vidas (como en el último terremoto de Haití, que se pudo localizar a los heridos por la reagrupación de datos, lo que hizo posible que fueran atendidos rápidamente por lo equipos de emergencia). Todo esto lo sabíamos. Pero el alcance del uso avieso y desalmado de estas mismas tecnologías parece que se nos escapa de las manos.

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