Opinión

El flaco favor de Volkswagen al capitalismo renano

El escándalo de las emisiones manipuladas de Volkswagen no solo perjudica a la marca: también a todo el sector automovilístico e incluso al exitoso modelo económico alemán.

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10
Dic
2015
Por José Luis Fernández | Ilustración: Marco Kindler von Knobloch

El escándalo de las emisiones manipuladas de Volkswagen no solo perjudica a la propia marca: también pone en peligro a todo el sector automovilístico e incluso al exitoso modelo económico alemán.

La manipulación del software que medía las emisiones contaminantes por parte de Volkswagen ha tenido consecuencias muy negativas para la firma. Entre otras: pérdidas del valor de las acciones, disminución de las ventas, multas cuantiosas y daños reputacionales. Pero, más allá del perjuicio a la propia marca, también se vieron salpicados otros ámbitos: el sector del automóvil en su conjunto, afectado —para mal— por accionistas recelosos, prestos a deshacer sus posiciones en bolsa; la tecnología diésel ha sido también puesta en entredicho, al menos en EE. UU.  Incluso la imagen industrial de Alemania ha sufrido cierto menoscabo.

Con todo, en mi opinión, lo más grave del asunto es que, con aquella fraudulenta manera de proceder, Volkswagen ha dañado —esperemos que no de manera irreparable— el modelo económico del Capitalismo Gerencial Cooperativo, con la controvertida Mitbestimmung —cogestión— como modelo de Buen Gobierno, al separar el Consejo Ejecutivo —Vorstand— del Comité Supervisor —Aufsichtsrat. En este caso, ni el presidente, ni el consejero delegado, ni la alta dirección ni el comité supervisor hicieron bien su trabajo.

Cuentan que Churchill dijo una vez que la democracia era el peor de los sistemas políticos… «A excepción de todos los demás», añadió a renglón seguido. Pues bien, algo parecido debiera poder afirmarse con referencia al sistema económico capitalista. En esencia, al menos en teoría, el sistema viene a estar constituido por el incentivo económico; la libertad de empresa; la propiedad privada, garantizada por ley; el mercado de concurrencia competitiva, y la ley de la oferta y la demanda como mecanismo para la fijación de los precios.

Ahora bien, no es menos cierto que el sistema se declina de maneras distintas en función de los subrayados que se lleven a efecto en la ponderación de aquellos elementos constitutivos. Esto da lugar no solo a la vigencia de estilos y culturas propios de cada empresa, sino incluso a modelos amplios de configuración del sistema en su conjunto. Y, claro es, algunos de aquellos modelos, indefectiblemente, nos habrán de resultar más atractivos que otros. Siempre en función de dos parámetros, a menudo implícitos: primero, el de la eficiencia; segundo, el de la equidad.

Pues bien, entre las modalidades y configuraciones en que el capitalismo como sistema económico ha ido cristalizando a lo largo de la historia —algunas denominaciones ilustran lo que se dice: capitalismo anárquico, de casino, de concertación, financiarizado, global, industrial, mercantil…—, hay una que nos tiene a muchos, si no enamorados, sí, cuando menos, aquerenciados a su aire de tímida democracia industrial. Me estoy queriendo referir al Capitalismo Gerencial Cooperativo, más conocido en la jerga de iniciados bajo la etiqueta de Capitalismo Renano, situado en la estela de la llamada Economía Social de Mercado  Sozialmarktwirtschaft—. Esta variante del capitalismo tuvo en la Escuela de Friburgo a sus ideólogos más conspicuos: Wilhelm Roepke y Ludwig Erhard. Ambos estaban convencidos de los daños que se siguen cuando a la inflación se une el control artificial de los precios e impuestos que detraen demasiada renta de las manos del público.

Erhard, además de economista, fue el político que supo pilotar una triple reforma: la monetaria —al introducir el Deutsche Mark—, la que dio libertad a la fijación de los precios y la fiscal. El éxito de sus planteamientos —tanto desde su modesto cargo como ministro bávaro de finanzas bajo el control de los aliados americanos en 1945, cuanto como ministro de finanzas en la Alemania Federal de Adenauer y, posteriormente, canciller— hizo que se pudiera hablar con razón del «milagro alemán».

Pese al daño infligido al modelo por la mala praxis de Volkswagen, tenemos que mantener la esperanza. Por consiguiente, lo mismo que al político corrupto o incompetente lo removemos del poder mediante el sufragio, tendremos que implantar reformas que nos permitan ajustarles las cuentas a los gestores irresponsables o a los directivos inmorales que ponen en riesgo al sistema que constituye el modo más eficiente de producir —¿y distribuir?— riqueza. Ello, sea dicho, por supuesto, en alabanza de la democracia como sistema político y en loa del capitalismo como sistema económico.

José Luis Fernández es director de la Cátedra de Ética Económica y Empresarial de la Universidad Pontificia Comillas.

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