Derechos Humanos

Ser niño (y sobrevivir) en Sudán del Sur

James tenía 15 años cuando unos hombres armados le cogieron y le lanzaron a una camioneta con otros adolescentes, todos destinados a convertirse en soldados.

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22
Jul
2015

Nyameat solo tenía 16 años cuando en diciembre de 2013 estalló el conflicto en Sudán del Sur, pero ya estaba esperando su primer hijo. Su marido había muerto debido a una enfermedad antes de que los combates alcanzaran su pueblo, así que cuando la violencia llegó se unió a parientes y vecinos y corrió hacia el bosque para estar segura.

En avanzado estado de gestación, Nyameat, como muchos de los 1,6 millones de personas que se vieron forzadas a abandonar sus hogares en el país más joven del mundo, luchó para sobrevivir en condiciones inimaginables. Durante tres meses se escondió en los lagos del estado de Unidad sin refugio, comida ni cuidados médicos. Sobrevivió comiendo nenúfares y semillas. Antes de que su bebé naciera, caminó hasta la base de Naciones Unidas en busca de protección.

James tenía 15 años cuando unos hombres armados le cogieron y le lanzaron a una camioneta con otros adolescentes, todos destinados a convertirse en soldados. Estudiante brillante, el conflicto le había obligado ya a abandonar la escuela y ponerse a trabajar en el mercado vendiendo cigarrillos y jabón.

Los chicos fueron sometidos a un entrenamiento brutal en el que les enseñaron a disparar un arma y a servir a los hombres mayores llevándoles agua y cocinando para ellos. Fueron testigos de cosas que ningún niño debería ver.

Recibieron órdenes espeluznantes de matar hasta al último niño –incluso los recién nacidos- y secuestrar a las niñas durante los ataques a pueblos. James no quería luchar, y una noche escapó.

Nyameat y James son dos de los niños a los que Unicef proporciona asistencia en el asentamiento de Naciones Unidas para proteger a los civiles en Bentiu. La reanudación de la violencia ha causado que en los últimos meses hayan llegado al campo de refugiados 45.000 personas más. La población de este asentamiento supera ya las 100.000 personas, más que, por ejemplo, los habitantes de Gerona.

Por eso es básico aumentar en el campo los servicios de nutrición, salud, agua potable y saneamiento, protección infantil y educación. El bebé de Nyameat ha entrado en un programa de nutrición apoyado por UNICEF, y James recibe apoyo para volver al colegio.

Nueve de cada diez desplazados debido a la violencia viven en áreas remotas, fuera de los campos de Naciones Unidas, donde los servicios básicos no existen. Unicef y el Programa Mundial de Alimentos han dirigido más de cincuenta misiones de respuesta rápida para las familias que están en estas zonas. Reciben comida y un paquete básico de servicios de nutrición, protección, educación, agua y saneamiento.

Para la mitad de estas personas, es la primera asistencia que reciben desde que empezó el conflicto. Los equipos de Unicef conocieron en una de estas misiones a una mujer desesperada porque el aborto que había sufrido recientemente se habría evitado si todavía hubiera instalaciones médicas en su pueblo. Restablecer los servicios a largo plazo es fundamental: la supervivencia de las mujeres y niños de estas áreas remotas depende de ello. 

Como en la mayoría de situaciones de conflicto, son las mujeres y los niños los que más sufren. En Sudán del Sur esto es claramente visible: son muchos los que llegan a los campos, los que salen con cautela de los matorrales cuando llega un vuelo con ayuda de emergencia a una zona remota, o los que aguantan largas colas en las clínicas de tratamiento contra la desnutrición.

Las últimas encuestas sobre seguridad alimentaria y desnutrición pintan un panorama desolador en esta temporada de vacas flacas, en la que se estima que 4,6 millones de personas sobreviven sin alimento suficiente. En las áreas más afectadas uno de cada tres niños sufre desnutrición. Unicef espera tratar a 150.000 niños con desnutrición aguda hasta final de año.

Si la situación no mejora Sudán del Sur experimentará una hambruna en cuestión de meses. Los acontecimientos recientes impiden que la ayuda llegue a las familias ya vulnerables, y han forzado a miles de personas más a dejar sus casas sin ningún salvavidas, ya que sus cosechas y ganado han sido quemados y robados.

El director ejecutivo de Unifec Anthony Lake, se ha manifestado contra la brutalidad que las mujeres y niños sufren en Sudán del Sur. UNICEF ha documentado violaciones generalizadas contra los niños, que son asesinados, mutilados y violados. «En nombre de la humanidad y de una mínima decencia, la violencia contra los inocentes debe terminar», declaró Lake.

Los niños que han vivido experiencias tan traumáticas necesitan apoyo psicológico de emergencia que les ayude a recuperarse, así como espacios seguros en los que puedan jugar y ser simplemente niños. La educación es una respuesta vital para los niños, y juega un papel muy importante a la hora de reconstruir la paz en comunidades desgarradas por un conflicto.

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UNICEF ha puesto en marcha una campaña para que 400.000 niños vuelvan a la escuela de aquí a diciembre. Una inversión de 100 dólares por cada niño que regrese a las aulas puede transformar las vidas de toda una generación.

Sudán del Sur afronta ahora una emergencia dentro de otra emergencia. Después de dieciocho meses en los que la ayuda humanitaria contribuyó a evitar la hambruna y prevenir el aumento de niños que mueren por enfermedades prevenibles, la situación se deteriora rápidamente.

Los combates han terminado con la ayuda humanitaria para miles de niños. Son los niños que morirán desnutridos, por malaria, diarrea o sarampión a menos que lleguemos a ellos sin demora con vacunas, tratamientos nutricionales y servicios básicos de salud.

Las múltiples crisis que se viven en todo el mundo y el cansancio de los donantes han reducido drásticamente la financiación. UNICEF en Sudán del Sur solo dispone del 29% de los fondos que necesita durante 2015. Ahora no se puede mirar hacia otro lado. Tenemos la oportunidad de salvar a una generación de niños que, contra todo pronóstico, han sobrevivido. Ahora se aferran desesperadamente a la esperanza de un futuro mejor en un Sudán del Sur pacífico y rico, en el que están sanos y reciben educación.

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