Cultura

El desvirgue de la naturaleza a través del objetivo

El escenario que recoge Sergio Escalante en sus fotografías está lejos de ser bucólico y hasta en los clichés campestres la mano del hombre ha dejado su infame huella civilizatoria.

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10
Jul
2015
Álvaro Galán Castro

Puedes ver las fotografías seleccionadas de Sergio Escalante aquí.

A Sergio Escalante del Valle (Madrid, 1979) te lo puedes encontrar en algún rincón de su ciudad natal, tal vez al anochecer o ya bien entrada la noche, esperando, fumando un pitillo y contemplando el entorno, mientras que, anclada su cámara en el trípode, al sensor le llega la luz necesaria. Durante esos hasta dos minutos de exposición, distante del tráfago diurno de la capital, solitario y absorto, en el sosiego y el silencio que la madrugada, cómplice, le brinda, dice sentirse en elemental comunión con el paisaje.

El escenario está lejos de ser bucólico y hasta en los clichés campestres de Sergio la mano del hombre ha dejado su infame huella civilizatoria. Nada escapa a la barbarie de la industria. No hay ya beatus ille posible. Todo está mancillado, desflorado. Es más, si bien el suyo pretende ser un aséptico —en lo factible— tratamiento de la realidad, ¿no participa el fotógrafo, por el mero hecho de estar ahí, con sus artefactos, de este violento desvirgue de la naturaleza?

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Aunque sea evidente, no está de más recordar que, bajo este pesimismo radical, subyace un mensaje que podríamos decir ecologista, una denuncia mordaz de los desmanes urbanizadores. Paradigmáticas en este sentido son sus imágenes de Seseña (Toledo).

Estos espacios, en sus palabras, «son lugares melancólicos». «Aprecio esos sitios, al fin y al cabo identificándome con ellos, y cobran un significado especial para mí. Vuelvo a ellos, se transforman en lugares en los que he vivido. Esta sensación es impagable».

Escalante busca a conciencia parajes carentes de belleza y retrata con mimo a los desvalidos y a los desarrapados. Su trabajo propone una visión crítica y fuertemente irónica del progreso. El humor trasluce muchas veces en los agudos pies y leyendas con los que acompaña sus fotos, como ocurre por ejemplo con el título de la serie Ciudad de vacaciones.

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Otra serie cuyo título resulta significativo es La tierra baldía, lema tomado del poema homónimo de T. S. Eliot. A mí que escribo esto se me viene entonces a la memoria un verso de los Four quartets de Eliot: «The loud lament of the disconsolate chimera», porque es ese fantasmagórico monstruo, esa quimera desolada la que capta el ojo de Escalante, que gusta de señalar —como quitándose importancia— que «decir que cualquiera puede hacer fotos es un tópico absolutamente cierto».

Entendamos que se refiere con ello a los aspectos más técnicos de la fotografía, ya que la suya es muestra de un talento singular e intransferible y, me atrevería a afirmar —si Sergio y yo creyéramos en la inmortalidad del alma—, innato. Y ello a pesar de que su pasión por este arte es tardía y surge ya en 2008, cuando, con 28 años, un libro de Gregory Crewdson despierta en él el interés por pasar de ser mero espectador a productor de imágenes.

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A partir de ahí y de manera autodidacta, adquiere su primera cámara (nunca antes había tenido una) y comienza su singladura, en la que se recrea con persistencia en los mismos temas: ruinas y escombreras, rascacielos y otras moles arquitectónicas, retratos del lumpen y los desheredados, y todo ello sabiendo capturar el claroscuro en el que concluye la cotidiana lucha entre la luz y las tinieblas.

Sergio dice que aún le quedan fotos por tomar, pero que sabe que algún día renunciará a seguir haciéndolo y que se contentaría con dejar, después de todo, quince imágenes buenas. Dice también que lograr esto es verdaderamente difícil. Que así sea.

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