Derechos Humanos

¿Podemos frenar la peor de las tiranías?

Investigadores y ONG desarrollan un tratamiento nutricional que podría ser revolucionario y arrinconar el problema del hambre en el mundo, que cada día le cuesta la vida a 10.000 niños.

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25
Mar
2013

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En estos momentos 19 millones de niños en todo el mundo corren el riesgo inminente de morir por desnutrición. Están en la punta de la pirámide del hambre, que afecta a uno de cada siete habitantes en un planeta que produce suficientes alimentos para todos, según los datos de la campaña La dictadura del Hambre.

El hambre cambia de rostro según el contexto. En términos absolutos, Asia es el continente con mayor número de hambrientos (587 millones) pero es África la región con mayor peso relativo de desnutrición (uno de cada tres), apunta desde la ONG que coordina esta camapaña, Acción Contra el Hambre.

La desnutrición aguda, punta de lanza de la dictadura del hambre, es un problema de salud resultante del desequilibrio entre el aporte y el gasto de nutrientes en el organismo. Se produce cuando el cuerpo no recibe el aporte alimenticio necesario (2.100 kilocalorías al día según la Organización Mundial de la Salud). Se desencadena entonces un proceso fisiológico que puede desembocar en la muerte.

El cuerpo reacciona tratando de adaptarse a la nueva situación: reduciendo la actividad física de sus órganos, de los tejidos, de las células. Al mismo tiempo, las reservas energéticas (músculo y grasa) se metabolizan para responder a las necesidades vitales, resultando en una pérdida de peso debido a la desaparición de masa muscular

El hambre no solo mata: en los primeros mil días de vida inhibe el crecimiento y tiene
consecuencias irreversibles sobre el desarrollo físico y cognitivo
y tejido graso, mientras tratan de preservarse los órganos vitales. A mayor pérdida de masa muscular y de tejido graso, menor es la probabilidad de sobrevivir. Todos los procesos vitales se encuentran alterados: el metabolismo es más lento, la regulación térmica se altera, la absorción intestinal y la eliminación renal se reducen, la función del hígado para sintetizar proteínas y eliminar toxinas es mucho más limitada y la capacidad del sistema inmunológico disminuye. Los niños menores de cinco años, con menos masa muscular y menos defensas, son las personas más vulnerables.

Pero el hambre no solo mata. También reprime. Lo hace la desnutrición crónica, conocida como hambre oculta. Se produce por un déficit de micronutrientes como hierro, vitaminas y otros minerales. De hecho, los primeros 1.000 días de vida, que empiezan a contar desde el momento de la concepción, son cruciales para el desarrollo futuro del niño. Los niños desnutridos en este periodo son más vulnerables a las infecciones. Ven reducido su apetito, lo que prolonga la desnutrición e inhibe el crecimiento.

El desarrollo cognitivo y el comportamiento de estos niños también se verá afectado.
Si llegan a la edad escolar, su pobre desarrollo cerebral limitará su capacidad de aprender y no les permitirá concentrarse en los estudios, que eventualmente les darían acceso a un buen puesto de trabajo el día de mañana.

Las causas son variadas. La pobreza suele estar en la base del problema como razón estructural. Gran parte de los hambrientos de hoy practican una agricultura o medios de vida de subsistencia, que les dejan totalmente expuestos a cualquier choque exterior. La falta de acceso a los mercados y la incapacidad técnica y material de millones de pequeños agricultores de transformar y vender sus productos representan otro factor determinante.

El acceso a agua segura y saneamiento básico es otros de los pilares de la seguridad alimentaria: aunque el del acceso a agua de calidad es uno de los Objetivos del Milenio mejor encaminados, hoy todavía existen en el mundo 884 millones de personas sin agua potable y 2.600 millones sin saneamiento básico. Las prácticas nutricionales poco adecuadas, como el destete prematuro o la falta de proteínas y vitaminas en la dieta, lastran aún más la falta de disponibilidad de alimentos o de acceso a los mismos.

Los desastres naturales, como sequías, huracanes, seísmos o inundaciones constituyen un importante factor desencadenante: el 95% de las víctimas de desastres vive en países en países en desarrollo. Los desplazamientos de población producidos por la violencia también están estrechamente vinculados. El cambio climático ha venido a sumar una nueva amenaza a la seguridad alimentaria. Se calcula que este habrá producido para 2050 este habrá producido 25 millones de nuevos desnutridos. Otro de los fenómenos recientes que ha irrumpido en el escenario del hambre es la subida de los precios de los alimentos. La reducción de la oferta cuando se dan grandes sequías en los países productores el encarecimiento del petróleo y, por tanto, del transporte, la competencia con los biocombustibles, el cambio de hábitos alimentarios y la especulación con los alimentos están nutriendo esta tendencia.

Un tratamiento que puede ser decisivo

A finales del siglo pasado, un grupo de investigadores y organizaciones humanitarias, entre ellas Acción contra el Hambre, desarrollaron una serie de productos que marcaron un punto de inflexión en la lucha contra el hambre. Se trataba de unas leches terapéuticas que contenían una fórmula nutricional capaz de curar a más del 90% de los niños que ingresaban al borde de la muerte en los centros nutricionales.

Recibían un tratamiento de unos 21 días en tres fases que tenía como objetivo inicial la recuperación del metabolismo y, después, el apetito y el peso. El tratamiento tenía un inconveniente: requería el ingreso en un centro nutricional, algo que lo supeditaba a la construcción de infraestructuras y al acompañamiento de la madre, algo imposible para muchas mujeres africanas que tienen que atender a seis o más hijos.

A mediados de los años 90 la investigación dio un nuevo paso de gigante: el Tratamiento Nutricional Listo para su Uso. Se reunió en una pasta con sabor a cacahuete un concentrado calórico que incluía además los micronutrientes (vitaminas y minerales) necesarios para recuperar en muy poco tiempo el cuerpo de un niño desnutrido. El niño solo tiene que abrir el sobre y chupar poco a poco su contenido.

El tercer paso de la revolución, que está siendo impulsado desde inicios del siglo XXI persigue ampliar masívamente el tratamiento y facilitar el acceso al mismo. Parece que estamos más cerca que nunca de conseguirlo. Derrotemos la dictadura del hambre.

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