Educación

Educación y sostenibilidad: por un nuevo contrato con la naturaleza

El autor, Joaquín Rodríguez, vicedecano de la Escuela de Organización Industrial (EOI), apuesta por llevar el valor de la educación hasta sus últimas consecuencias.

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26
Feb
2012
Joaquín Rodríguez, vicedecano de la Escuela de Organización Industrial (EOI)

En una viñeta de Forges publicada en el diario El País el sábado 14 de mayo de 2011, puede observarse a un orondo empresario y un escurrido portador de una pancarta encararse y discutir por un asunto fundamental: mientras que el suplicante demanda en su pancarta el comercio justo, el acreditado y solvente empresario le espeta cargado de razones: «¿pero están ustedes locos? ¿cómo vamos a pagar el precio que costaría deforestar la cuenca del Amazonas? ».

La mayoría de nosotros hemos aprendido que la naturaleza es un dispensario inacabable de riquezas que pueden tomarse cuándo y dónde se las necesite. O más bien: ni siquiera lo hemos aprendido deliberada o expresamente, sino que como cualquier otro principio dóxico de una civilización o una cultura, como cualquier doctrina insospechada de la que ni siquiera cabe diferir o discrepar, es un principio de acción impensado, incuestionable por tanto, que se da por hecho y consabido. La primera tarea de la educación, por tanto, en este siglo XXI forzosamente ecológico (que lo será o, simplemente, dejará de ser), es la de seguir el precepto de Wilhelm Schmid, el filósofo alemán de la buena vida: vive sin amenazar o destruir el fundamento de tu propia existencia, que es tanto como decir, vive sin arruinar el fundamento de la existencia compartida, del sustrato común que cimienta la convivencia con el prójimo.

Pero entonces, ¿cómo hacer para volver reflexivamente la mirada sobre nosotros mismos y llegar a percibir que no tiene nada de ineluctable llevar una vida buena y próspera con deforestar el Amazonas?

El cielo y los astronautas

Propongamos a nuestros alumnos que formen varios equipos de trabajo y accedan a la siguiente dirección, Earth Knowledge (http://www.earthknowledge.net/) y que, a continuación, accedan a su globo terráqueo virtual (http://www.earthknowledge.net/map/). Ayudémosles a entender la magnitud del problema de la deforestación amazónica, las consecuencias globales que su desaparición pudiera tener, la relación que existe entre nuestros hábitos de consumo y la lógica de una producción que no quiere asumir los costes de la desaparición de la selva tropical, la capacidad y la responsabilidad que como ciudadanos tenemos de intervenir en esa dinámica perversa. Pero hagámoslo sin darles las soluciones, instémosles a que investiguen, indaguen, estudien, discutan, escuchen, tomen decisiones consensuadas y diseñen planes de acción: elijamos, dentro de los recorridos generados con la herramienta Google Earth Outreach Tours la que se refiere, específicamente, a Stopping Amazon Deforestation (http://www.youtube.com/watch?v=Fo4WXly4QYk). Asignemos a un grupo la misión de estudiar las complicaciones que puedan derivarse de los cultivos transgénicos; a otro, dibujar sobre la cartografía virtual los espacios de selva que se han ocupado con cultivos de soja; a otro más, explorar en los supermercados donde sus familias se abastecen normalmente aquellos productos compuestos de soja procedente de Iberoamérica; a un cuarto, por seguir con el ejemplo, diseñar una campaña de comunicación y concienciación ciudadana que aborde el asunto de la destrucción de uno de los pulmones del planeta debido a los cultivos transgénicos dedicados a la alimentación y los biocombustibles.

De lo que se trata no es solamente de recoger la evidencia sobre el terreno sino, también, de invertir de manera fundamental la perspectiva desde la que se observa la realidad, de generar las condiciones ─mediante el uso de herramientas informáticas que nos permitan sobrevolar la tierra─ para que el planeta se perciba como un todo, como un hogar común de inusitada belleza donde no existen fronteras tangibles sino unidad en el destino del género que lo habita, profunda e inexorable interconexión de todos sus sistemas: fomentar esa conciencia planetaria, educar esa mirada desde el exterior que sirva como fundamento de una nueva sensibilidad ecológica, es algo que conocen bien quienes han tenido la fortuna de observar el mundo desde el exterior: «de repente te atrapa la absorbente sensación hasta ahora desconocida de que eres ciudadano de la tierra», dijo Oleg Makarow, astronauta ruso piloto da nave Soyut en 1973.

El mar y los peces

Entremos ahora en una facultad de económicas o en una escuela de negocios. ¿Cómo mostrarles que la competición basada en el despojamiento imprudente de los recursos naturales no es sólo una forma de irresponsabilidad ética para con los demás sino, también, un ataque irreversible al fundamento de su propia existencia?

En los años noventa del siglo XX la Universidad de New Hampshire desarrolló un juego de simulación ─el archiconocido fishing game─ que luego perfeccionarían el Cloud Institute for Sustainable Education y la MIT Sloan School of Management, para poner de manifiesto algo que el sentido común acepta de buen grado pero que la práctica habitual de los negocios suele desmentir. Se trataba de un juego de pesca: cuando todos los buques pretenden maximizar simultáneamente sus capturas en un caladero cualquiera, sus beneficios a corto plazo, en una lucha extractiva sin cuartel, acaban generando pérdidas generalizadas. El fundamento mismo que sustenta su negocio ─los peces, en este caso─ y, por tanto, el negocio mismo, pueden verse abocados a la desaparición simultánea por una forma de incomprensión anclada en una visión estrecha y cortoplacista del sistema en el que operan. Uno de los informes que el Worldwatch Institute publicó a finales de los años 90, La situación en el mundo. La crisis pesquera española, ya ponía claramente de manifiesto que nuestra industria había elegido la vía de la extractividad incontrolada y la esquilmación de los caladeros.

Pongamos a jugar a los aspirantes a empresarios: si reparamos en la circunstancia de que dependemos de un recursos finito y común, regenerable pero potencialmente agotable, y que compartir información sobre el estado de los caladeros puede conducir al beneficio colectivo y que convenir periodos de suspensión de las capturas puede contribuir a la autoregeneración del recurso común, es posible que comenzáramos a comprender que todos formamos parte de un sistema mucho más amplio y global en el que la gestión del procomún es indispensable.

Unilever. La mayor empresa del mundo en comercialización de productos derivados del pescado. En el año 1997 caen en la cuenta de que tienen que aprender a gestionar de manera conjunta un procomún fundamental para sus negocios pero, también, para el mundo entero: los océanos. Dan un paso inusitado hasta ese momento: se asocian con la WWF (World Wilde Foundation), una ONG que algunos hubieran tenido por refractaria y que se convierte en el socio y aliado perfecto. Se dan una visión compartida que gobierna todo su proceder: «nuestra visión es aquella en la que los océanos de todo el mundo están rebosantes de vida y en la que las reservas de productos del mar están garantizados para ésta y futuras generaciones»; y generan la primera y más comprehensiva certificación internacional (MSC http://www.msc.org) sobre pesca sostenible, una ecoetiqueta que distingue a aquellos que han comprendido que todos formamos parte de la cadena de valor y aprovisionamiento que comienza en los océanos y termina en nuestros platos.

André van Heemstra, miembro de la cúpula directiva de Unilever, funda tiempo después el Sustainble Food Laboratory, un espacio creado para pensar la gestión de los fundamentos (suelos, mares, etc.) de un procomún global: el alimento. En una de sus primeras declaraciones dice: «La conciencia sobre la sostenibilidad ha venido creciendo porque el pensamiento sistémico, en sus diversas manifestaciones, nos permite observar más interdependencias de las que habíamos visto en el pasado. Esas interdependencias nos hacen concluir que es más que estúpido ─es temerario e imprudente─ pensar en la sostenibilidad comercial al margen de la sostenibilidad social y medioambiental».

Mirarnos desde fuera para darnos la posibilidad de sobrevivir, convenir un “contrato con la naturaleza”, tal como concibió hace ya tiempo Michel Serres, que complementara al contrato social y convirtiera a nuestro medio en sujeto de derechos para que no siguiese siendo considerado simple y grosero objeto de explotación, aunque solamente fuera por evitar nuestra “muerte colectiva”.

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